sábado, 29 de mayo de 2021

Eduardo Aramburú: escritor, gestor cultural y sobreviviente

*Es un escritor imprescindible para Atacama, ha publicado trece libros de su autoría y como editor más de cuarenta libros de autores de la región, es miembro de la Academia Chilena de la Lengua y tiene una larga lista de premios. Un indiscutible impulsor de la actividad cultural, gremial y de resistencia en tiempos de dictadura.  


Le impresionó el paisaje cada vez más seco. El bus era incómodo, pero cuando subió se alegró quedar sentado lejos de las ruedas, porque él tenía las piernas largas y esa notoria elevación significaría viajar completamente doblado, con sus rodillas cerca del pecho. Había abordado el bus con una pequeña maleta a las ocho de la tarde. Al llegar a La Serena terminó el pavimento del camino y comenzó “la calamina”, es decir los saltos producto del camino de tierra con la vibración constante en la ventana. El calor se sentía cada vez más fuerte en ese julio de 1962.

Eduardo Aramburú tenía 16 años de edad, hasta hace unos días se encontraba en Santiago estudiando las humanidades durante la noche y trabajando durante el día, para costear su estadía en la capital, forzada por un accidente que le obligaba a someterse a un tratamiento imposible en su natal Chimbarongo. Pero le llegó una carta de su tía Elcira, diciéndole que, como él sabía, había enviudado y con sus tres hijos necesitaba ayuda. En el sobre también venía un pasaje de ida a Copiapó que él, sin pensarlo demasiado, usó.

Por eso estaba en ese bus donde la gente podía fumar, intentaba entretenerse mirando el paisaje árido y distraerse de la sed cada vez más apremiante, que no tenía como calmar, agravada con el polvo levantado por el paso del vehículo que se filtraba e inundaba el transporte. No había llevado alimentos, como los demás, que precavidamente comían cada cierto tiempo sus sándwiches y bebestibles, así que fue un alivio la parada en Vallenar donde almorzó y compró una botella de agua. Más se alegró cuando a las cuatro de la tarde llegaron por fin a Copiapó. El Andes Mar Bus llegaba a la plaza, Los Carrera entre Colipí y Chacabuco.  Seguía sin ver árboles, no al menos como en el centro del país y todo le pareció tan antiguo. Caminaba y sólo veía casas bajas, de un piso, con techos de barro. No le desagradaba, pero era tan distinto.

Sus ojos rápidamente se acostumbraron a la nueva paleta de colores de la ciudad: cafés, amarillo, cielos azules, violetas al atardecer; al frío de la noche desértica y el calor infaltable del medio día. Él atendía la caja en el restaurante “Copiapó” de su tía, aunque también asistía en otras labores, lo que fuera necesario en un negocio familiar ubicado en el centro de la ciudad, en Maipú entre los Carrera y OHiggins, frente al Mercado Municipal. También salía con sus tres primos pequeños, especialmente con Zoia, fue su regalona, iban al estadio y a unas cuantas actividades culturales.

Se matriculó en el Liceo de Hombres, en la jornada nocturna. Poco a poco se integró a una intensa vida cultural.  Había grupos de teatro, cine y literatura. Los estudiantes crearon un periódico cultural que se llamaba “Hacia el saber”. Eduardo fue el Director. Osman Cortés, otro de los alumnos, el periodista. Rápidamente se hicieron amigos. Aramburú publicó poesías y artículos como uno donde rescató la labor que hacían los lustrabotas. Eran cuatro páginas en mimeógrafo o imprenta que sin embargo fueron el inicio de un camino para varios de sus escritores. En ese temprano período de su vida de estudiante comenzó también su inquietud por abrir caminos para la actividad artística. 

Formaron el comité Pro Casa de la Cultura, ya que los jóvenes, algunos artistas e interesados en la cultura miraban con envidia como en otras ciudades los municipios o el Estado fomentaban espacios destinados a desarrollar este tipo de actividades. A sus escasos años, su entusiasmo y liderazgo lo llevó a ser electo director de esta entidad, que impulsó variados encuentros, ya que estaban integradas varias disciplinas, pintura, música, literatura, dramaturgia. El pintor Julio Aciares era uno de sus integrantes junto a otros como José Francisco Ossandón, Alejandro Aracena y la joven poeta Amada Esperanza de Laire, hija del Director del Diario La Prensa don Carlos de Laire. 


Hasta el año 1970 este grupo impulsó la actividad cultural en Copiapó. Entre medio, Andrés Sabella había tendido un puente con los jóvenes escritores y les impulsó a rescatar la figura de José Joaquín Vallejo, primer cronista del país. Aramburú se fue a estudiar a la Universidad Técnica del Estado de Talca, pero antes, siguiendo los consejos del escritor nortino, crearon el grupo literario Jotabeche, que quedó presidido por Alejandro Aracena y Oriel Álvarez.

A los 17 años, seducido en parte por el diario El Siglo, -que ponía los temas de los campesinos y trabajadores en la agenda, particularmente por su suplemento cultural-y la influencia del regidor y poeta Lorenzo Reygada, ingresó a las juventudes comunistas. Militancia que llevó a la universidad, donde sus dotes de liderazgo nuevamente lo llevaron a impulsar las actividades literarias, a la presidencia del centro de alumnos y siendo ayudante de cátedra de economía y sociología y trabajador de la universidad, a dejar la representación estudiantil para presidir la Asociación de profesores y empleados de la Universidad Técnica del Estado, Sede Talca, y subsede de Linares, APEUT.

Entonces ya se había casado, tenía hijos pequeños cuando la mañana del 11 de septiembre tuvieron noticias del Golpe de Estado e inmediatamente se convocó al Claustro Pleno de la Universidad,  compuesto por académicos, directivos, no académicos y estudiantes, donde tomaron la decisión de escribir una carta. Se nombró una comisión redactora y luego el texto fue sometido al Claustro. En su contenido se hacía un  llamando a los militares a no disparar contra su pueblo, agregando que no se aceptaba un gobierno “gorila”. Rápidamente la imprimieron y repartieron entre trabajadores de los cordones industriales de Talca, agrupaciones y diversos sectores de la ciudad.

El día 12 de septiembre, estaba a punto de entrar a la universidad cuando escuchó que lo llamaban por “Eduardo”. Una curiosidad porque todos lo conocían por Luis, su primer nombre. Se detuvo a mirar hasta que se dio cuenta que en una Citroneta un funcionario amigo, de la D.C., lo invitaba a entrar. Abrió la puerta y escuchó.

¡No! No, no entres, que te andan buscando y te van a detener – le dijo.

La decisión fue rápida: marcharse. Este compañero lo llevó a una casa de otros amigos, donde difícilmente lo buscarían mientras escuchaban en la radio del automóvil los bandos militares. Su nombre encabezaba una lista de personas que debían presentarse perentoriamente en el regimiento. Lo pensó todo el resto del día, lo conversó con sus anfitriones y se convenció que como presidente de su gremio, absolutamente legal, no tenía nada que esconder ni acciones que lamentar. Así que en horas de la tarde cruzó la puerta del Regimiento. El militar a cargo lo reconoció como parte de la UTE y le dijo que estaba citado para el día siguiente a las diez de la mañana, donde los interrogarían.

Así que al día siguiente todos los funcionarios de la Universidad se encontraron en el regimiento y conocieron a su nuevo rector designado: un militar con grado de capitán, el Capitán Zuhkino, que uno a uno los fue interrogando. Después de conversar con el último de los funcionarios, el capitán se paró y  anunció:

Aquellos que voy a nombrar se quedan. El resto puede irse inmediatamente. Antes que me arrepienta -dijo comenzando a leer una lista con siete nombres, los presuntos responsables del delito de escribir una carta con un calificativo molesto para los militares golpistas. Aramburú escuchó el suyo y vio salir a gran parte de sus compañeros de universidad del recinto militar.

Lo siguiente fue entrar a una piscina con un agua gélida que les llegaba hasta los tobillos en un sector de la piscina. Cuando los nombraban debían salir aprisa, ya que los esperaban culatazos de los militares que los custodiaban y los rodeaban. Entraron y salieron varias veces en el día, en el inicio de las torturas, esas que dejan marcas en el cuerpo y en el alma. A Eduardo le preguntaban por la carta, por lo que enseñaba en sus clases de economía. Esperaban que confesara que instruía marxismo. Algo que no confesó, porque claro que estudiaban “El Capital”, como también a los otros autores fundamentales en discusión en plena guerra fría. De las amenazas, recuerda sobre todo las realizadas a su esposa y sus hijos, que si algo le pasaba a algunos de los militares, ellos lo pagarían.

Nos sacaban a presenciar el castigo a alguna persona. Recuerdo a un profesor de enseñanza básica, él tenía que cantar la canción nacional con la parte de los militares.  Nadie se la sabía. Por supuesto que yo la había leído, pero de ahí a aprenderla. Le pegaban de una manera…terrible. Hasta que caía al suelo. Nos hacían presenciar un simulacro de fusilamiento, pero nosotros no sabíamos que era simulacro. Nos sacaron de los calabozos y nos llevaron a una sala donde debíamos estar en cuclillas con las manos en la nuca. Fue la peor parte porque si tú te colocas en cuclillas durante ciertos minutos se te adormecen las piernas y te caes. Te levantaban a puros culatazos. Igual te caías. Tú sentías que no iba a terminar nunca. Nos sacaban y nos llevaban a la sala de interrogación, querían saber dónde estaba el mimeógrafo, quienes habían salido a repartir la carta, quienes más estaban involucrados.

El 13 de septiembre, más bien en las primeras horas del día 14, como a las tres de la mañana, los sacaron de la sala donde los tenían en cuclillas y con las manos en la nuca,  los subieron entre golpes a un vehículo militar, sin saber a dónde se dirigían. Todos al unísono pensaron que los matarían, pues ya había desaparecido un compañero del grupo de la UTE. Eduardo escuchó cuando el capitán le dijo al teniente a cargo:

Ya sabes lo que tienes que hacer, si alguno se mueve, usted dispare no más.

Alguno de los prisioneros dijo que los llevaban al cerro, donde los matarían. Eduardo sintió el camino como lo último. Nadie hablaba. Recuerda que sintió la subida en el cerro mientras se convencía que iba hacia el lugar donde lo fusilarían. Cuando el vehículo paró y los hicieron bajar en fila india con las manos en la nuca, se dio cuenta que habían llegado a la cárcel.

Aramburú es un sobreviviente. De esas torturas que acabaron cuando por fin llegó a la cárcel y se encontró con otros tantos compañeros con el alivio de ver a quien creías muerto. Del proceso acusado, en el que intervino la Cruz Roja Internacional por ser declarado terrorista debido a su participación al escribir una carta donde rechazaban un gobierno militar.

Los días en la cárcel fueron mejores. El Alcaide era buena persona. Lo peor seguía siendo escuchar el nombre.

Cuando llamaban a alguien a interrogatorio se hacía doble fila. Todos le daban un palmazo en el hombro, le decían, ‘suerte, suerte’, porque normalmente la gente llegaba muy mal. Se llamaba por alto parlante porque tenían que interrogarlo los militares en el regimiento. Esos interrogatorios eran muy duros. La gente salía caminando y había que entrarlos en andas en la mayoría de los casos. Ese asunto se repetía muy seguido.

Lo vivió junto a su compañero de universidad y de prisión, Isaac Huespe, la doble fila, las palmadas en la espalda, a él le decían ‘niño’ y les deseaban suerte a ambos. Caminaron hacia la sala donde estaban los militares, pero tomaron otro pasillo y los llevaron hacia la oficina del Alcaide. Allí su compañera de universidad, una religiosa que estudiaba pedagogía, Bernardita Riquelme, les esperaba, rompiendo así la incomunicación a la que estaban sentenciados. El Alcaide los dejó solos. La monja de entre sus polleras sacó una carta para cada uno y papel y lápiz. Aramburú escribió a su esposa, le decía que todo estaba bien y que pronto estarían libres.

Los prisioneros habían escuchado de la caravana de la muerte y sus asesinatos. Pero tenían esperanza en el militar que estaba de Intendente, el Coronel Efraín Jaña, porque había mostrado compromiso con el gobierno de Allende. Al mismo tiempo temían por su suerte si llegaban, pensaban que seguro elegirían a los de la UTE, por su fama de refugio de la izquierda. Afortunadamente se cumplió la esperanza, ya que llegó la siniestra comitiva a la zona y el intendente efectivamente impidió la masacre, lo que le costó la baja y la prisión.

Aramburú estuvo preso dos años. La primera condena fue por ocho, pero gracias a la intervención de abogados de la Cruz Roja Internacional y del Obispado de Talca a los cinco autores de la carta los condenaron a dos años. Estuvo en las cárceles de Talca, Parral y luego lograron un traslado a Copiapó, donde Teresa, su esposa, contaba con sus padres. En su libro escrito durante su estadía en la cárcel, “Engranaje del tiempo” en el poema II retrata con profundidad el dolor: “Huye la esperanza como fiera dolorida/…/En el jardín de los meses vestidos de gris/ mi carne se enferma/ mi espíritu llora/ mi mente se afiebra/ No aparece tu nombre cuajado de alivio/ Grito de furia/ me canso/ me duermo/ en el vacío sin Dios”.

Esos fueron años difíciles en lo económico también, ya que desde el golpe la universidad lo exoneró sin ningún tipo de indemnización. Entonces la solidaridad de vecinos, compañeros y amigos ayudó a esta familia hasta la vuelta al norte.

Pero los malos momentos no terminaron.

Ocurrió cuando intentaba una nueva forma de ganarse la vida. Porque cuando salió libre buscó otras maneras de generar ingresos, ya que muchas puertas estaban ahora cerradas. Se dedicó a hacer muebles de todo tipo. Se encontraba haciendo un frailero, un mueble quemado, por ese entonces de moda, así que trabajaba con el soplete sobre la madera para darle ese color oscuro cuando la herramienta reventó y lo dejó con quemaduras en su rostro, en sus manos y parte del cuerpo. Lo trasladaron a Santiago, donde agradece al médico de apellido Fierro, quien se esmeró en reconstruir su rostro, ya que había quedado con los párpados vueltos hacia abajo, la boca sellada y la nariz como una masa, como él recuerda. Hoy tiene un rostro donde hay que concentrarse para ver sus cicatrices, ya que las personas suelen más bien ver al ser humano que ha hecho de sí mismo, ante todo, amable, de voz profunda, reflexivo, que inspira respeto.

“Esa mañana el sol no saltó por la ventana/ El Trudeau me indicó cirugía plástica/ Y mis ojos vieron la herida que el fuego/ dibujó en mi cara” retrató ese momento en el poema “Incertidumbre” parte del libro “Transparencias” que escribió al salir en libertad.  “El Comité Pro-Paz canceló todo/un indigente era yo desde ese septiembre/cuando la barbarie cortó los árboles/quemó los libros, destruyó las aves,/y protegió a las culebras que se deslizaban/por entre las zarzamoras” continúa contando en versos esa historia.

Y la presencia de su esposa, Teresa, fue vital para su recuperación: “Estaba junto al dolor de la lejanía/del norte, de mi casa/y llegaste/traías la dulzura en tu mirada de universo …/tus manos, eran mis manos/ bosquejando nuevamente/ el mañana./Y entre el dolor/ la incertidumbre/ del pem-total/ aparece la transparencia de tu voz:/ Volví a creer en el amor”.

El accidente no lo detuvo.

Regresó recuperado a Copiapó tras varias operaciones y un largo tratamiento. Se unió a ALUTEC, el grupo literario al alero de la Universidad Técnica del Estado, sede Copiapó, en que se refugiaron los escritores luego de que el grupo Jotabeche fuera intervenido por los militares que nombraron a Lucía Román, escritora de su confianza a cargo, obviamente partidaria del régimen. Oriel Alvarez, Alejandro Aracena, Juan García Ro y otros más fueron recibidos gracias a las gestiones del académico Enrique Lillo en esta academia literaria que les ofreció la posibilidad de reunirse y publicar revistas con sus trabajos, pero bajo tutela. Es decir, para sesionar debía estar presente al menos uno de los dos profesores a cargo y no tenían ninguna capacidad propia de tomar decisiones. A Aramburú esto no le pareció nada bien, así que conversó con todos ellos y les invitó a independizarse, en el momento una verdadera conspiración.

Así nació el grupo literario Copayapu. La idea se concretó en el pueblo San Fernando, en una parcela del padrino de matrimonio de Eduardo, que la prestó para un asado de un grupo de amigos. No alcanzó para carne, así que hicieron una fritanga de pescado, mientras se organizaron, se propusieron para el próximo aniversario de Copiapó, el del año 1978, publicar un libro que rompiera el silencio de décadas, sin ni siquiera un libro de un autor copiapino. Estaban presentes: Tussel Caballero, Medarno Cano, Angela Cuevas, Juan García Ro, Alejandro Aracena, Andrés Ríos, Nalky Pesenty, Danilo Octavio Bruna, Nilsa Muñoz y Fresia La Flor.

Juntaron dinero, reunieron sus trabajos, los discutieron y se lanzaron a la tarea. Presentaron el libro a la Seremi de Educación para solicitar su autorización. Pasaron los meses y ni una respuesta, hasta que el abogado de dicho estamento en una reunión privada le dijo a Eduardo que el libro iba a ser rechazado. Le sugirió que lo retirara mediante una carta sin ningún tipo de comentarios y lo enviaran a una imprenta fuera de la Región, donde seguramente pensarían que contaban con los permisos para su publicación. Eso hicieron.

Hablamos con una imprenta de La Serena, conseguimos un préstamo porque no nos alcanzaba la plata que habíamos juntado. Nosotros teníamos muy poca idea de cómo teníamos que hacer el libro, mandamos solamente los originales.  La imprenta conocía a Benjamín Morgado, un escritor que pasaba mucho tiempo en Santiago pero también en Coquimbo. El dueño de la imprenta le dice que ‘están haciendo un  libro de poetas copiapinos,  pero incompleto, solamente tienen los originales,  no está inscrito.  ‘Ya no te preocupes dijo él’, y él solucionó todo, él inscribió en el Depto. de Derecho de Autor el libro, hizo todo lo que había que hacer legalmente, incluso hizo las correcciones del libro. No aparece su nombre en el libro, porque nosotros no teníamos idea que él estaba haciendo todo eso -recuerda sobre estos primeros pasos que abrieron el camino de las letras en Atacama.

¿Y todos ellos estaban en contra de la dictadura?

Al menos todos compartíamos la idea que no podíamos seguir viviendo en una situación como la que estábamos. Lo pensábamos desde el punto de vista del escritor que necesitábamos libertad para escribir. Y poder decidir. En eso estábamos todos de acuerdo.

El libro llegó y lo celebraron con una presentación en la sede del Sindicato de Cerro Imán, en noviembre de 1978. Pero querían cumplir con su meta, que fuera parte de las celebraciones del aniversario de la ciudad, el 8 de diciembre. Algo difícil, después de todo era una publicación sin los permisos y autorizaciones que exigía el régimen. Así que buscaron la forma y la encontraron con Angela Cuevas, que participaba en uno de los centros de madres de Cema Chile, la institución que presidía la esposa del dictador, donde “señoras” de militares vigilaban las reuniones de las mujeres que participaban, generalmente motivadas por tejidos y bordados de variado tipo.

Así que ella habló con una de esas esposas, le contó con la mejor de sus sonrisas que con unos amigos escritores habían publicado un libro, donde aparecían sus poemas y querían entregarlo al Intendente, Arturo Alvarez Sgolia, en la ceremonia de aniversario de la ciudad. Así que el 8 de diciembre Angela Cuevas se presentó en el Estadio Techado, la señora del militar la llevó donde el encargado de la ceremonia, les mostraron el libro y el locutor a la hora de entregar presentes la nombró y ella subió al escenario y entregó la Primera Antología del Copayapu al Intendente.

Los escritores celebraron.

SEA

El siguiente paso fue la creación de la Sociedad de Escritores de Atacama, SEA. Pusieron fin al grupo Copayapu y hablaron con todos los escritores de las distintas comunas de la región. Así se integraron escritores de Vallenar, Huasco y Chañaral, incluidos algunos partidarios de la dictadura. 

Las actividades se sucedieron con éxito. Reuniones periódicas de escritores de todas las provincias, recitales poéticos donde leían sus trabajos, publicaciones, tres nuevas antologías, premios y encuentros zonales e incluso nacionales.

Eduardo recuerda que la primera actividad con la que “rompieron el hielo” fue en septiembre de 1979, un homenaje a Pablo Neruda, cuyos libros estaban prohibidos de circular, y donde se encontraron con muchas dificultades para conseguir un local donde realizarla. El sindicato de trabajadores de Cerro Imán se atrevió, no sin antes discutirlo seriamente. Aramburú y compañía eran bastante entusiastas, hicieron invitaciones y volantes en mimeógrafo y llenaron la sala, además obtuvieron cobertura de prensa. Invitaron a todas las autoridades, es decir, a los militares y su séquito de civiles en el gobierno. Esperaron que les prohibieran la actividad, pero nada. Lo importante, confiesa, era quebrar el miedo y ganar un poco de libertad. Fue una demostración que podían avanzar. 

Andrés Sabella fue una suerte de padrino de la Sociedad, vino varias veces a Copiapó y ofreció charlas y participó de recitales poéticos. Era un personaje vetado por el régimen. En 1985 realizaron un gran encuentro encuentro zonal, donde los escritores se reunían, analizaban, hacían ponencias y también recitales abiertos a la comunidad. El salón del Liceo Comercial se llenó de público, con la presencia de Andrés Sabella y René Vergara, participaron de una cena en el Club Social de Paipote, donde leyeron sus trabajos, dieron otro recital en la biblioteca del Liceo de Hombres y obtuvieron una gran cobertura de prensa, del Diario Atacama y medios nacionales.

El encuentro de alguna manera era de difusión. Nosotros queríamos posicionarnos como una voz en plena dictadura, mostrar que había un pensamiento que era distinto y activo. Ese era el principio. En este encuentro sacamos una declaración conjunta firmada por René Vergara, Andrés Sabella, Tussel Caballero, Juan García Ro y por mí, donde clamábamos por la libertad de expresión, porque los libros circularan libremente, nosotros estábamos pensando por ejemplo en el caso de Neruda que estaba prohibido -explica este escritor que dirigió la SEA desde su fundación hasta el año 1986.

La magnética personalidad de Andrés Sabella, su oratoria, sentido del humor, gran conocimiento de la literatura y su amor por el norte terminó cautivando a todos los integrantes de la SEA. Durante el año 1982 cada carta de esta organización tenía el membrete “Andrés Sabella Premio Nacional de Literatura”, pero ninguna universidad, institución o entidad se atrevió o quiso presentarlo como candidato. Así que dos años más tarde, Aramburú viajó a Antofagasta con la misión de recolectar todos los antecedentes que permitieran redactar la postulación del escritor del norte al premio nacional. En mayo ingresaron su candidatura firmada por la SEA. 

Encuentro de escritores, donde estuvo presente Andrés Sabella.


Años más tarde, Andrés Sabella, en una entrevista en la Radio de la Universidad de Atacama le contó a Osman Cortés que a él lo llamaron para comunicarle que se había ganado el premio nacional de literatura en 1984. Sin embargo, los militares al enterarse, llamaron al orden al jurado y finalmente el premio fue para Braulio Arenas, escritor que celebró el golpe con sus versos.  Sabella murió sin recibirlo y sin siquiera poder entrar a la universidad que lo había nombrado doctor Honoris Causa, la del Norte.

Los encuentros los hacían sin dinero, sin fondos concursables ni organismos que los apoyaran. Aramburú recuerda que Salomón Cid les donó carne para la alimentación de los 35 escritores del más grande de los encuentros, que el IEP les prestó la cocina y sus instalaciones y que en casas de los escritores copiapinos alojaban a los invitados. Los pasajes generalmente los costeaba cada participante. Obtenían patrocinios, por ejemplo de la Universidad Técnica del Estado o después UDA, pero sin recursos asociados.

La sala de la cámara de comercio y el salón la del Liceo Comercial fueron los lugares donde desarrollaron las constantes actividades. Eran momentos en que un grupo folclórico generalmente abría, y luego leían sus trabajos. Actividades largas, normalmente duraban cerca de dos horas, en las que los y las poetas deseaban leer sus trabajos. Las antologías comenzaron a hacerlos ellos mismos, imprimían con un mimeógrafo y Danilo Octavio Bruna tenía la capacidad de encuadernar. Así sacaron “Canto de cobre y niebla” en1980, “El hombre y el paisaje atacameño” en 1985 y “Por norte la esperanza” en 1987.

En 1985, Eduardo Aramburú renunció a la SEA para dedicarse a luchar más frontalmente por la recuperación de la democracia en la AGECH, organismo paralelo al entonces designado Colegio de Profesores.

AGECH

La directiva de la AGECH esperaba una reunión con el Intendente. Eduardo, su presidente,  recuerda que el militar ingresó y sin decir palabra se paró delante de cada uno, mirándolos fijamente a los ojos durante varios segundos. El silencio se podía cortar en ese lugar adornado con muebles del siglo XIX. Después de unos interminables minutos los hicieron pasar y sentarse, los dirigentes le explicaron sus demandas al militar, los sueldos, por cierto, que eran ínfimos y los resultados de los indicadores en materia educacional que unánimemente ubicaban a la región en el último lugar del país. Le indicaron que los profesores necesitaban capacitarse para salir de esta pésima realidad a lo que, según recuerda este escritor, el militar les contestó:

Les voy a sugerir un asunto importante frente a lo que están planteando, ustedes están hablando que quieren capacitación, hay una forma muy eficaz que es la autocapacitación, y yo les sugiero que busquen ese camino.

Luego, el gobierno sacó un decreto en respuesta donde anunciaron que llevarían observadores externos a las aulas a revisar como los profesores estaban impartiendo las clases. LA AGECH lo consideró inaceptable y respondieron con una fuerte declaración pública, que fue publicada, por cierto, en el Diario Atacama. A los pocos días unos carabineros golpearon la puerta de Aramburú, diciéndole que el gobernador lo necesitaba inmediatamente en su oficina. Un momento de miedo y tensión, que recuerda por la dificultad que tuvo para responderles con un débil “sí”, con una voz de ultratumba.

Raúl Porcile, el gobernador, había sido siempre amable con él. Incluso Aramburú recordaba un acto político hecho en la plaza, a un año del día que encontraron los tres cuerpos degollados de José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino, donde manifestaron su repudio a este golpe, considerando además que Manuel Guerrero fue presidente de la Asociación Gremial de Educadores de Chile en la Región Metropolitana. Un acto rápido, en el que pusieron coronas y hablaron respecto a lo ocurrido sin sillas, micrófonos o alguna otra preparación. No llegaron policías. Pasó el Gobernador, se acercó a Aramburú y le preguntó de que era su actividad, él le respondió tranquilamente y no pasó a mayores. Pero esta vez, estaba furioso.

No sabe usted lo que me ha costado convencer al intendente que no los relegara a todos ustedes no sé a dónde. Yo lo conozco a usted y lo he defendido, pero esta va a ser la última vez -recuerda el escritor sobre un monólogo que duró bastantes minutos, pero que a él le devolvió la calma.

Después de todo, por mucho menos varios habían terminado relegados o exiliados, o peor aún, en manos de los organismos de inteligencia. Detrás de esa defensa estaba el respeto que este partidario de los militares le tenía a la profesión docente, ya que su madre se casó con Abraham Sepúlveda quien fue para Porcile su verdadero padre, un personaje impulsor y amante de la docencia y, además, de las artes y las letras.

No era fácil en esos tiempos. A unos días del asesinato de los degollados, la AGECH organizó una misa en conmemoración en la catedral de Copiapó, dirigida por el Obispo Fernando Ariztía. Leonor Núñez, Nora Montero, Ana María Torres eran algunas de las docentes que se preocupaban de poner crespones negros en las solapas de los numerosos hombres y mujeres que repletaron esa iglesia de piso negro y blanco, bancos de madera, construcción colonial del siglo XIX de tres naves amplias y con un sagrario de plata cincelada.

Todos eran rostros conocidos, exceptos unos hombres al fondo, de pelo sospechosamente corto para la época, traje formal y oscuro. Aramburú sintió que eran parte del aparato de inteligencia, varios lo comentaron en voz baja y pensó en lo valiente que eran esas colegas al verlas acercarse a esos sujetos sin vacilaciones, tomar sus chaquetas y clavarles el crespón negro sin mayores comentarios.

Nora Montero recuerda el momento:

—Organizamos una misa, se la pedimos a don Fernando Ariztía, acordamos hacer crespones negros para todos los asistentes, para darle algo más simbólico, hubo palabras en la misa, representantes de personas que participaban en ese tiempo en contra de la dictadura. Nosotros ubicábamos a los CNI, le pusimos los crespones a los cenachos, fue la Leo Núñez y otra compañera, la Blanca Pérez, que vivía en la población Los Sauces, profesora de la escuela Especial, ellas hicieron eso de ponerles los crespones, esa osadía fue ocurrencia de la Leo y la Ximena Cataldo. Nos costó bastante caro porque cuando salimos de misa estaba afuera Carabineros, se armó una trifulca, pero después logramos rearmarnos y hacer la velatón.

Los taxistas que tenían su paradero en la plaza, frente a la catedral, despejaron la zona, como varias otras veces, para que pudieran realizar la velatón. Luego de instalar las velas en el piso, comenzaron a dar una vuelta alrededor de la plaza, cuando Carabineros comenzó a dispersarlos.

—Tuvimos que entrarnos a la catedral. Don Fernando siempre tenía la gentileza de dejarla no sólo abierta si no que se quedaba una persona, para que luego que entrara la gente cerraban altiro la catedral e impedían el ingreso de carabineros. Después salíamos tranquilamente por otro lado, por la calle O’Higgins, después de un rato. Eso fue no sólo en esta actividad, siempre, don Fernando era muy preocupado de que en lo posible a uno no le pasara nada – recuerda Nora sobre esta actividad y de un modo de actuar en que la Iglesia Católica tuvo un rol protector.

La AGECH tenía personalidad jurídica, una sede donde se hacían peñas y actos culturales, y que servía también de lugar de reunión de muchas otras agrupaciones que comenzaban a conformarse con norte democrático. Las peñas eran importantes porque permitían que la gente se encontrara, profesores, estudiantes, apoderados y público en general. Varios artistas colaboraban con su participación.

Durante los años de existencia de esta agrupación, Aramburú fue su presidente “vitalicio”, ya que todos los años lo reelegían.

Esa participación culminó cuando ganaron las elecciones democráticas en el Colegio de Profesores, el año 1989, en una lista donde Aramburú, por cierto, no estaba. Todos esos años el escritor continuó siendo comunista, lo que no le impidió participar activamente en la campaña por el NO y posteriormente por las elecciones presidenciales y parlamentarias. Hasta que hubo una reunión del comando de profesores por Aylwin en la sede de la Democracia Cristiana y le ordenaron que se retirara, ya que le dijeron que él no podía estar en ese lugar. Ahí descubrió que no estaría ya con muchos de los que había trabajado por la democracia. Varias de sus compañeras de la AGECH sin militancia política pero activas en las actividades de resistencia no se sintieron bien recibidas en las nuevas organizaciones dirigidas por la concertación de partidos por la democracia.

Aramburú, un hombre comprometido con su época y con la esperanza de cambios en la sociedad, en los años 90 abandonó el PC para integrarse al PS.

 

DIRECTOR DE CULTURA

Ana Ponce es dramaturga, dio sus primeros pasos en este arte con la Agrupación Teatral Atenas originalmente de Tierra Amarilla, con un teatro que llama a la risa, lo que alternaba con modestos trabajos para ganarse la vida. Hasta que fue contratada para la producción de actividades culturales en el departamento de cultura que en ese entonces dependía de la Seremi de Educación, donde conoció a Eduardo Aramburú, quien estaba a cargo.

Una experiencia muy enriquecedora, más que un jefe fue un maestro para mí, muy luchador, un gran poeta, un buen amigo, capaz de dar muchos consejos sabios, me ayudó a tomar muchas buenas decisiones, me instó a estudiar, a enriquecer mi acervo cultural, me enseñó muchas cosas, un gran hombre en mi vida como jefatura y amigo.—¿Cuál fue tu primera impresión?
— Congeniamos  muy bien, desde el principio acogió mi trabajo, me apoyó y me dio la posibilidad de expandirme como persona, me instaba a que yo pudiera hacer las cosas a mi manera, pudiera tomar autoría, decisiones, sin estar siempre al alero de él como jefatura. A usar mi criterio, y eso me ha servido mucho.
—¿Qué dirías de su trato?
Me llamó mucho la atención el trato que tenía hacia los artistas, los gestores, los creadores, los artesanos y el amor que sentía por el acervo cultural de Copiapó, de la región. Un hombre con mucho arraigo. La calidez con que recibía a los artistas, y aún cuando había descontentos por cosas que pasan en los temas culturales él siempre tenía la palabra precisa para calmar los ánimos, para darle a esa persona el mejor consejo. Dentro de cualquier tema que se estuviera abordando, reunión, capacitación, era un conciliador y un hombre muy entendido en la materia cultural, tanto del arte como del patrimonio, conocía muy bien la región, los hitos de Copiapó, de las otras comunas, a los escritores, los artistas, quiénes eran y dónde estaban.
 
Una gestión destacada de esa época fueron los cabildos culturales, que con la participación de los artistas sentaron las bases de una nueva institucionalidad para este mundo.  Eran tiempos con escasos recursos para actividades culturales, donde la infraestructura también daba cuenta de esa precariedad, con dos pequeñas oficinas adosadas a un tremendo edificio donde funcionaba todo el resto del Ministerio de Educación en Atacama. Esas ínfimas dependencias las ocupaban primero Aramburú, Ana Ponce, un encargado administrativo y posteriormente la recién egresada periodista Sheyla Araya, al recientemente creado Consejo Regional de las Culturas y las Artes, en el año 2004.

Don Eduardo Aramburú fue el primer director de esa ex institución, haberlo tenido de primer jefe y de primer director una experiencia que yo creo nunca voy a olvidar. Nos tocó a un equipo muy pequeño implementar está institucionalidad cultural en la región, fue un desafío muy grande, ir a la descentralización del quehacer cultural, implementando acciones de fomento, desarrollo y además en cuanto contenido es decir las líneas programáticas que había que ejecutar o las particularidades propias de la región. Él los llevó con un sello súper particular, propio de su ser, ese profundo sentido reflexivo, muy propio de su mirada sobre la importancia de la cultura tanto en la vida de las personas, como a nivel de sociedad -recuerda con cariño Sheyla Araya, quien hasta la fecha ha continuado en esta entidad cultural, ahora Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Ella lo recuerda con una fuerza impresionante para recorrer las comunas de la Región, alejadas fácilmente cada una de ellas a dos horas de distancia de la capital regional, siempre vestido formalmente con pantalón de tela, camisa, chaqueta, en muchas oportunidades con una boina y radiante de felicidad el día que en el centro de la plaza de Copiapó, bajo su abundante sombra y la presencia de destacados artistas de toda la región y del Ministro de la cartera, presentaron la primera política regional de cultura.


 

Este perfil lo escribí como una especie de bonus track del proyecto para la Casa de la Memoria. Mi tarea era entrevistar a Eduardo Aramburú y pensé que nadie le había hecho un perfil, así que me di a la tarea y este es el resultado. La foto inicial es de "El orador ilustrado", las demás fueron producto del trabajo de recopilación de imágenes, la del encuentro fue cedida por Arturo Volantines, la de la SEA es del archivo de Gabriel Indey que cedió a la Casa de la Memoria. Las restantes son del propio escritor. 


 


jueves, 25 de marzo de 2021

Para los que vivimos en Atacama, este es un día especial, en que recordamos a los aluviones que nos golpearon tan fuerte... con sus olas de barro, destrucción y muertes.
Escribí un libro sobre esta catástrofe, de crónicas, que rescata algunas de las historias que ocurrieron. Se llama #OlasdeBarro.
De ahí en este día y como un homenaje a la esperanza, les comparto la historia de la madre que dio a luz en el cerro La Cruz de Paipote.


La niña del cerro

Camila Abarca Ubilla sigue viviendo en el mismo pasaje donde estaba cuando comenzó el aluvión de marzo del 2015. Ella y su hija, Yovhanela Francisca Gattica Abarca protagonizaron una de las historias más difundidas durante esta catástrofe, al parirla en el cerro La Cruz, donde habían escapado junto a su familia. Para conocer los detalles, llegué a su pasaje, uno de tantos con nombres de la geografía local, y cuando me acerco al sector, que alguna vez recorrí cuando estaba destrozado por el barro veo que ha mejorado bastante. Dos señoras conversan en una esquina, me preguntan qué dirección busco al ver mis pasos erráticos en una dirección y luego otra, les digo y me interrogan que si busco a Camila, les respondo que sí, me indican la casa. Golpeo y no sale nadie. Grito con idéntico resultado. Las señoras van a buscarla, donde su mamá, unos metros más allá.

El sector es de casas de dos pisos, bajo un sol inclemente, no se ven árboles en las veredas ni en los antejardines.  Tampoco a simple vista se ven muchas plantas. Son viviendas modestas, y a pesar de que hay paro del sector educacional por esos días tampoco se observan niños jugando en los pasajes. Tal vez las madres tratan de que no tomen tanto sol, pienso. Después las señoras me responden que los niños ya no salen mucho a la calle, por los peligros, por el tránsito, porque tienen celulares e internet que les resultan más divertidos que un juego a la pelota o a la escondida en algún pasaje.

Llega Camila, se ve joven, sonriente, con su hija en los brazos, falda larga, y me invita a pasar a su casa.

Conozco a Yovhanela. Es inquieta, curiosa, quiere registrar mi cartera, jugar con el estuche de los lentes, le muestro un pequeño peluche de orangután con el que se distrae unos minutos, se sube a los brazos de su madre y luego huye, siempre tratando de subir la escalera que está bloqueada pero que ella logra sortear así que en ese punto detenemos la grabación para ir en su búsqueda. En varios.

¿No le pusiste Esperanza? Habían dicho que así sería.

Es que ella ya tenía su nombre.

Me comienza a contar como empezó todo. Ella vivía en la casa de su mamá.

Habíamos ido a mirar la defensa de Paipote, como corría el agua. Fue el 25. Habíamos ido con mi marido, con mi papá, nosotros decíamos pobrecita esa gente ya no se le ven las casas. Yo me había ido a acostar, con mi hijo, estaba muy cansada, estábamos con mi mamá, llegó mi papá corriendo y me dice ‘hija, despierta que se viene el río’.’Papá, déjame de molestar, déjame dormir’ le dije, y en eso siento que llega el agua la casa. Abrió la puerta. Entró con mucha fuerza. Dejé a mi hijo sentado en el sillón y el sillón se levantó, mi hermana lo tomó y se lo llevó para arriba, yo me quedé ayudándole a mi papá a tapar para que no siguiera metiéndose el agua.

Camila vivía en el primer piso, en una pieza que habían construido ampliando la casa hacia el patio, donde tenía todas las cosas de su guagüa.

Yo perdí todas las cosas. Tenía lo que le habían regalado a la Yovhanela del baby shower. Su cuna, todo.

El agua y el barro ganaron esa batalla, así que no les quedó más que refugiarse en el segundo piso. Estuvieron allí muchas horas, tantas que para Camila fue difícil contarlas. En la tarde, sintieron que paró un poco el caudal del río que ahora corría  por su casa, su pasaje y todo el sector, momento en que también llegaron los suegros de Camila, después de haber dejado a salvo a uno de sus hijos donde un familiar. Eran cerca de las cinco de la tarde.

Llegaron y nos ayudaron a salir, porque nosotros estábamos encerrados en la casa. Nos fuimos al cerro, subimos con las cosas, nos llevamos lo que más pudimos porque yo tengo un hijo que ahora tiene cuatro años y era chiquitito en ese momento, para poderlo abrigar.

Iban subiendo lentamente, pasando por entre piedras, barro, agua, mojados, sucios, tratando de esquivar los peligros del camino cuando llegaron al faldeo del cerro y el suegro de Camila le dijo:

Niña, no se te vaya a ocurrir ponerte a parir acá en el cerro.

El cerro La Cruz de Paipote no es difícil de subir, sus faldeos son suaves, pero en ese momento producto de la lluvia ofrecía un mayor peligro. Tiene varias planicies que permiten ubicarse aunque no ofrece una gran protección del frío y el viento, que abunda en el sector. Desde allí se podía ver uno de los puntos de desborde de la quebrada de Paipote, donde comienza Llanos de Ollantay como también el estropicio en el sector circundante a la quebrada, lo que después se llamó zona cero.

Estábamos desesperados, porque mirábamos para abajo y seguía pasando el ruido, y sonaban las piedras, aparte que verlo y no saber si esto iba a subir más, o no, o qué iba pasar, no sabíamos nada, era mucha la desesperación que teníamos arriba en el cerro –recuerda Camila sobre esos angustiantes momentos.

 Estaba anocheciendo, así que armaron la carpa que llevaban y se acostaron dispuestos a dormir.

Estábamos todos amontonados durmiendo en la carpa –describe Camila. Pero ella no podía conciliar el sueño, un dolor de espalda se lo impedía, o tal vez eran los nervios, pensaba.

Me voy a levantar porque me duele mucho la espalda, le dije a mi marido, yo no asimilé que eran contracciones, pensaba que tenía un dolor del espalda, nada más – me cuenta e instantáneamente se ríe-  Mi papá estaba afuera, había un niño en una camioneta y él le pidió que si me podía acostar ahí porque estaba embarazada. Le dijo que sí. Me acosté y me empezó a doler más fuerte la espalda, yo lo asimilaba con el cansancio, como un dolor no más, el niño me preguntaba que qué me había pasado, yo que nada, que tenía un dolor. Después llegó mi papá, me sirvió una taza de té y empezaron las contracciones más fuertes. El niño bajó a buscar una persona, don Pedro, lo llevó, él me revisó, y me dijo a ti todavía te falta para dar a luz. Eran como la una o dos de la mañana. El él es paramédico, trabaja la Clínica Atacama.

El diagnóstico fue que al amanecer tendría la guagua, siete u ocho de la mañana.

Pero las contracciones eran cada vez más fuertes.

 El niño me miraba no más y yo me afirmaba. Yo me quedé tranquila. Nunca se me pasó por la mente que va a tener a la Yovhanka en el cerro. No estábamos en buenas condiciones para tenerla ahí, no había nada.

A su alrededor ya se había corrido la voz que una mujer estaba a punto de dar a luz, vía celulares llamaban a las autoridades, a las radios que transmitían ininterrumpidamente, al hospital, en busca de ayuda. Se sabía que habían llegado helicópteros a la zona y como Camila era optimista pensaba que uno de ellos vendría a buscarla para dar a luz en el hospital. Eran como las cuatro y media de la mañana cuando las contracciones de Camila motivaron al joven a volver a ir en buscar de Don Pedro. Él llegó, por suerte ya no llovía, y volvió a examinarla.

Ya estás en trabajo de parto  — le dijo.

Inmediatamente los celulares volvieron a llamar, una conexión que escuchaban hasta que la entonces Seremi de Salud, Brunilda González y matrona de profesión, tomó la llamada que le pusieron al paramédico, y comenzó a darle indicaciones de lo que  tenía que ir haciendo. El escuchaba e iba haciendo lo que le decía. Pedro había atendido partos como ayudante.

Tú tienes que estar tranquila –era lo que repetía el paramédico a Camila.

Mandó a calentar agua, otros fueron a buscar cosas, géneros, ropa. Llegó una amiga de Camila, Clare, también paramédico pero del hospital, con ropa para la bebé,  y pañales. Tenían todo preparado hasta que llegó el momento que ella nació.  

Cuando estaba naciendo yo tenía nervios, porque a uno le hacen un tajito cuando tiene su primer hijo, él me decía que tenía que tener cuidado con que nos se abriera porque no teníamos nada para cocerme. Ése era un peligro. No estaban las condiciones para que ella naciera. 

Yovhanela vio el mundo a las cinco dieciocho de la madrugada. Aún no amanecía. Se escuchó un grito de alegría en todo el cerro, y en el del lado y el de más allá, todos ellos llenos de gente que huía del barro, varios de ellos con sus viviendas perdidas o imposibles de habitar. Camila seguía preocupada. Veía que la ropa le nadaba a su pequeña, y trataba de abrigarla con su cuerpo. Esperaba que llegaran luego los helicópteros a sacarla de allí.  

Al final dijeron que habían mandado helicópteros, pero no llegó ninguno, nunca. Llegó al otro día. –me cuenta Camila.  

¿Has hablado con Don Pedro? –le pregunto. 

Sí, cuando la ve a ella, la abraza, le da besos –me responde Camila—. Tuve que esperar ahí hasta que llegó el helicóptero, a la una o dos de la tarde. Bajó en el regimiento, nos llevaron en un camión al Hospital, ahí yo iba afirmada porque con la guagua, la bolsa y el dolor que tenía… En el hospital me subieron en silla de ruedas para arriba. El hospital estaba lleno de agua, barro, cómo se habían tapado los alcantarillados y salido todo eso. Ahí me quedé, me iban a dar el alta altiro pero tenían que revisarla a ella, salió limpiecita, no la tuvieron que lavar. Al otro día la bañaron, en la mañana, y me dieron el alta a mí y no se lo querían dar a ella, igual me la pasaron para que me la trajera y después el día lunes tenía control, para ver cómo estaba. 

Camila se fue unos días a casa de unos familiares de su marido, pensando en proteger a Yovhanela del frío, el viento y toda la contaminación que abundaba en el sector. Pero fueron pocos días.  

Después me vine para acá porque tenía que ver mis cosas, como habían quedado, si podía recuperar los recuerdos, las fotos, al menos algo. De todo lo que había de ella no pude salvar nada. Ella tenía su cajoncito, se perdió con todas sus cosas. 

Yovhanela ocupó portadas y titulares de diarios y noticieros y se transformó en una especie de mito, algo positivo dentro de tanta catástrofe. Cuando un medio de comunicación  la descubrió durmiendo en el cerro con su bebita, hubo críticas al gobierno y también una campaña de solidaridad. Le pregunto si recibió mucha ayuda. 

De la gente particular que venía al cerro, sí. Personas que venían de otro lado, la ayudaron mucho. Le llevaban ropita, también  gente de la población, de Paipote. Unos carabineros llegaron cuando yo la tuve, venían de Rahue, con un regalito que le había mandado la gente. Gente particular nos ayudó harto. 

Afortunadamente tuvo leche para darle y en abundancia, hasta los seis meses. Así que los días que continuó viviendo en el cerro, durmiendo en la carpa, al menos no tuvo que preocuparse de cómo sacar agua, esterilizarla y lograr que sus mamaderas se mantuvieran limpias. Con más tranquilidad, hoy ve que era probable que el parto ocurriera en el cerro.  

¿Cómo te estás reponiendo de todo eso que pasaste? Veo que ahora tienes casa. 

No es mía, estoy arrendando. Tratando de que sea mía con un subsidio. De a poquito uno se va recuperando, con la familia, los mismos vecinos se ayudan entre todos, de a poquito uno va saliendo adelante, si al final yo perdí todo y tuve que empezar como de cero, comprar todo, camas, ropa. En ese momento despidieron a mi marido del trabajo, por el barro él no podía ir a trabajar, y tenía que ayudarme a mí, él trabajaba en un taller mecánico, cerca de Tierra Amarilla. Igual allí lo ayudaron en algunas cosas. 

¿Qué sacaste de lección de todo esto que pasó? 

Que hay que disfrutar a la familia, porque no nunca se sabe cuándo va a pasar algo así, demostrar más el cariño. 

Y a ella, ¿Cómo le vas a contar la historia? 

Todos le dicen, ándate de acá a dónde vives tú, ándate a la punta del cerro –me responde riéndose, y Yovhanca sigue en lo suyo, dando vueltas, subiendo a los brazos de su madre, bajando, caminando y riendo. Nos mira, pero  aún no comprende tantas palabras a su alrededor y  que hemos estado hablando también de ella todo este rato. 

No sé cómo contarle. Tú buscas en google y sale todo. Pones el nombre de ella y aparece como la niña del cerro –me dice Camila.

 


lunes, 8 de marzo de 2021

Luzmira Ponce, mujer pionera en la minería


 



—Vaya a trabajar no más señora, yo le doy permiso -con estas palabras un juez le permitió a Luzmira Ponce Ledezma tener una vida económica independiente de su marido. 

No podía tener una cuenta en el banco a su nombre, tomar decisiones propias, pedir permisos legales, contratar gente, porque todo eso debía aprobarlo el marido. Por eso, ella se había ido a quejar ante el representante de la ley. Ella siempre había ganado el dinero para sostener a la familia, trabajando a la par con su marido o sin él. Todo quedaba en la sociedad conyugal.

Su marido no quería que su mujer se fuera a los cerros, con sólo hombres que harían el trabajo. Además todos decían, por aquellos años, que las mujeres traían mala suerte, provocaban derrumbes y tragedias en el cerro. Dichos de gente supersticiosa, decía ella, para dejar a las mujeres en casa.

Con el permiso del juez, se zanjó la discusión y la Justicia le dio libertad para comenzar a hacer su destino de forma más fácil. Era la década de 1940 en Chile, época en la que, en general, las mujeres dependían de sus maridos y no había ninguna en minería. Perdón, me rectifico, había algunas: las que trabajaban como cantineras, es decir, hacían la comida de los hombres en el cerro. 

Pero a cargo de todo, ninguna. Salvo, mi abuela. 

***

El matriarcado

Pasaron muchas cosas en mi vida, hasta que siendo una periodista madura, decidí escribir sobre ella. Mirar más allá del retrato que siempre estuvo en mi casa y lo que normalmente decían de ella. Porque mi familia paterna era un matriarcado, claramente, donde ella reinaba. 

De los años anteriores a este juicio, sólo sé algunas cosas. Algunas relatadas por mi padre, mis tíos, algunos primos que convivieron con ella. Por ejemplo, estuvo en las salitreras, en el interior del desierto, el norte grande como le dicen. Allí nació mi padre y la mayoría de mis tíos y tías. 

Sus certificados de nacimiento dicen fechas distintas a las que ellos recuerdan como sus cumpleaños, ya que la familia tuvo  que juntar el dinero suficiente para viajar al pueblo más cercano, Tocopilla, donde estaba la oficina del registro civil para inscribirlos como ciudadanos chilenos. 

Tiempo de escritura

También me contaron que escribió a mano una biografía de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y de la organización de los trabajadores, que vendía como una forma de legado para que esa historia no se perdiera. Esto me lo contó Raúl, uno de sus nietos, mi primo, con nostalgia de no tener uno de esos cuadernillos. A él le gustaba visitar a la abuela, así que disfrutó de largas conversaciones con ella, en la que le contó el peregrinaje de la joven familia hacia el desierto, en barco.

Ella se encontró en plena cubierta un rollo de billetes, amarrados con un elástico. Pensó en sus hijos, lo recogió y lo guardó en su sostén. Fue la comida de varios días, que les ayudó a llegar a destino, a la promesa de un trabajo estable en la pampa, a instalarse en esas casas hechas de latones, donde el calor arreciaba tan fuerte, el sol es enceguecedor desde temprano y el frío en las noches llega a los cero grados celcius. 

«Un obrero al que le pagaban con fichas»

El trabajo del abuelo era duro, inhumano y lo único que aseguraba era el hambre de la familia. Un obrero al que le pagaban con fichas, que sólo se podían gastar en las pulperías propiedad de los mismos dueños de las salitreras, los ingleses. Negocio redondo para ellos, a costa de los mineros. Las mujeres se dedicaban exclusivamente a las labores de casa. Por todo eso, Luzmira conspiraba. Por eso, escribía sobre Luis Emilio Recabarren, el que había organizado a los pampinos.  Y porque cada cierto tiempo les llegaban noticias de obreros y sus familias acribilladas cuando se rebelaban y pedían algunas mejoras en las salitreras vecinas.

Cuando fue la crisis del salitre y cerraron gran parte de las faenas, la familia se instaló con sus seis hijos en Copiapó. Era alrededor de 1931. Nunca más volvieron a trabajar “apatronados”. Este viaje de 500 kilómetros al sur les permitió habitar un norte más amable, donde el desierto se matizaba con un valle fértil, en una ciudad rodeada de cerros y un río que le daba vida pero donde la minería, especialmente del oro, era una posibilidad. Un lugar que en el siglo XIX impulsó el desarrollo del país gracias a uno de los yacimientos de plata más grande del mundo, pero que dejó a su paso algunos signos de progreso y la costumbre de salir a buscar la veta que podía cambiar para siempre la suerte.  

Fiebre de oro

Estuvieron un tiempo en Inca de Oro, un pequeño pueblo ubicado a 100 kilómetros al noreste de Copiapó, sobre un llano del desierto donde escasean los árboles, las casas suelen ser de latones o adobes de barros y las calles de tierra. Allí, el abuelo estuvo en las minas durante la fiebre del oro.  En ese momento, ella aprovechó para fundar un cine, como me enteré una vez escuchando una entrevista hecha a mi padre con el fin de rescatar esa historia. Se trataba de un telón grande sobre el cual proyectaban películas, con sillas para que la gente se sentara. Los hijos la ayudaban. Imagino las películas antiguas y a la gente entrando al lugar cuando caía la noche, desafiando al frío del desierto. Algunos enfrentándolo con un chaleco, un paletó, un cigarro o bebiendo un poco de aguardiente o vino. 

Después volvieron a Copiapó y vivieron de lo que producían con un pequeño trapiche. Eran dos piedras grandes que aplastan las rocas, girando una y otra vez sobre un eje, luego hacían el proceso de juntar el oro con mercurio y ácidos, para entregarlo a sus clientes. Mi abuela ayudaba, trataba con los mineros que llevaban el mineral, limpiaba, ayudaba a llenar los sacos. Vivían en lo que en ese tiempo se consideraba un lugar fuera de la ciudad. Hoy a sólo diez minutos del centro en vehículo, pero para ellos tan lejos, ya que usaban carretas para llegar al lugar hasta que por fin llegaron los automóviles. Cuando este negocio se puso insostenible, mutó a una hostería en pleno centro de la ciudad. Una muy modesta, por cierto.

Asociación Minera

En 1948 mi padre y mi tío Mario, egresaron del Liceo de Hombres de Copiapó. Mismo período en que se abrieron las universidades para los estudiantes pobres. Entonces mi abuela los mandó a estudiar.

—Vayan a estudiar derecho. El pueblo necesita abogados -les dijo y ambos partieron a la capital, donde estaba la Universidad de Chile, a 800 kilómetros de distancia y con muy pocos recursos. 

En esa época, Luzmira estaba completamente separada de su esposo. El abuelo terminó trasladándose a Santiago, siguiendo a los estudiantes. Ella continuó en Copiapó, se hizo integrante de la Asociación Minera. En ese entonces, formó parte de la demanda porque el Estado creara una empresa de compra de los minerales, a precios justos y con métodos de muestreos confiables. El 5 de abril de 1960 lo lograron y ella comenzó a vender allí sus minerales, al mismo tiempo que se transformó en una dirigenta de la Asociación de Mineros de Copiapó.

***

Recuerdos

Yo no la conocí tanto. La recuerdo morena, de rostro alargado y muchas arrugas, orejas grandes, ojos cafés, pelo totalmente blanco. Murió cuando yo tenía 10 años y a pesar de sus ochenta, no recuerdo haber visto la fragilidad de la vejez en ella. Me parece que era una mujer alta, con rasgos indígenas, diaguitas tal vez, si me apuran. Nació hace dos siglos atrás, en 1899, en Tocopilla, según su certificado de nacimiento. No era una abuela cariñosa, que cocinara dulces y se dedicara a la limpieza o a cocer. Usaba siempre vestidos o faldas largas cuando no estaba de moda. Siempre utilizó su apellido de soltera en tiempos en que las mujeres lo perdían para llevar un “de”.

Los copiapinos

De niña, visité muchas veces su casa, la que quedaba al otro lado de la línea del tren, de hecho, estaba a sólo pasos de la línea férrea. Ese era el límite entre los copiapinos “en progreso” y la pobreza. Por el sector de mi abuela, las calles continuaban hasta que los cerros lo impedían. Todas sin pavimentar, ni red de alcantarillado, aunque sí de agua potable. Por allí las casas eran distintas unas de otras, algunas notoriamente precarias,  construidas a la medida de las posibilidades de sus habitantes. En el centro, en cambio, había casonas antiguas, con su porte decimonónico y viviendas modernas construidas en serie. 

Pero ella no era pobre. Tenía una vivienda hecha de adobes -ladrillos de barro y algo de paja-, que no se notaban ya que estaban revestidos con cemento y pintados a la manera de las casas del Copiapó que se modernizaba. El piso era de madera, un patio gigante en el que cabía tranquilamente un camión y un auto y aún quedaba mucho espacio. Su casa era espaciosa y hecha de una manera diferente a las poblaciones construidas en cemento, ladrillo o bloques del centro de la ciudad. Tenía la sensación que mi abuela sí estaba al otro lado. Al otro lado del mundo que conocía y en el que crecí. Y me costó años descubrir por qué.

***

1978. Recuerdo que de niña, algunas veces acompañé a mi padre y a mi abuela a dejar víveres a los mineros en el cerro. Hacíamos las compras en el supermercado, llevábamos las cajas al camión, nos subíamos y dejábamos atrás la ciudad. A los pocos minutos seguíamos por caminos de tierra que nos hacían saltar en el asiento, a veces de una manera extremadamente brusca. Ella nunca condujo, tenía para eso un hombre de confianza que la llevaba a todos lados en su camión verde, para mí gigante. Veíamos cerro tras cerro, los de mi tierra: sin ningún árbol, ríos, ni animales. Con el cielo eternamente azul intenso y rara vez una nube. 

Ella conversaba con mi padre

Gahona, el chofer, metía con fuerza los cambios de marcha, uno tras otro. Nadie en el camino. No había ninguna construcción a las lomas de los cerros, ni signo de que había mineros habitando el lugar. De vez en cuando, veíamos algunas piedras y cemento, señalizando una mina. Dimos varias vueltas más, hasta que llegamos a la mina de la abuela. Allí un par de hombres  bajaron del cerro a saludar. 

Luzmira se bajó con agilidad del camión y subió sin jadear. Mi padre y yo la seguimos. Los hombres se encargaron de bajar los víveres. El viento siempre se sentía fuerte por allá, soplaba en los oídos, el sol quemaba más fuerte que en la playa.  Entramos a la mina. 

—Este es un pique, no te sueltes de la mano de tu papá, porque es peligroso caerse ahí -me dijo al entrar. Nos pusimos cascos, que yo sólo podía mantener puesto afirmándolo con una mano. 

Seguimos a un minero, con su lámpara. Apenas me asomé al pique, un agujero profundo, donde sobresalían las escaleras que permitían subir y bajar a los mineros. Tenían un carro metálico, que llenaban de mineral, con rieles que les permitían conducirlo. Mi abuela conversaba con los mineros. Mi padre tomaba algunas piedras, las miraba y rescató algunas para analizarlas en casa.

Salimos. Afuera la luz era cegadora. Cuando recobré la capacidad de mirar observé el campamento. Eran tres piezas de madera y un espacio exterior techado. Allí dormían los mineros y comían.  Me impactaron sus tablas sin lijar, cero pintura, camas bastante cercanas, piso de tierra donde se veían y se sentían las piedras. Afuera estaba el tambor del que sacaban el agua, tapado con una tabla, al lado una mesa seguramente hecha por ellos mismos, con un mantel de ule y bancas de palo, las mismas maderas que unos metros más allá se arrumaban. Tenían un brasero donde reinaba una tetera tiznada completamente negra. Cada minero tenía su tacho, una jarra de metal donde tomaban el sagrado té. Todo tan distinto a la vida en la ciudad.

Una mujer madura, que me saludó cariñosamente, era la encargada de cocinar. 

Cuando la visita terminó, nos subimos al camión, pero ahora con un minero que le tocaba bajar, y volvimos a la ciudad.

***

Dolor en la «cancha»

Mi abuela conoció muchos dolores. Sé de uno que marcó para siempre su vida. Algo escuché de niña, alguna vez, pero ninguna de las personas con las que fui hablando a través de los años relataba este momento, tal vez ese intento humano de no recordar lo malo. Hasta que Cristina Grez, su nieta, me lo contó. No tengo certeza de si ocurrió en 1937 o 1938. 

Fue en la quebrada Jesús María, ubicada 15 kilómetros al sur de Copiapó, en una mina que estaba trabajando el matrimonio. Ella quiso ir, estaba conociendo los secretos del oro. Llevó a “Ernestito”, su último hijo. Tenía cerca de ocho años y era apegado a la madre y al montón de hermanos, algunos mayores, que lo querían como se ama a esa guagua que llega a alborotar el ambiente y a conmover los corazones El padre le dijo que lo dejara en casa. 

Estaba trabajando afuera de la mina, en la “cancha”, un terreno plano donde los mineros apilan las piedras seleccionadas extraídas del interior del cerro, cuando escuchó un estruendo que le paralizó el corazón. La mina había cedido. Es decir, los tablones que sostenían el hueco que dejaba la extracción no soportaron más y cayeron.

El final de un matrimonio

Y Ernestito no estaba a su lado. Corrió a la entrada. A los pocos pasos chocó con un muro de piedras en medio de una nube de tierra. Comenzó a sacarlas, a tirarlas con fuerza hasta que unas rocas gigantes la detuvieron. Gritó con todas sus fuerzas, pero estaba sola. 

Bajó corriendo el cerro hasta tomar el camino de tierra y siguió gritando por si alguien la escuchaba. Subió varios cerros donde se divisaban instalaciones mineras buscando alguien que la ayudara, pero no encontró a nadie. Entonces caminó hasta que sus zapatos fallaron, hasta que sus pies sangraron. No sé si continuó caminando las cuatro horas que separan a pie a la sierra de la ciudad, o si alguien antes la encontró y la auxilió. Lo que sí conservo de este relato es que desde que rescataron el cuerpo de Ernestito y lo sepultaron, el matrimonio entre Víctor y Luzmira también murió.

 ***

Mujer sobresaliente

 

He conocido a algunos que trabajaron con ella. Como Sergio Cortés, moreno, de ojos rasgados, pelo negro, rasgos indígenas y con muchos años de vida.

—Su abuela era muy “chucha”, perdóneme la palabra – me dijo años después, mientras se reía hasta con los ojos al recordarla.  

Hablaba de ella con cariño, ya que él venía sobreviviendo, después de haber sido dirigente sindical de una planta que fue, en los tiempos del gobierno socialista de Allende, expropiada y entregada a los trabajadores. Después del golpe militar de 1973 que acabó con los sueños de la vía al socialismo a través del voto, trabajar en las minas era casi su única opción. Allá donde no habría militares pidiendo identificarse. Y mi abuela fue alguien dispuesta a darle trabajo. Él me pedía disculpas por decirlo así, la describía buena para el garabato, poniendo límites, mandando como un hombre en medio de tantos.

***

Recuerdos de una ciudad minera

Otro recuerdo que tengo es en Calama, otra ciudad minera del norte de Chile. Me puse a conversar con un minero viejo, muy viejo. Estábamos en la plaza y yo hacía mi práctica como periodista. Cuando le dije mi nombre, mi apellido y que era de Copiapó coincidimos en la ciudad de origen. Entonces trató de indagar en si teníamos alguien en común -propio de los copiapinos antiguos, todos se conocían- y llegamos a mi abuela.

Había trabajado con ella y la definió como “tremenda”. La recordaba con cariño por haberle mantenido el trabajo, a pesar de algunas farras que lo hacían faltar. Dice que ella lo fue a buscar al lugar donde vivía, lo retó, lo aconsejó y a fin de cuentas, lo hizo volver al camino del trabajo. La suegra de una de mis primas, que la conoció bastante, recuerda que tenía un sólo vicio: jugar a las cartas. No fumaba, no bebía alcohol, ni iba de fiestas. Pero sí se reunía con otros a apostar. Me decía que perdió dinero en el juego. 

 Agrupación de pirquineras

Son muchas las oportunidades en que me he encontrado con gente mayor y terminan asociando y recordando a mi abuela. Una agrupación de pirquineras actuales dicen que se inspiraron en ella para comenzar. Así se les llama a quienes hoy todavía cultivan este tipo de minería artesanal, escasa en lugares donde predomina la gran minería con sus tecnológicas formas de extraer y llevar el mineral y la riqueza fuera del país.

Mi abuela y mi padre siempre discutían sobre política. Estaban de acuerdo en estar en contra de los militares, Pinochet y su gobierno. Mi abuela era Allendista, el presidente socialista derrocado por el golpe de Estado. Mi padre no.

Infancia y política

Pasamos con mi amiga por el frente de la plaza, íbamos a nuestras casas ya que habían suspendido las clases. Vimos un montón de gente al frente, muchos gritos, no entendíamos mucho. De pronto se llenó de humo, eran lacrimógenas y disparos y salió mi padre desde ese tumulto a buscarnos. Al fondo divisé la figura de mi abuela. Él nos llevó a casa rápidamente. Fue la única vez en mi infancia, con nueve años, que me asomé a la vida política de ambos. Durante el camino solo recuerdo silencio.

***

Allende y mi abuela minera

Tenía cerca de 18 años, mi abuela ya había muerto hace tiempo, cuando una vieja socialista, después de un acto político contra la dictadura, ofreció ir a dejarme a casa, por razones de seguridad. Subimos a su camioneta. Cuando le dije el lugar, curiosamente, sabía llegar. Cuando paramos frente a la puerta, ella no podía creerlo.

Era la casa de Luzmira Ponce. Así me enteré de otra faceta hasta entonces desconocida para mí de mi abuela. Fue socialista hasta el fin de sus días. Allendista, de esas que él visitaba en cada campaña cuando venía a Copiapó. De hecho la única foto que tengo en papel de ella, es en septiembre de 1970 celebrando la victoria de Allende en el comando. 

Kethy, la vieja socialista, me contó que estuvieron juntas en la resistencia, que al dividirse el PS mi abuela se quedó con la fracción de Almeyda, la más radical, la que validaba el uso de las armas, y que cuando comenzaron las protestas, ella ponía su camión a disposición y bajaba a sus trabajadores y a otros tantos mineros para protestar contra los militares. Y siempre estaba allí, en las protestas, organizando, resistiendo. 

Independencia y felicidad

Mi tía Fresia me cantó la marsellesa socialista recordando a su madre, mi abuela. Me sorprendió, porque ella nunca se interesó en la política. Me contó que su madre cuando era niña la llevaba a las reuniones, a los actos, a las actividades, ya que no tenía con quien dejarla. Fue la misma tarde en que aproveché de preguntarle si Luzmira Ponce había sido feliz, y ella me respondió que sí, después que se separó de mi abuelo, cuando trabajó minas y se hizo independiente.

Luego conoció un minero del que se enamoró, vivieron juntos hasta que él murió a los pocos años. No se casaron y fueron felices. Mi tía recordaba que fueron socios explotando minas, que se le veía muy contenta con él. Que después de aquella muerte nunca volvió a verla tan feliz. 

«Abuela querida»

 —Mi abuela era muy querida, tenía mucho bla bla. La llevaban a la radio, porque era la voz de los pirquineros – me cuenta Cristina, mi prima, recordando que en sus últimos años casi todos los días almorzaba en su casa-  me acuerdo que cuando no nos apurábamos para comer nos pegaba en el plato, eso nos daba rabia a todos. ‘Coma, coma, coma’, nos decía. Para los años nuevos era lloronaza, ‘este es el último año que voy a estar con ustedes’ nos decía, nosotros le contestábamos, ‘no, abuelita’. No hablaba mucho de las minas, porque a mi mamá no le gustaba que anduviera en el cerro, porque lo encontraba tan sacrificado para la edad que tenía.

 Espíritu indomable

Creo que mi abuela era una mujer salvaje. Ese fue, para mí, su mayor atractivo. Dicen que uno de sus hijos lo tuvo sola, sentada, ella misma lo recibió y cortó el cordón umbilical. Lo limpió y lo acurrucó. Y a las pocas horas estaba de nuevo cocinando. Me gusta ese espíritu indomable que a pesar de los tiempos machistas la llevó a hacer su propio camino. Algo muy distinto a lo que se esperaba de una mujer.

Nunca se dejó encerrar en las convenciones sociales, las desafió con su trabajo, con su separación, con trabajar en una mina y se ganó un lugar en la sociedad de su tiempo. Todo eso la hacía estar del otro lado, esa es la sensación que sentí al cruzar la línea y llegar a su casa y ver una forma de vida invisible para la sociedad copiapina que quería y aún hoy quiere ser moderna.  He tenido que descubrirla para rescatar esa herencia, mirar con orgullo el pasado minero artesanal y preguntarme qué hay de ella en mí. 




NOTA: quise poner esta crónica aquí, en mi blog, para que puedan leerla fácilmente quienes lo deseen, especialmente en el Día de la Mujer, como un homenaje a ella y a todas las mujeres que nos han abiertos los caminos, como lo hizo Luzmira en el mundo de la minería y del trabajo y de las convenciones sociales, también.