domingo, 27 de mayo de 2018

Escribir en primera persona


Hace un buen rato que me vengo escapando de la primera persona al escribir crónicas, incluso en la literatura. A veces quisiera hacer como Juan Luis Martínez, que optó por tachar su nombre, pero aún así se leía...con el fin de que sean las voces de otros las que hablen. Que ellos cuenten la historia.
Pero me encontré con una presentación de Martín Caparrós que hace un tiempo atrás ya había leído, pero no recordaba si había visto el video de registro, así que puse play y me encontré con esta joya... luego de que con la muerte de Tom Wolfe revivieran algunas de sus publicaciones sobre la crónica y el nuevo periodismo y entonces el abuelo, a modo de balance e incluso de autocrítica, opinó que hubo algo así como una sobredosis de primera persona en todo ese movimiento que hasta el día de hoy nos acompaña; la frasecita me quedó dando vueltas...
Y ahora la tarjo. Porque sí, hay que escribir en primera persona, incluso directamente también registrar lo que otros dicen. Caparrós tiene razón, develemos que es una persona la que escribe, pongamos luz sobre la humanidad que es parte del texto, esa humanidad que está llena de biografía, historia, contexto, paradigmas de la época y las miradas del mundo de su autor, incluidos sus cariños y valores. Y también, por cierto, sus cegueras.


sábado, 26 de mayo de 2018

Cuando conocí a Pablo Azócar

Algunas vez leí "Natalia" de Pablo Azócar. Era adolescente y me mostró un mundo que no conocía -mucho más liberal y bohemio,  pero también le puso palabras a mis sentimientos durante bastantes años. Me divirtió, quise también ser Natalia, la protagonista, pero más bien me parecía a Lucía en eso de andar leyendo y escuchando música y diciendo cosas que en ese entonces a mí me parecían inteligentes. 
Luego leí  su libro de cuentos "Vivir no es nada nuevo" y volví a caer rendida ante su pluma, sin saber muy bien qué era lo que me enlazaba a esa mirada de mundo, a esa sensibilidad, a esa prosa a ratos muy directa, otras en cambio completamente poética. Iba desde temas políticos, el exilio, el  continuar batallando con los asesinos impunes en democracia, hasta el amor y el desamor, el escritor olvidado por la editorial, relatos policiales, suicidas, locos. 
También encontré ese libro difícil de catalogar que es "Pinochet epitafio de un tirano", de ámbito periodístico en el que escribió cosas que nadie quería decir por esos años en este país, por ese acuerdo en el que todos los editores de los medios supervivientes suscribían, de no molestar mucho, no decir mucho, censurar palabras como dictadura, opiniones, en ese llamado que sentían a "cuidar la democracia" y que demoró muchos años en romperse. Pablo estaba de vuelta en Chile y no encontraba ninguna razón par seguir ese juego, si no todo lo contrario. Cuarto Propio se atrevió con el texto. Hoy es imposible de encontrar pero creo fue un aporte para las generaciones más jóvenes de ese tiempo.
Pablo escribió Natalia y se fue de Chile. Se ganó un par de premios y me parece que no vino a recibirlos. Me daba la impresión que no quedó demasiado conforme con ese libro con el que Planeta comenzó a publicar a la nueva narrativa chilena. Es más, años después cuando regresó, se extrañó que el libro se hubiera conservado, que fuera conocido en el mundo universitario, que se hicieran lecturas. Una vez vino a Copiapó presentando su nuevo libro a una feria, lo entrevisté y conversamos un buen rato, recuerdo que le conté que su novela también era de culto en el norte, que al menos yo lo había vivido y tenido noticias en La Serena, Copiapó y Antofagasta. Años después se atrevió a reeditarla, porque hasta entonces la edición era traspasada en fotocopias y libros usados de esa única edición de 1990.
Bueno, todo esto para decir que es un escritor que me ha marcado. 
Tuve la suerte de conocerlo mejor años más tarde. Cristian, mi pareja, por ese entonces tenía una fluida relación con Cuarto Propio y le ofrecieron traerlo a Copiapó, ya que Pablo estaba presentando su último libro de poemas, que, por cierto, es magistral. Ya sé, hoy escribo como fan y cercana, incluso amiga, pero si debo hacer un comentario literario puedo fundamentar la misma opinión sobre "El placer de los demás". Pedimos alguna colaboración al Consejo de Cultura, que se puso, y no recuerdo con qué otros aportes y un presupuesto por cierto muy modesto, logramos hacer un taller literario para escritores una tarde de sábado, un café, la presentación de su libro y, por cierto, una salida nocturna.
En la presentación Frascisco Quiroga tocó la guitarra acoplándose a la lectura de la poesía de Azócar, Sergio Gaytán hizo una breve reseña crítica, Cristian y la editorial hablaron de su carrera literaria y del libro. Le conté que estaba escribiendo un libro sobre historias de periodistas y me pidió que le contara más. En el taller leí un pedazo de uno de los textos y me recomendó "que la periodista no se coma a la escritora", consejo que hasta el día de hoy debo velar por seguir.
Más tarde tomé un taller literario con él, como de cinco o seis meses, de una sesión por semana donde revisábamos mis trabajos, me recomendaba autores, corregía, hablábamos un poco de la vida y se transformó en un maestro. Yo había dejado mi trabajo de ese entonces y trataba de combatir la enfermedad de mi hijo mayor, en uno de sus peores momentos, a eso me dedicaba por esos días, con un gran estrés, y el único rato en que me abstraía realmente de tanta cosa, era escribiendo en las noches y en el taller con Pablo. Debo aclarar que las sesiones las hacíamos por skype, él en Santiago y yo en Copiapó.  Fue de una gran generosidad para compartir conmigo como en algunos momentos dolorosos o difíciles para él la literatura había sido una brújula, eso de apretar las manos, poner la espalda firme, la mirada en la pantalla y asumir la postura del samurai y escribir. Eso hice muchas veces.
Ahora he perdido el contacto con él, hecho que por cierto lamento, pero supongo que alguna vuelta de la vida nos permitirá a retomar el contacto. Espero volver a leerlo pronto, si quiere escribir, como periodista o escritor, porque sigue siendo uno de mis autores favoritos aunque actualmente no se hable mucho de él, con su activa colaboración porque prefiere el bajo perfil. Hoy rescato esta imagen. La construí con una frase que anoté con un consejo que un día me dio, al comentar un error en un texto, y que anoté en una esquina del cuento que ese día corregíamos:

Pd; Debo decir que el lenguaje de género lo agregué yo, para que sirva más, porque en el momento fue una frase dirigida a una mujer. .

Alejandro Zambra escribió:


martes, 3 de octubre de 2017

Comunicación mass media II


Y es que estaban en la mesa, todos reunidos como buena familia, y no es porque a ella Jung la haya deslumbrado en sus años de estudiante universitaria, juro que eso no tenía nada que ver en el almuerzo, sólo era la tele prendida, como fluyendo sola, ella comiendo mirándolos a todos esperando el piropo por su chapsui que esta vez sí parecía verdaderamente chino, como de restaurante de esos servidos por la señora de ojos rasgados que deja al nieto que apenas se asoma por la mesa a pedir la propina, regañándolo en chino; y el adolescente que todavía no se convence que su cuerpo es el de ahora, tan alto, concentrado en la comida, para hablar luego, así que mastica y mastica mirando a los demás con ganas de comenzar a hablar pero la comida está tan rica que mejor… y la pequeña con su guata de pajarito, riéndose a cada rato buscando razones para dejar de comer hasta que papá comienza la conversación, y de repente una palabra trivial como micro, y en la televisión micro con una imagen que a él lo congela.
-Otra vez la tele lo hizo.
-En realidad no puede ser casualidad tantas veces.
-Es que la tele quiere conversar contigo, papá -dice la pequeña, porque a ella la razón y las causas consecuencias acostumbradas aún no le limitan las explicaciones.
-Sí, hija eso debe ser.
-El problema es que ninguno de nosotros entiende que te quiere decir la tv –dice el adolescente sin que a nadie le importe si es en serio o si la sonrisa medio ladeada es más bien muestra de escepticismo.
-En realidad yo tampoco entiendo un carajo, son palabras inconexas, siempre una coincidencia que no hay forma de calzar.
-Es que lo importante no son las palabras, es el hecho – dice la mamá como tratando de enchufarse en un mundo mágico en el que claramente se siente extraña, con algo de razón a lo que no puede entrarse desde las causas consecuencias, ni siquiera leyendo a Einstein y su desconfianza con los dados, Macluhan o Planc.
-Debieras transformarte en un detective del intento de conversación –dice el adolescente ahora completamente serio.

Y entonces ese padre  se dedica una semana completa a escuchar la televisión, a revisar la internet escuchando desde una separación, con una libreta en la mano y entonces no pasa nada, como si antes sólo hubiera delirado. Ni una sola palabra que le regalara. Así que se da por vencido, diciéndose que basta de ser tan cronopio, mejor dedicarse a las cosas concretas, escribe en la libreta mientras la tira al basurero de la cocina, cuando el noticiero anuncia que ha subido el precio del cemento y hay nuevas formas de hacer el concreto, y la libreta irrecuperable, piensa si podrá recordarlo y va a buscar un cuaderno perdiendo las imágenes y la paciencia al mismo tiempo. 

lunes, 2 de octubre de 2017

El amor, la tragedia y el barro en Chañaral

Por Christian Palma 

Dedicada a Guillermo Sepúlveda

Los días previos a la tragedia, Delia Vega no recordaba haber soñado por las noches. Por más que se esforzaba, no lograba traer a la memoria alguna imagen colgada en las esquinas perdidas de su subconsciente.
- Sabes, Guillermo, hace días que no tengo sueños, me acuesto y despierto cuando ya es de día. Como que cerrara y abriera los ojos inmediatamente. ¿Raro no?
- Es que no tienes preocupaciones, deberías estar feliz que duermes de corrido. Yo, en cambio, hace rato que tengo unas pesadillas donde el cielo está muy rojo, debe ser el calor que me está afectando, porque grandes preocupaciones tampoco tengo.
El diálogo se cortó con los murmullos de los vecinos que gritaban que se “venía” el río Salado. Era un comentario habitual que los antiguos habitantes de Chañaral conocían de memoria. Cada cierto tiempo, el famélico estero crecía con los deshielos en la cordillera y su caudal bajaba con más intensidad hacia la costa.
No había de qué preocuparse, tras los aluviones del 87 y 91, principalmente, se habían tomado resguardos y las autoridades competentes construyeron algunas fortificaciones para encausar las aguas.
Además, recordaba Guillermo, no hace mucho una empresa reconstruyó la carretera frente a la playa. Estaba absolutamente seguro que habían tomado en cuenta el historial hídrico de Chañaral para esas labores.
- Gordita, y si vamos a ver el negocio mejor, mira que está justo por donde baja el río y se nos pueden mojar algunas cosas.
- Bueno, chatito, pero tomémonos un café antes.
- No, vamos de una carrera, miramos cómo está todo y nos devolvemos para que me hagas unas tostadas con palta, ¿quieres?
Faltaban unos minutos para las 8 de la mañana. Delia asintió sin reclamar. No tenía hambre, pero sí mucho calor. Apenas se sentó en el furgón que había comprado junto a su pareja para atender el negocio de confites que crecía día a día, abrió su ventana. La temperatura era desesperante.
Unas frías gotas de llovizna mojaron su mejilla derecha y se sintió más aliviada. La tranquilidad fue total cuando vio que si bien corría abundante agua hacia la Costanera, su negocio estaba seguro.
Observaron con calma que las clásicas fortificaciones de tierra que se levantan en estos casos ya estaban dispuestas. Nada anormal a lo que estaban acostumbrados por décadas.
Tras percatarse que no había peligro alguno, la pareja decidió ir a recorrer la salida norte del pueblo, donde desembocaba el río que crecía a cada minuto. Llegaron al Pueblito Artesanal, un grupo de construcciones de madera ubicadas al final del sitio eriazo que queda entre la Costanera y el mar. Ese lugar, algunas décadas atrás, conformaba la bahía de Chañaral, pero por culpa de la contaminación con relaves mineros provenientes de El Salvador , ahora solo mostraba un montón de arena y tierra inerte, donde -a duras penas- sobrevivían algunos árboles débiles y polvorientos.
Eso daba lo mismo. Delia y Guillermo disfrutaban de la lluvia como buena parte de los habitantes de Chañaral, poco acostumbrados a este regalo de la naturaleza. Se sacaron fotos, grabaron algunos videos y hasta hablaron de lo enamorados que estaban. Ella aún en pijama, él con unos jeans y camisa clara. Estaban felices.
Todo empezó a cambiar a las 9.30 de la mañana. A esa hora, Delia y Guillermo volvieron a su confitería y con estupor se dieron cuenta de que, si no hacían algo urgente, el agua entraría al local. Rápidamente fueron a su casa, ubicada en la población Aeropuerto, en la otra orilla de la cuenca y que está emplazada varios metros más arriba del cauce del río.
Volvieron con palas y otras herramientas. Un vecino se ofreció a ayudarlos y los tres intentaron hacer un dique. No tuvieron éxito, la tierra en cosa de segundos se convertía en lodo, el agua ya les llegaba a la mitad de sus piernas por lo que decidieron sacarse los zapatos.
Ahí estaba Delia, profesora por más de 40 años en Chañaral, a “pata pelá tirando pala”. La gente que a esa hora pasaba por el lugar les hacía señas o les gritaban para darles ánimo o pidiéndoles que se fueran a casa. A Delia poco le importaban esos consejos, ella solo quería salvar su negocio que tantos sacrificios le había costado levantar.
“No se me va a caer la corona”, pensaba mientras hundía la pala en el barro.
Pasadas las 12 era imposible contener el caudal. Dos funcionarios municipales pasaron por el lugar y los advirtieron.
- Por favor, váyanse. Se viene algo grande, deben abandonar este lugar inmediatamente.
A esa hora, Delia y Guillermo ya estaban solos. No hicieron caso a las recomendaciones, pero a los pocos minutos reaccionaron instintivamente.
- Guillermo, vámonos. Que pase lo que tenga que pasar.
No muy convencido, Guillermo aceptó los ruegos de su mujer, cruzaron la calle y llegaron hasta el furgón que estaba estacionado a un costado.
Avanzaron, pero el camino ya estaba cortado por la crecida del río. Maldiciendo en voz alta, Guillermo recordó que dejó una extensión eléctrica en el piso del negocio y decidió regresar por ella para no provocar algún corto circuito.
Lo hizo sin pensar, Delia tampoco se opuso aun cuando ya tenía más que claro que el sector estaba a punto de inundarse. Ninguno de los dos dimensionaba lo que estaba pasando. Paró el motor y se aprestó a cruzar la calle. Antes de bajar, un ruido infernal lo puso pálido, intentó hacer correr el vehículo, no lo logró y en menos de un segundo, una avalancha de lodo, palos y escombros, arrancó su negocio de cuajo y se lo llevó velozmente al mar.
En ese momento, Delia pudo al fin recordar lo que había soñado en la víspera. Era niña y estaba jugando en La Serena, su pueblo natal. En sus sueños había un río largo, templado y transparente. Ella y alguien más echaban al agua miles de barquitos de papel que se mecían plácidamente con la corriente. Lo mismo estaba viendo ahora, pero con una voracidad y colores totalmente distintos.
- Chato, chato, vámonos de acá por favor.
- Ya voy, afírmate bien que nos puede agarrar el río.
Delia llegó a Chañaral en 1976, dos años más tarde conoció a Guillermo y comenzaron una relación que tuvo de todo, amistad, cariño, diferencias y reencuentros. De ese amor, nacieron dos hijos.
Cuando el vehículo comenzaba a ser azotado por los elementos que traía el caudal, Delia pensó en ellos. El agua ya había cubierto la mitad del furgón y solo lograban respirar apoyando la nariz en el techo del vehículo.
El vidrio del lado derecho se hizo añicos. El ruido y las esquirlas hicieron reaccionar a Delia, pero el barro y todo lo que venía en él, entraron con más fuerza. La corriente los movió hasta que quedaron estancados entre los árboles de la rotonda que separa la avenida Merino Jarpa de la calle Salado. No estaban solos, miles de durmientes, otros vehículos, muebles y basura, chocaban contra ellos en un frenético viaje río abajo que luego desaparecían en un gran socavón.
-Mira, Guillermo, está todo destrozado. Por más que lo intentó, el hombre no pudo ver, tenía ambos ojos cerrados por el barro.
Cuando el vehículo ya se había convertido en un pequeño bollo de latas, se detuvo entre los árboles y los quioscos de comida rápida que existían en la Costanera. Con gran esfuerzo, Delia logró salir del furgón y subirse al techo. Por otra ventana lateral Guillermo hizo lo mismo consumiendo las pocas fuerzas que le quedaban.
- Chato, bajémonos mejor, esta cuestión se está hundiendo tengo mucho miedo.
La pareja logró acomodarse arriba de unos tablones que flotaban a duras penas en la corriente.
- Delia, ayúdame. No puedo ver nada, por favor límpiame los ojos, no soporto este dolor.
Desesperada Delia se miró las manos y era una masa barrosa de color café. Era imposible socorrer a su pareja en esas condiciones. No pudo aguantar el llanto.
Se sentía como una piedra más, con lodo en cada rincón de su cuerpo. Cuando la angustia la tenía al borde de un desmayo, vio que al lado de ella flotaba una botella de agua mineral. Logró tomarla, en su interior quedaba un concho de agua y con eso lavó la cara a Guillermo.
Cuando el hombre pudo abrir sus ojos, se sentó en un tablón y miró a Delia que se espantó con el color que mostraban sus cuencas. Eran un rojo furioso, el rojo más profundo que había visto en su vida.
No hubo tiempo para descansar. Guillermo decidió hacer algo para salvar a ambos. Con las ideas poco claras, pensó en aferrarse a algo que flotara y tratar de salir de ese infierno. Estaba en eso, cuando un viejo sofá pasó flotando por su lado. Como pudo nadó hasta él y le gritó con fuerza a Delia.
- Agárrate de lo que sean tenemos que flotar hasta la orilla para salvarnos. En su interior seguía pensando que la opción de sobrevivir estaba en el dique que, a esa hora, formaba la carretera. Su espalda flotando en el torrente fue lo último que Delia vio del hombre que la había acompañado los últimos 40 años de su vida.
Delia intentó seguir a Guillermo, pero el miedo la paralizó y no puedo moverse por mucho rato. Quedó petrificada como una estatua de barro hasta que los espasmos provocados por el frío lograron relajar los músculos de sus extremidades.
Con la poca energía que le quedaba, Delia logró trepar a un árbol, donde permaneció al menos una hora pidiendo ayuda. Cuando las esperanzas se perdían, un hombre que estaba arriba del techo del terminal de buses, a unos cien metros de ahí, comenzó a gritarle para darle ánimo.
Pasaban las horas y Delia sentía ruidos extraños, como helicópteros que venían a rescatarla y murmullos ininteligibles. Las voces de repente se hicieron reales.
- Quédese ahí nomás, señora, traigo unos cordeles para rescatarla.
- Quién eres, yo conozco esa voz.
- No importa quién soy yo, solo importa que la voy a sacar de aquí, así que tranquilita por favor.
El héroe anónimo amarró a Delia de la cintura y le dijo que se tenía que tirar al barro. Delia cayó arriba de un montón de escombros y avanzó lentamente al Pullman Bus. Una vez ahí, no podía escalar, debido a que no había nada en donde apoyarse.

No daba más, pero logró trepar por una ventana. Luego cruzó por los techos y pudo llegar a Merino Jarpa. Una vez ahí otra vez al barro hasta que sus rescatistas la pusieron a resguardo en la calle Los Baños unos metros más arriba.
Delia cayó al suelo rendida. Ni siquiera podía tragar saliva. Una vecina logró lavarle la cara con agua tibia y la llevaron al hospital que empezaba a recibir a los sobrevivientes de la tragedia. El primer diagnóstico fue hipotermia severa.
Desde ese momento las imágenes, pensamientos y sueños se entrelazan. La realidad daba paso a las pesadillas y las pesadillas resultaban ser la realidad. Recuerda un polar amarillo que una enfermera le regaló, las atenciones de sus colegas, el día que le lavaron el pelo y la visita de uno de sus hijos.
- Mami, encontraron a mi papá.
- Y cómo está, dónde.
- Mamá, no hay nada que hacer, está fallecido.
Otra vez las pesadillas, y la realidad combatiendo mano a mano con las nebulosas de la mente. Como una película antigua color sepia, las imágenes avanzan en cámara lenta. Puntual a las siete de la mañana Delia se levanta. Lo primero que hace es besar una foto de Guillermo que tiene en su velador y contarle lo que soñó por la noche.
Casi siempre son botes de papel que navegan en un río grande, templado y transparente. Ella es pequeña y está en su pueblo natal. Hay alguien a su lado, no puede ver quién es, pero esa presencia la reconoce. El cielo está rojo, un rojo furioso que solo ha visto una vez en su vida.


Esta crónica de Christian Palma sobre el aluvión del 2015 en Chañaral fue una de las  ganadoras del concurso organizado por el círculo de periodistas de Santiago con motivo de sus 110 años. De una pluma y una mirada profunda  me autorizó para publicarla en el blog. 


martes, 26 de septiembre de 2017

Presentación del libro Olas de barro

Por Nataly Gonzalez.

“Olas de Barro” es un libro de crónicas, por lo tanto es no ficción: “Nada es ficción en este libro”, nos dice la autora.
Por lo mismo tiene un tremendo valor: valor periodístico, valor testimonial, de rescate de la memoria y me atrevo a decir que incluso reparador para quien lo lea, y sobre todo para esas mujeres y hombres protagonistas de cada historia acá contada, quienes compartieron sus testimonios -que hoy ven publicados en este libro-,  porque la verdad tiene un fuerte sentido reparatorio; porque la palabra -en este caso escrita-  permite resignificar lo vivido.
Jéssica Acuña nos dice en la introducción que quiso contar las historias desde abajo, no desde expertos e instituciones. ¿No es acaso eso lo que debería hacer siempre el periodismo?  Muchas/os podemos decir que si, pero sabemos que no siempre es de esta forma, las fuentes suelen ser las oficiales, las institucionales, las poderosas, por eso es aún mayor el valor de este texto.
Los aluviones en Atacama los cargamos todas y todos en el cuerpo, allí queda esta experiencia, como cualquier otra. Independiente del grado en que nos afectaron, todas y todos en Atacama lo vivimos, el aluvión pasó por nuestros cuerpos, es en ellos donde todos nosotros cargamos la tragedia.
Hoy podemos relatar “nuestra” historia de esta emergencia; cada una y uno de nosotros puede contar “su” historia de cómo vivió los aluviones y con eso armar la que es una historia colectiva. Eso hace este libro, que tiene como resultado una historia coral con diversidad de voces, pero que finalmente es una historia: la de todas y todos. Y por eso es también un libro espejo, en él, cada uno de nosotros se reconoce como parte de una historia: la del 25M en Atacama.
Hay un tremendo trabajo de reporteo, de recopilación de testimonios, entrevistas, encuentros con las y los protagonistas, investigación en terreno, que convierte a Olas de Barro es un testimonio importante, que recoge la voz del pueblo, sus experiencias, las hablas y los saberes de mujeres y hombres: en resumen, “su verdad”.
Voces donde encontramos crítica política y crítica social que tenemos que ser capaces de escuchar, mirar, comprender y responder.
Hay saberes también, esos saberes populares que parecen tan desvalorizados hoy en día ante “lo científico” y ante “lo técnico”. Acá están nuestras abuelas y abuelos de Atacama, quienes habían escuchado de sus abuelas y abuelos, que la defensa no era  suficiente, que la quebrada algún día se va a venir, que la naturaleza tiene vida, que el agua es traicionera, que el río siempre vuelve a su cauce.
Todo esto contado a través de diversos estilos de crónica periodística, como Nuevo periodismo latinoamericano, que hay quienes dicen que es el primero, que el Nuevo Periodismo habría nacido en Latinoamérica, antes de Tom Wolfe, y ejemplo de ello serían las crónicas de José Martí y Rubén Darío, entre otros.
Se habla de una diferencia importante entre el Nuevo Periodismo reivindicado por Wolfe con el que se escribe en América Latina, y dice relación con que el periodismo norteamericano tiene una mirada puesta en la celebridad, en explorar lo relacionado a “los famosos”, en cambio en Latinoamérica esa mirada está colocada en lo que no ha sido mirado antes, en el caso de Olas de Barro, en las voces del pueblo.
El libro también tiene otros estilos de crónica más europea, relatos en primera persona, y con esto sabemos que Olas de Barro, por la historia que cuenta, pero también por el estilo en lo que hace, por la apuesta estética que nos presenta -mezcla de riguroso periodismo y de excelente literatura- va a ser un importante documento histórico y de rescate de la memoria de Atacama. Bien se dice que la crónica es un lenguaje anterior incluso al periodismo, y que lo que pervive en la humanidad son precisamente los relatos, las historias.
Quien en 10, 50 o 100 años, busque saber qué ocurrió en Atacama en los aluviones de 2015 tendrá en estas hojas una real respuesta. Pero no sólo de qué ocurrió el 25M, de cómo vivíamos también, porque los testimonios son un relato de cómo vivimos en Atacama. Mujeres que enfrentaron el barro solas con sus hijos porque eran los días de turno de sus maridos en la faena 7 x 7. El negocio del agua embotellada en la región. Temporeras durmiendo en containers en el valle.
Se dice que con el periodismo literario – género del cual Jéssica hace gala con excelencia en este texto y también en otros trabajos anteriores-  el o la periodista pasa de ser un mero reproductor a ser también un creador, que logra a través de su historia construir la realidad de una manera distinta, reduciendo la distancia entre quien narra, las o los protagonistas de sus historias y los lectores.
Eso es lo que hace Jéssica en Olas de Barro. En opinión de quien habla, a diferencia de lo que hemos visto en otros trabajos sobre el 25M, Olas de Barro logra mostrar lo que vimos, sentimos, vivimos quienes estuvimos esos días en la región.
Se muestran los aluviones en imágenes casi cinematográficas: olas de barro que ingresan a las casas; un parto en el cerro en medio de la noche; sonidos de helicópteros en trabajos de rescate; una familia que come sopaipillas reunida en una mesa sobre el barro; un padre sentado frente al memorial de su hijo, el bombero mártir, en pleno desierto. Y claro está que la fuerza en este trabajo –que lo que lo distingue de otros-, está dada por la voz de las y los protagonistas.
Protagonistas a quienes se les respetó sus formas de expresión, la que quedó plasmada sin acomodos, sin buscar el preciosismo en el lenguaje. Nuestra habla, la forma en que nos comunicamos, dice tanto del lugar que habitamos, del cuándo y cómo vivimos, por eso la poliglosia del texto no hace más que enriquecerlo y reafirmar, por una parte, el compromiso de la autora con la verdad, y por otra, del respeto por quienes entregaron sus testimonios.
Las voces del texto se amplían con las crónicas de otros autores. “La vida en tres kilómetros” de Christian Palma, crónica brillante, emotiva, sobresaliente. Pamela Ydígoras con una mirada crítica que nos recuerda que todo desastre no es sólo natural sino principalmente social. Cristian Muñoz que nos cuenta cómo Jéssica, la autora, es también protagonista y afectada por el 25M, entre otras.
Parte de la esperanza dice Jessica de este trabajo “es aprender de la experiencia y que este libro sea eso, un rescate de la memoria pero también que quienes mañana deban tomar decisiones tomen en cuenta lo que vivieron las personas afectadas”.
Acá queda este libro para la historia de Atacama. Con testimonios de nuestra gente que nos hablan de la importancia de lo colectivo; de cómo luego de una emergencia se logra recuperar la dignidad de las personas; de la necesidad de avanzar en derechos para trabajadoras históricamente postergadas; de como los seres humanos mostramos nuestro mejor y nuestro peor lado ante la adversidad; de la importancia de escuchar la opinión de la población en un proceso de reconstrucción; de cómo conviven naturaleza y minería, entre otros temas y cuestionamientos que ustedes van a descubrir al leer el libro.
Para terminar, reiterar que estamos ante un tremendo testimonio histórico del Atacama de hoy. De cómo vivimos, como sobrevivimos en el norte minero, como nos recomponemos. Nada más que invitarlas e invitarlos a leerlo.