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jueves, 25 de marzo de 2021

Para los que vivimos en Atacama, este es un día especial, en que recordamos a los aluviones que nos golpearon tan fuerte... con sus olas de barro, destrucción y muertes.
Escribí un libro sobre esta catástrofe, de crónicas, que rescata algunas de las historias que ocurrieron. Se llama #OlasdeBarro.
De ahí en este día y como un homenaje a la esperanza, les comparto la historia de la madre que dio a luz en el cerro La Cruz de Paipote.


La niña del cerro

Camila Abarca Ubilla sigue viviendo en el mismo pasaje donde estaba cuando comenzó el aluvión de marzo del 2015. Ella y su hija, Yovhanela Francisca Gattica Abarca protagonizaron una de las historias más difundidas durante esta catástrofe, al parirla en el cerro La Cruz, donde habían escapado junto a su familia. Para conocer los detalles, llegué a su pasaje, uno de tantos con nombres de la geografía local, y cuando me acerco al sector, que alguna vez recorrí cuando estaba destrozado por el barro veo que ha mejorado bastante. Dos señoras conversan en una esquina, me preguntan qué dirección busco al ver mis pasos erráticos en una dirección y luego otra, les digo y me interrogan que si busco a Camila, les respondo que sí, me indican la casa. Golpeo y no sale nadie. Grito con idéntico resultado. Las señoras van a buscarla, donde su mamá, unos metros más allá.

El sector es de casas de dos pisos, bajo un sol inclemente, no se ven árboles en las veredas ni en los antejardines.  Tampoco a simple vista se ven muchas plantas. Son viviendas modestas, y a pesar de que hay paro del sector educacional por esos días tampoco se observan niños jugando en los pasajes. Tal vez las madres tratan de que no tomen tanto sol, pienso. Después las señoras me responden que los niños ya no salen mucho a la calle, por los peligros, por el tránsito, porque tienen celulares e internet que les resultan más divertidos que un juego a la pelota o a la escondida en algún pasaje.

Llega Camila, se ve joven, sonriente, con su hija en los brazos, falda larga, y me invita a pasar a su casa.

Conozco a Yovhanela. Es inquieta, curiosa, quiere registrar mi cartera, jugar con el estuche de los lentes, le muestro un pequeño peluche de orangután con el que se distrae unos minutos, se sube a los brazos de su madre y luego huye, siempre tratando de subir la escalera que está bloqueada pero que ella logra sortear así que en ese punto detenemos la grabación para ir en su búsqueda. En varios.

¿No le pusiste Esperanza? Habían dicho que así sería.

Es que ella ya tenía su nombre.

Me comienza a contar como empezó todo. Ella vivía en la casa de su mamá.

Habíamos ido a mirar la defensa de Paipote, como corría el agua. Fue el 25. Habíamos ido con mi marido, con mi papá, nosotros decíamos pobrecita esa gente ya no se le ven las casas. Yo me había ido a acostar, con mi hijo, estaba muy cansada, estábamos con mi mamá, llegó mi papá corriendo y me dice ‘hija, despierta que se viene el río’.’Papá, déjame de molestar, déjame dormir’ le dije, y en eso siento que llega el agua la casa. Abrió la puerta. Entró con mucha fuerza. Dejé a mi hijo sentado en el sillón y el sillón se levantó, mi hermana lo tomó y se lo llevó para arriba, yo me quedé ayudándole a mi papá a tapar para que no siguiera metiéndose el agua.

Camila vivía en el primer piso, en una pieza que habían construido ampliando la casa hacia el patio, donde tenía todas las cosas de su guagüa.

Yo perdí todas las cosas. Tenía lo que le habían regalado a la Yovhanela del baby shower. Su cuna, todo.

El agua y el barro ganaron esa batalla, así que no les quedó más que refugiarse en el segundo piso. Estuvieron allí muchas horas, tantas que para Camila fue difícil contarlas. En la tarde, sintieron que paró un poco el caudal del río que ahora corría  por su casa, su pasaje y todo el sector, momento en que también llegaron los suegros de Camila, después de haber dejado a salvo a uno de sus hijos donde un familiar. Eran cerca de las cinco de la tarde.

Llegaron y nos ayudaron a salir, porque nosotros estábamos encerrados en la casa. Nos fuimos al cerro, subimos con las cosas, nos llevamos lo que más pudimos porque yo tengo un hijo que ahora tiene cuatro años y era chiquitito en ese momento, para poderlo abrigar.

Iban subiendo lentamente, pasando por entre piedras, barro, agua, mojados, sucios, tratando de esquivar los peligros del camino cuando llegaron al faldeo del cerro y el suegro de Camila le dijo:

Niña, no se te vaya a ocurrir ponerte a parir acá en el cerro.

El cerro La Cruz de Paipote no es difícil de subir, sus faldeos son suaves, pero en ese momento producto de la lluvia ofrecía un mayor peligro. Tiene varias planicies que permiten ubicarse aunque no ofrece una gran protección del frío y el viento, que abunda en el sector. Desde allí se podía ver uno de los puntos de desborde de la quebrada de Paipote, donde comienza Llanos de Ollantay como también el estropicio en el sector circundante a la quebrada, lo que después se llamó zona cero.

Estábamos desesperados, porque mirábamos para abajo y seguía pasando el ruido, y sonaban las piedras, aparte que verlo y no saber si esto iba a subir más, o no, o qué iba pasar, no sabíamos nada, era mucha la desesperación que teníamos arriba en el cerro –recuerda Camila sobre esos angustiantes momentos.

 Estaba anocheciendo, así que armaron la carpa que llevaban y se acostaron dispuestos a dormir.

Estábamos todos amontonados durmiendo en la carpa –describe Camila. Pero ella no podía conciliar el sueño, un dolor de espalda se lo impedía, o tal vez eran los nervios, pensaba.

Me voy a levantar porque me duele mucho la espalda, le dije a mi marido, yo no asimilé que eran contracciones, pensaba que tenía un dolor del espalda, nada más – me cuenta e instantáneamente se ríe-  Mi papá estaba afuera, había un niño en una camioneta y él le pidió que si me podía acostar ahí porque estaba embarazada. Le dijo que sí. Me acosté y me empezó a doler más fuerte la espalda, yo lo asimilaba con el cansancio, como un dolor no más, el niño me preguntaba que qué me había pasado, yo que nada, que tenía un dolor. Después llegó mi papá, me sirvió una taza de té y empezaron las contracciones más fuertes. El niño bajó a buscar una persona, don Pedro, lo llevó, él me revisó, y me dijo a ti todavía te falta para dar a luz. Eran como la una o dos de la mañana. El él es paramédico, trabaja la Clínica Atacama.

El diagnóstico fue que al amanecer tendría la guagua, siete u ocho de la mañana.

Pero las contracciones eran cada vez más fuertes.

 El niño me miraba no más y yo me afirmaba. Yo me quedé tranquila. Nunca se me pasó por la mente que va a tener a la Yovhanka en el cerro. No estábamos en buenas condiciones para tenerla ahí, no había nada.

A su alrededor ya se había corrido la voz que una mujer estaba a punto de dar a luz, vía celulares llamaban a las autoridades, a las radios que transmitían ininterrumpidamente, al hospital, en busca de ayuda. Se sabía que habían llegado helicópteros a la zona y como Camila era optimista pensaba que uno de ellos vendría a buscarla para dar a luz en el hospital. Eran como las cuatro y media de la mañana cuando las contracciones de Camila motivaron al joven a volver a ir en buscar de Don Pedro. Él llegó, por suerte ya no llovía, y volvió a examinarla.

Ya estás en trabajo de parto  — le dijo.

Inmediatamente los celulares volvieron a llamar, una conexión que escuchaban hasta que la entonces Seremi de Salud, Brunilda González y matrona de profesión, tomó la llamada que le pusieron al paramédico, y comenzó a darle indicaciones de lo que  tenía que ir haciendo. El escuchaba e iba haciendo lo que le decía. Pedro había atendido partos como ayudante.

Tú tienes que estar tranquila –era lo que repetía el paramédico a Camila.

Mandó a calentar agua, otros fueron a buscar cosas, géneros, ropa. Llegó una amiga de Camila, Clare, también paramédico pero del hospital, con ropa para la bebé,  y pañales. Tenían todo preparado hasta que llegó el momento que ella nació.  

Cuando estaba naciendo yo tenía nervios, porque a uno le hacen un tajito cuando tiene su primer hijo, él me decía que tenía que tener cuidado con que nos se abriera porque no teníamos nada para cocerme. Ése era un peligro. No estaban las condiciones para que ella naciera. 

Yovhanela vio el mundo a las cinco dieciocho de la madrugada. Aún no amanecía. Se escuchó un grito de alegría en todo el cerro, y en el del lado y el de más allá, todos ellos llenos de gente que huía del barro, varios de ellos con sus viviendas perdidas o imposibles de habitar. Camila seguía preocupada. Veía que la ropa le nadaba a su pequeña, y trataba de abrigarla con su cuerpo. Esperaba que llegaran luego los helicópteros a sacarla de allí.  

Al final dijeron que habían mandado helicópteros, pero no llegó ninguno, nunca. Llegó al otro día. –me cuenta Camila.  

¿Has hablado con Don Pedro? –le pregunto. 

Sí, cuando la ve a ella, la abraza, le da besos –me responde Camila—. Tuve que esperar ahí hasta que llegó el helicóptero, a la una o dos de la tarde. Bajó en el regimiento, nos llevaron en un camión al Hospital, ahí yo iba afirmada porque con la guagua, la bolsa y el dolor que tenía… En el hospital me subieron en silla de ruedas para arriba. El hospital estaba lleno de agua, barro, cómo se habían tapado los alcantarillados y salido todo eso. Ahí me quedé, me iban a dar el alta altiro pero tenían que revisarla a ella, salió limpiecita, no la tuvieron que lavar. Al otro día la bañaron, en la mañana, y me dieron el alta a mí y no se lo querían dar a ella, igual me la pasaron para que me la trajera y después el día lunes tenía control, para ver cómo estaba. 

Camila se fue unos días a casa de unos familiares de su marido, pensando en proteger a Yovhanela del frío, el viento y toda la contaminación que abundaba en el sector. Pero fueron pocos días.  

Después me vine para acá porque tenía que ver mis cosas, como habían quedado, si podía recuperar los recuerdos, las fotos, al menos algo. De todo lo que había de ella no pude salvar nada. Ella tenía su cajoncito, se perdió con todas sus cosas. 

Yovhanela ocupó portadas y titulares de diarios y noticieros y se transformó en una especie de mito, algo positivo dentro de tanta catástrofe. Cuando un medio de comunicación  la descubrió durmiendo en el cerro con su bebita, hubo críticas al gobierno y también una campaña de solidaridad. Le pregunto si recibió mucha ayuda. 

De la gente particular que venía al cerro, sí. Personas que venían de otro lado, la ayudaron mucho. Le llevaban ropita, también  gente de la población, de Paipote. Unos carabineros llegaron cuando yo la tuve, venían de Rahue, con un regalito que le había mandado la gente. Gente particular nos ayudó harto. 

Afortunadamente tuvo leche para darle y en abundancia, hasta los seis meses. Así que los días que continuó viviendo en el cerro, durmiendo en la carpa, al menos no tuvo que preocuparse de cómo sacar agua, esterilizarla y lograr que sus mamaderas se mantuvieran limpias. Con más tranquilidad, hoy ve que era probable que el parto ocurriera en el cerro.  

¿Cómo te estás reponiendo de todo eso que pasaste? Veo que ahora tienes casa. 

No es mía, estoy arrendando. Tratando de que sea mía con un subsidio. De a poquito uno se va recuperando, con la familia, los mismos vecinos se ayudan entre todos, de a poquito uno va saliendo adelante, si al final yo perdí todo y tuve que empezar como de cero, comprar todo, camas, ropa. En ese momento despidieron a mi marido del trabajo, por el barro él no podía ir a trabajar, y tenía que ayudarme a mí, él trabajaba en un taller mecánico, cerca de Tierra Amarilla. Igual allí lo ayudaron en algunas cosas. 

¿Qué sacaste de lección de todo esto que pasó? 

Que hay que disfrutar a la familia, porque no nunca se sabe cuándo va a pasar algo así, demostrar más el cariño. 

Y a ella, ¿Cómo le vas a contar la historia? 

Todos le dicen, ándate de acá a dónde vives tú, ándate a la punta del cerro –me responde riéndose, y Yovhanca sigue en lo suyo, dando vueltas, subiendo a los brazos de su madre, bajando, caminando y riendo. Nos mira, pero  aún no comprende tantas palabras a su alrededor y  que hemos estado hablando también de ella todo este rato. 

No sé cómo contarle. Tú buscas en google y sale todo. Pones el nombre de ella y aparece como la niña del cerro –me dice Camila.

 


viernes, 22 de junio de 2018

Jardìn con ruedas 4x4

Esta es una crónica que quedó, por razones de espacio y también de casualidad (ya que me gustaba más que otras que sí fueron publicadas) fuera de mi libro "Olas de barro". Pretendía en una segunda edición incluirla, pero ya que no ha sido posible, aquí va:



Llego una mañana de martes a la sede “Llanos de Atacama”  donde se realizará una clase de Jardín con ruedas, un programa de la Fundación Integra dirigido a párvulos que no asisten a la educación preescolar regular. Visitan una vez a la semana este sector, donde trabajan con los niños y niñas y les dejan actividades para sus casas  y continuar así, su aprendizaje. Pero esta será una jornada especial, ya que los niños y niñas asistirán  con sus madres y trabajarán su experiencia con lo que han vivido durante el aluvión, mediante un trabajo preparado por las educadoras.
Fue una idea de Viviana Aranda, Presidenta de la Junta de Vecinos Llanos de Atacama, y una de las líderes en lo que fue la tarea de solicitar  y canalizar la ayuda para este sector en medio del aluvión, cuando le conté  de la idea de este libro y que quería obtener la visión también de los niños. “¿Por qué no le preguntas a los más chicos?” me dijo y conversó con las tías del programa hasta que esta sesión se concretó.
De pronto, una sede casi vacía, se repleta de pequeñas mesas, una alfombra colorida de goma eva, trenes con  rieles para armar hechos de madera y muchos papeles y lápices a disposición. Los niños y sus madres van llegando de a poco y se incorporan al juego, donde las tías les plantean desafíos. Luego hacemos un círculo, con sillas, alrededor de un gran papelógrafo se ubican  los niños y sus madres, las tías, yo fotografío un poco, la asistencia de pronto es una canción donde cada uno levanta la mano, dicen "hola", los más audaces se paran de su asiento para sonreírle a los demás. Amanda parece ser la más pequeña y a la que más le cuesta saludar.
La tía a cargo les recuerda que el año pasado vivieron momentos distintos, díficiles, ella dice que se asustó y se puso nerviosa,  cuando comenzó a llover mucho y el agua  se juntó con la tierra, mientras dibuja unas líneas azules y cafés desde los cerros hasta más abajo, repite mientras sigue dibujando que después el barro llegó a una casita que estaba por acá y otra más allá y se llenaron de barro. Les habla con una voz suave, melódica, expresiva, casi teatral y los niños la miran atentamente. Hasta Tomás, el más inquieto, queda inmóvil, mientras Amanda abre su boca igual que la carita que dice asombro. “Alguien se acuerda de una casa con barro” los niños no dejan de mirarla pero nadie dice nada. La tía les pide que dibujen, y cada uno recibe un plumón grueso, y dejan otros a disposición, y empiezan a pintar sobre los cerros, y las nubes y la lluvia, y los niños siguen poniendo una lluvia cada vez más gruesa, otros han empezado a hacer ríos, charcos, y algo que recuerda al barro, mientras un pequeño se esfuerza por poner otra casa en medio de todo eso.  Arriba hay una ilustración con cuatro caritas con rostros de niños, la primera de ellas es la que casi todos marcan, la del niño que se sintió más inquieto, asustado o intranquilo. Pero también otros prefieren la de la niña, la que tuvo más miedo que antes; sólo uno prefiere la del niño con tristeza, que se ve llorando.
Andrea Carrizo es la educadora a cargo y estuvo con este mismo programa en los albergues. Los primeros días tras el aluvión se dedicaron a ayudar a quienes formaban parte del equipo y se encontraban más afectadas, y durante estas visitas se dieron cuenta del gran problema que enfrentaban los niños y niñas, así que se fueron a los albergues, donde  se dedicaron a la tarea más urgente: entregarles un espacio para jugar y canalizar todas las emociones que estaban sintiendo.
- Había irritabilidad, sensación de miedo, lloraban más, tenían conductas disruptivas que no se visualizaban, si bien los adultos dentro de las posibilidades que tenían, trataban de acompañarlos, era inevitable que ellos de otra forma, quizás no con palabras, mostraran que tenían miedo y estaban asustados –resume  Andrea sobre el estado de sus párvulos esos días agotadores, donde las apoyaron con una camioneta cuatro por cuatro para poder pasar por el barro.
No fue nada fácil comenzar a trabajar con los niños y niñas. Al principio, tenían poco tiempo de atención, querían estar más bien afuera, con el agravante que las clases eran en el mismo lugar que estaban habitando, hasta que de a poco pudieron hacerles una rutina diaria, lo que según las educadoras era importante para que comenzaran a ver su mundo más organizado.
-También nos pasó que habían niños que nos daban relatos claramente. Había un niñito de nacionalidad boliviana, que le daban miedo las puertas, porque la suya, por lo que él nos manifestaba, “reventó  todo” decía él. Él vio cuando el barro empujó la puerta y entró. Cuando empezamos a tener el trabajo con familias, la suya nos explicó que tuvieron que ser rescatados de su casa en camiones y cargador frontal para poder moverse, estuvieron atrapados en el techo durante algunas horas. Los niños cuando cuentan lo hacen de una forma concreta, por eso él hablaba de que se reventó la puerta – recuerda la educadora en una conversación que sostenemos durante el recreo.
-En otra ocasión nos pasó que, contando un cuento, súper al margen de la situación, una familia pasaba por varios obstáculos, entre esos atravesaba por el barro, una niñita dice ‘no el barro no, que salga de ahí’ – relata Andrea.
Por eso fueron buscando metodologías que les permitieran a los más pequeños expresarse. Sabían que debían conversar  sobre lo sucedido, pero en forma didáctica, en relación a dibujos, si alguno quería quizás contar lo que le pasaba, como era su hogar, porque había varios que les decían “mi casa ya no está, ya no existe” o “ya no tengo casa”, entonces las tías trataban de ayudarles a superar lo ocurrido, que soñaran con una nueva, por ejemplo.
Luego les llegaron refuerzos, sicólogos desde Integra las ayudaron a través del fono infancia, donde atienden profesionales de este disciplina expertos en educación infantil, quienes les entregaron  orientaciones respecto a como enfrentar una situación post traumática. Más adelante contaron con el apoyo de la Unicef, que les hizo capacitaciones sobre la contención, claro que después que las tías habían hecho las primeras intervenciones en los albergues. En el balance está que las educadoras tenían conocimientos de cómo enfrentar situaciones difíciles, pero no precisamente catástrofes sino más bien del tipo duelos y  siempre contaron con el apoyo de la unidad de protección de derechos que funciona en su dirección regional, que les proporcionó directrices para que trabajaran desde el enfoque de reparación de daños, trabajar con las familias y orientación a los adultos para que escucharan a los más pequeños de la familia.
- Las familias estaban muy preocupadas de ir a limpiar sus casas, repararlas, pero no paraban y miraban a los niños, que en realidad necesitaban jugar y contar con un espacio para ellos –puntualiza Andrea.
Después de salir de los albergues, las tías dejaron los contactos hechos para que cada niño y niña ingresara a un jardín infantil de tipo convencional.
Como lección, Andrea cree que todos y todas vivimos una gran catástrofe y hay daños que siguen ahí.
-A mi casa no entró barro, pero yo igual estaba viviendo una situación de catástrofe. Creo que al principio costó, fue desde la adrenalina, uno asumía las cosas rápido, pero después de un mes, de dos meses, ya uno se siente más cansada, agotada. También las conversaciones, tratar de canalizar las vivencias que escuchaba, sin duda afectaba, pero estaba la motivación y había un equipo detrás para poder apoyar. Todo pasó tan rápido, que así cambió de la noche la mañana la ciudad, y como que de la noche la mañana nos pudimos poner de pie. También creo que nosotras tomamos las decisiones, retomar la normalidad mucho antes de lo que otros lo hicieron, nosotras nunca dejamos de trabajar,  los otros jardines estaban cerrados. Desde la improvisación pudimos hacer cosas que eran necesarias, yo creo que el gran aprendizaje es que hay momentos justos para intervenir, después pasa, por mucho que hay depresiones post traumáticas, mientras más rápido hace uno una intervención, es mejor.
Una de las preocupaciones fue mostrarles que habían redes de apoyo,  sicólogos, asistentes sociales, entre otros.
-Creo también que hay muchos niños que todavía no lo superan, muchas familias que todavía sienten angustias, cuando llueve de repente. Quizá se deba a que nos paramos muy rápido, empezamos a hacer nuestra vida normal, después de dos meses, pero habíamos estado con carencias de todo.
Se acaba el recreo, y comienza una nueva actividad. A todos les regalan un cuento que habla de catástrofes naturales. Hay un espacio para pintar, lo miran con las madres. Le pido a algunas de ellas si podemos conversar.
Yamileth García Cereso acepta mi invitación. Cuenta que venían con Leonel, su hijo, de vuelta de comprar cuando se dieron cuenta que había agua en ese sector.
-Abrimos la puerta, y empezaron a salir las cosas, el auto también se perdió, así que alcanzamos arrancar para el lado de mi suegra, y nos tuvimos que quedar toda la noche ahí, porque arriba también nos mojamos, teníamos las camas mojadas. Vivo al lado de mi suegra, tengo una ampliación. Entonces estaba mojado arriba, mojado abajo, con barro, perdí todo abajo, él… quedó sin zapatos, sin ropa, como a las once y media de la mañana entró el agua, pasó toda la noche y al día siguiente mi primo nos vino a buscar, porque los baños estaban saturados, salía por todos lados la caca y el  agua, no había agua potable, ni luz, no había que comer. Se perdió todo.
Cuenta que para salir del sector tuvieron que subir a los cerros que rodean la ciudad y a través de ellos entrar a la ciudad. Fue como una hora caminando por el cerro con su hijo, subiendo y bajando, pero la caminata no le provocó miedo porque su primo lo cargó en sus hombros y se fue jugando, tratando de distraerlo, como si fuera lo más natural del mundo salir del barro y emprender esa marcha.
-Pero estaba asustado, porque claro, nos veía a nosotros, yendo de allá para acá, que el agua pasaba, que se llevaba cosas, que pasaban perros por afuera de la casa, pero después cómo que se le fue pasando –resume Yamileth.
Su marido se quedó en su casa, limpiando, y ella atravesó durante días los cerros para llevarles comida al marido y al suegro. No había otra forma de entrar al sector. Leonel extrañaba a su papá, a los abuelos, y después más aún, cuando se fueron a Santiago escapando de la contaminación y de que había pasado un mes y todavía no tenían casa donde volver, así que buscaron otro refugio, esta vez en Arica, donde Yamileth y Leonel estuvieron otro mes más, hasta que en junio lograron retornar al hogar con la familia completa. O sea tres meses después del aluvión.
Lilian Cepeda también vive en los Llanos, en el sector conocido como uno, el más cercano a la defensa de la quebrada.
-Vivo en la calle Ticsa, entró el agua, veíamos pasar el barro con autos, con cosas, teníamos que estar en el segundo piso no más, sin agua potable, así que empezamos a ver como irnos de ahí, sobre todo por mi hijo. Empezamos a caminar por el barro, y llegamos hasta la casa de mi hermana, que viven en Las Brisas, mi cuñado tenía una camioneta de su empresa y nos subimos todos y tratamos de salir y no se podía hasta que muy tarde llegamos donde mi mamá en Los Héroes. Fuimos por Los Carrera donde bajaba el barro. Y cuando llegamos allá fue como llegar a otro mundo – cuenta acerca de un viaje que los llevó a los sectores altos de la ciudad, donde el barro nunca llegó.
En la sala –sede en las diversas mesas, las madres revisan el cuento junto con sus hijos, cuando Andrea se acerca a una de las mamás y hija y conversan sobre lo que vivieron. Primero le pregunta a Sofía, y luego a la mamá, quien le cuenta todo lo que vivieron, mientras la niña asiente y dice que sintió mucho susto. Nada fácil, en realidad, pero ahí están todos estos niños con sus madres, sonriendo, pintando, hasta que termina la sesión y para volver a encontrarse la próxima semana.

martes, 26 de septiembre de 2017

Presentación del libro Olas de barro

Por Nataly Gonzalez.

“Olas de Barro” es un libro de crónicas, por lo tanto es no ficción: “Nada es ficción en este libro”, nos dice la autora.
Por lo mismo tiene un tremendo valor: valor periodístico, valor testimonial, de rescate de la memoria y me atrevo a decir que incluso reparador para quien lo lea, y sobre todo para esas mujeres y hombres protagonistas de cada historia acá contada, quienes compartieron sus testimonios -que hoy ven publicados en este libro-,  porque la verdad tiene un fuerte sentido reparatorio; porque la palabra -en este caso escrita-  permite resignificar lo vivido.
Jéssica Acuña nos dice en la introducción que quiso contar las historias desde abajo, no desde expertos e instituciones. ¿No es acaso eso lo que debería hacer siempre el periodismo?  Muchas/os podemos decir que si, pero sabemos que no siempre es de esta forma, las fuentes suelen ser las oficiales, las institucionales, las poderosas, por eso es aún mayor el valor de este texto.
Los aluviones en Atacama los cargamos todas y todos en el cuerpo, allí queda esta experiencia, como cualquier otra. Independiente del grado en que nos afectaron, todas y todos en Atacama lo vivimos, el aluvión pasó por nuestros cuerpos, es en ellos donde todos nosotros cargamos la tragedia.
Hoy podemos relatar “nuestra” historia de esta emergencia; cada una y uno de nosotros puede contar “su” historia de cómo vivió los aluviones y con eso armar la que es una historia colectiva. Eso hace este libro, que tiene como resultado una historia coral con diversidad de voces, pero que finalmente es una historia: la de todas y todos. Y por eso es también un libro espejo, en él, cada uno de nosotros se reconoce como parte de una historia: la del 25M en Atacama.
Hay un tremendo trabajo de reporteo, de recopilación de testimonios, entrevistas, encuentros con las y los protagonistas, investigación en terreno, que convierte a Olas de Barro es un testimonio importante, que recoge la voz del pueblo, sus experiencias, las hablas y los saberes de mujeres y hombres: en resumen, “su verdad”.
Voces donde encontramos crítica política y crítica social que tenemos que ser capaces de escuchar, mirar, comprender y responder.
Hay saberes también, esos saberes populares que parecen tan desvalorizados hoy en día ante “lo científico” y ante “lo técnico”. Acá están nuestras abuelas y abuelos de Atacama, quienes habían escuchado de sus abuelas y abuelos, que la defensa no era  suficiente, que la quebrada algún día se va a venir, que la naturaleza tiene vida, que el agua es traicionera, que el río siempre vuelve a su cauce.
Todo esto contado a través de diversos estilos de crónica periodística, como Nuevo periodismo latinoamericano, que hay quienes dicen que es el primero, que el Nuevo Periodismo habría nacido en Latinoamérica, antes de Tom Wolfe, y ejemplo de ello serían las crónicas de José Martí y Rubén Darío, entre otros.
Se habla de una diferencia importante entre el Nuevo Periodismo reivindicado por Wolfe con el que se escribe en América Latina, y dice relación con que el periodismo norteamericano tiene una mirada puesta en la celebridad, en explorar lo relacionado a “los famosos”, en cambio en Latinoamérica esa mirada está colocada en lo que no ha sido mirado antes, en el caso de Olas de Barro, en las voces del pueblo.
El libro también tiene otros estilos de crónica más europea, relatos en primera persona, y con esto sabemos que Olas de Barro, por la historia que cuenta, pero también por el estilo en lo que hace, por la apuesta estética que nos presenta -mezcla de riguroso periodismo y de excelente literatura- va a ser un importante documento histórico y de rescate de la memoria de Atacama. Bien se dice que la crónica es un lenguaje anterior incluso al periodismo, y que lo que pervive en la humanidad son precisamente los relatos, las historias.
Quien en 10, 50 o 100 años, busque saber qué ocurrió en Atacama en los aluviones de 2015 tendrá en estas hojas una real respuesta. Pero no sólo de qué ocurrió el 25M, de cómo vivíamos también, porque los testimonios son un relato de cómo vivimos en Atacama. Mujeres que enfrentaron el barro solas con sus hijos porque eran los días de turno de sus maridos en la faena 7 x 7. El negocio del agua embotellada en la región. Temporeras durmiendo en containers en el valle.
Se dice que con el periodismo literario – género del cual Jéssica hace gala con excelencia en este texto y también en otros trabajos anteriores-  el o la periodista pasa de ser un mero reproductor a ser también un creador, que logra a través de su historia construir la realidad de una manera distinta, reduciendo la distancia entre quien narra, las o los protagonistas de sus historias y los lectores.
Eso es lo que hace Jéssica en Olas de Barro. En opinión de quien habla, a diferencia de lo que hemos visto en otros trabajos sobre el 25M, Olas de Barro logra mostrar lo que vimos, sentimos, vivimos quienes estuvimos esos días en la región.
Se muestran los aluviones en imágenes casi cinematográficas: olas de barro que ingresan a las casas; un parto en el cerro en medio de la noche; sonidos de helicópteros en trabajos de rescate; una familia que come sopaipillas reunida en una mesa sobre el barro; un padre sentado frente al memorial de su hijo, el bombero mártir, en pleno desierto. Y claro está que la fuerza en este trabajo –que lo que lo distingue de otros-, está dada por la voz de las y los protagonistas.
Protagonistas a quienes se les respetó sus formas de expresión, la que quedó plasmada sin acomodos, sin buscar el preciosismo en el lenguaje. Nuestra habla, la forma en que nos comunicamos, dice tanto del lugar que habitamos, del cuándo y cómo vivimos, por eso la poliglosia del texto no hace más que enriquecerlo y reafirmar, por una parte, el compromiso de la autora con la verdad, y por otra, del respeto por quienes entregaron sus testimonios.
Las voces del texto se amplían con las crónicas de otros autores. “La vida en tres kilómetros” de Christian Palma, crónica brillante, emotiva, sobresaliente. Pamela Ydígoras con una mirada crítica que nos recuerda que todo desastre no es sólo natural sino principalmente social. Cristian Muñoz que nos cuenta cómo Jéssica, la autora, es también protagonista y afectada por el 25M, entre otras.
Parte de la esperanza dice Jessica de este trabajo “es aprender de la experiencia y que este libro sea eso, un rescate de la memoria pero también que quienes mañana deban tomar decisiones tomen en cuenta lo que vivieron las personas afectadas”.
Acá queda este libro para la historia de Atacama. Con testimonios de nuestra gente que nos hablan de la importancia de lo colectivo; de cómo luego de una emergencia se logra recuperar la dignidad de las personas; de la necesidad de avanzar en derechos para trabajadoras históricamente postergadas; de como los seres humanos mostramos nuestro mejor y nuestro peor lado ante la adversidad; de la importancia de escuchar la opinión de la población en un proceso de reconstrucción; de cómo conviven naturaleza y minería, entre otros temas y cuestionamientos que ustedes van a descubrir al leer el libro.
Para terminar, reiterar que estamos ante un tremendo testimonio histórico del Atacama de hoy. De cómo vivimos, como sobrevivimos en el norte minero, como nos recomponemos. Nada más que invitarlas e invitarlos a leerlo.