lunes, 20 de mayo de 2019

El carrete en el río



Pareciera que es 1989. Entonces debo tener como diecisiete años. Veo mucha gente, jóvenes, es calle Atacama entre Maipú y Yerbas Buenas y la mayoría de quienes tienen esta edad se dan vuelta en círculos por esta vereda, haciéndole honores a la Papa di Prato, a la discoteque Cross, ambos locales que muy pocos definitivamente pisarán como rumbo final para su noche de sábado. Vestimos blue jeans, chaquetas de mezclillas, de cuero o cuerina, otros solo delgados chalecos para combatir el frío de la noche del desierto, varios de ellos tejidos en casa, con lanas de un solo color y sin grandes aspiraciones. Todos andamos en grupos. Nos paseamos de un lugar a otro, nos miramos de reojo si no nos conocemos o apenas nos ubicamos, nos saludamos de lejos, de cerca, de beso en la mejilla, de señal distante. Los que tienen mayores recursos se ubican más cerca de la Papa, los vemos entrar y salir del local hasta que después de las doce subirán a los jeep y autos disponibles y emprenderán una caravana fuera de la ciudad, a los callejones al otro lado del río, en ese peladero llamado el Palomar, a las dunas donde termina Copiapó por la salida norte, o a Viñita azul. Allá habrá fogatas, vino, cervezas, música a todo chancho, cigarros. Muchos cigarros.
Yo no iré a ninguno de esos lugares. Saludaré a mi prima y a sus amigas y a toda esa tropa proveniente de escuelas católicas más bien de lejos. He cambiado de grupo, consecuencia de mis nuevos amigos de militancias políticas, ellos se ríen más fuerte, algunos van en mi liceo, otros en el ETP, todos participan de la Federación de Estudiantes Secundarios, de las marchas, de los actos políticos. Opinan del mundo, de la revolución cubana, del plebiscito, de Pinochet y saben de muertos y desaparecidos. Llega también para nosotros la hora de tomar un destino y el rumbo es una botillería. Juntamos monedas y compramos unas cuantas cervezas y las emprendemos hacia el río.
Cruzamos la carretera. No pensamos en que alguien pueda asaltarnos, eso aún no ha ocurrido en Copiapó, es como un mito lejano que escuchamos ocurre en Estados Unidos, en los comics de Batman, en las películas, hasta en Santiago y en las noticias. Nuestro temor es algún vagabundo violento, pero por sobre todo la policía. Si nos llegan a pillar tendremos que correr, los que no alcancen serán brutalmente golpeados, quedarán con moretones, tal vez no se molesten en llevarlos a una comisaría y los tiren en alguna calle oscura, lejos. Pero eso nunca nos ha pasado. Esa posibilidad es solo un pensamiento, una mirada compartida antes de cruzar, un apretón en el estómago y a olvidarlo con un par de risas, porque no se debe vivir con miedo, hay que espantar esas posibilidades más que estadísticamente ciertas, porque a alguien le tocará irse de palos esta noche. Nosotros solo pensamos que somos afortunados, que tendremos buenas piernas o suerte.  Y que llegaremos a la hora comprometida a casa.
El río está lleno de totoras, las que movemos con precaución, hasta adentrarnos un poco y escondernos entre ellas. Aplastamos algunas para que haya más espacio y nos sentamos sobre el montículo que ha quedado. Otros con menos suerte se sacan la chaqueta, la ponen sobre el suelo y se sientan sobre ella.  La luna es generosa, las llaves sirven para abrir las botellas, los rostros de todos se distinguen claramente y comenzamos con la mejor de las historias para esa noche, mientras el par de cervezas se mueven entre los presentes. Alguien prende un cigarro. Otro, saca uno de marihuana. Se siente la corriente del río, suave, cuando alguien respira y luego tose. No sé de qué hablamos, pero reímos mucho. Alguien saca un carrete con hilo y dice que el carrete debe continuar. No paramos de reír.
Miro el perfil de mi amiga, más allá, un rostro de un chico lindo al que mejor miro poco. Tenemos el destello de la luz de la luna en nuestros rostros y es más que suficiente para esa noche. Nos quedan las ganas de cantar, alguien debe estar en alguna casa con una guitarra, pero no nos hemos enterado de ningún lugar a donde ir. No hay celulares, los teléfonos no están en nuestras poblaciones y son muy pocos los hogares abiertos a los que se puede ir de vez en cuando, no tenemos dinero para entrar a locales y ninguna fiesta anunciada, así que la forma de encontrar algo que hacer es esta: recorrer calle Atacama, encontrarse con gente y si sale algo ir, si no, siempre está el río. Y las calles que se recorren de noche, con el carné en el bolsillo por si nos detiene algún carabinero, nunca se sabe, si de vez en cuando les gusta entrar a fiestas, carretes o peñas y llevarse a todo el mundo sin ninguna explicación al calabozo, de donde solo sales rescatado por algún adulto responsable.
Las cervezas se acaban y buscamos más monedas. Una comisión de tres irá a la botillería por una más. Los esperamos sentados entre las totoras, la humedad empieza a colarse entre los pantalones, abrimos más las totoras a riesgo de enterrarnos en el barro, para que los chicos comiencen a tirar piedras tratando de hacerlas rebotar en el agua del río que apenas se siente correr. Alguien dice que donde hay una corriente, pero el intento es entretenido. A mi me gusta la luz de la luna reflejada sobre las aguas. Me quedo callada, sólo observando. A lo lejos vemos un destello de luz, seguramente hay unos cuantos grupos un poco más allá. Vuelven los amigos encargados de la compra y cuentan que estamos invitados a la casa de la chica Pola, que está en Copiapó.
Nos llevamos la cerveza para allá y partimos. También una advertencia: la camioneta blanca anda rondando. Es de unos CNI, acompañados de un Patria y Libertad.  No lleva patente. Son tipos brígidos de los que debemos cuidarnos. Eso lo sabemos perfectamente. A mí ya me han amenazado en pleno centro, una mañana de sábado delante de mucha gente, con algo así como que mi cara era demasiado linda, que no le fuera a pasar algo. A varios de nosotros esa camioneta los ha acompañado desde la salida de liceos, haciendo que la vuelta a casa resulte casi interminable. Y lo último es que le ha dado por seguirnos en las salidas de los sábados. La noche será difícil entonces, pero estamos advertidos y esa ya es algo. Todos debemos andar juntos.
Si pudiera hablarle a esa chica, a su amiga o alguno del grupo le diría que mejor se vayan a sus casas, que es peligroso, pero todos ellos ya lo saben, no les importa demasiado porque no están dispuestos a dejar de vivir y encerrarse en sus casas sólo porque es más seguro. Contarles a sus padres está fuera de toda posibilidad, significaría no más salidas, no más amigos y quizás qué menos, en nombre de la protección. Así que a ellos sólo les queda mirar la luna, abrigarse las manos con un poco de aliento y partir rumbo a la casa de la chica Pola, donde habrá más de una guitarra, seguramente una garrafa y canciones hasta el amanecer.
Caminamos con paso rápido, hasta llegar cerca de la Alameda, no nos encontramos con la camioneta. La puerta se abre y adentro saludamos con abrazos, besos, señas, hay un círculo amplio, todos sentados en el suelo. Nos acomodamos por ahí. Conversación inevitable es la camioneta, nadie se la encontró en el camino, lo que nos da tranquilidad, pero cada cierto rato un par de nosotros se asoma por la ventana para ver si alguien nos ronda.  El vino navegado está bueno, las canciones son en su mayoría de izquierda y no nos medimos para sacar la voz a pesar de la hora.
En mi casa, no me dejan llegar tan tarde, así que volveré mucho antes que el resto, acompañada por cierto de un grupo de amigos que me dejará en la puerta y les daré las gracias. Mientras ocurre el milagro de volver ilesa a casa un sábado en la noche, me concentro, casi como un ruego en que el maldito vehículo no encuentre a mis amigos esa noche, que todo estará bien.
A tantos años de distancia, pienso en aquellas que no la contaron, en aquella amiga que fue violada por los cenachos de la camioneta y que nunca me lo dijo, pero que su pololo una noche me lo confesó entre lágrimas. Ahora que puedo verlo con lejanía, me doy cuenta de la indefensión de esos jóvenes sin tener dónde denunciar, su intrepidez para adaptarse y elegir, así, esa vida, como venía, recorriendo las calles y el río de noche. No sé si decidimos ser valientes, demasiado tontos para entender a cabalidad todo el peligro en que estábamos rodeados o sólo era nuestra forma de ser libres y crecer en un mundo nada fácil.


lunes, 25 de marzo de 2019

Crónica del libro "Olas de Barro"


Un día como hoy, hace cuatro años atrás se producían estos hechos en un aluvión que a muchos nos marcó la vida. Comparto con ustedes esta crónica, parte del libro "Olas de Barro", la construí gracias al testimonio de Paola Correa Rodríguez quien en esa fecha era matrona del servicio de Neonatología del Hospital Regional San José del Carmen de Copiapó. 


En el Hospital Regional
Centro de Copiapó


Paola vivía en el sector de El Palomar, al otro lado del río, el fin de la ciudad hasta hace unas décadas atrás, pero al necesitar más terrenos para más viviendas, decidieron poblar ese sector. Algunos decían que cuando viniera una de esas grandes lluvias que se repetían después de varias décadas, se inundaría y habría un desastre por su cercanía con el río. Por esos días, habían rumores surgidos del pronóstico metereológico que las precipitaciones serían enormes, pero nadie  alcanzaba a imaginar un desastre como el que ocurrió.
Pero esta matrona que vivía con su pequeña hija estaba tranquila en El Palomar, había llovido fuerte durante toda la noche del martes, pero no se notaba a la hora de su salida ni por las calles, las casas, todo normal. Tenía que presentarse en el Hospital Regional antes de  las ocho de la mañana de ese miércoles 25, las clases en todas las escuelas y liceos estaban suspendidas, su hermana había trabajado durante la noche, por lo que decidió llevar a su hija al Hospital. Pero llegando al sector del río las calles comenzaron a cambiar, cruzar el puente fue difícil, y al otro lado la situación era dramáticamente distinta. Costaba avanzar de tanta agua que llevaban las calles, de color café,  autos contra el tránsito en cualquier lugar, cero semáforos. El auto avanzaba cada vez con más dificultad aunque logró llegar al estacionamiento habitual.
Salió del auto, siempre con su hija y al alcanzar  la calle vio un río torrente en vez del paisaje habitual. La tomó en brazos y le dijo que no se soltara por ningún motivo, acercándose al caudal,  pero la detuvieron los gritos de los trabajadores de la construcción que trabajaban en la eterna nueva etapa del Hospital, desde la otra orilla, advirtiéndole que no lo hiciera, porque bajaban piedras, que la corriente era peligrosa. Le pidieron que esperaran ahí, y dos de ellos cruzaron, las subieron sobre sus espaldas y así las cargaron jugando con el peso, la estabilidad y la suerte.  Todo salió bien y ya estaban en el hospital. Pisar esa otra calle le dio seguridad.
Cruzó la entrada y se dio cuenta que nada estaba bien. El agua le llegaba hasta las rodillas, y olía muy mal. El blanco del hospital ya no se veía. Al seguir caminando, con su hija tomada de la mano, se dio cuenta que  todo el primer piso estaba inundado, y a cada pasillo por el que avanzaba una de las alarmas sonaba diciéndole con voz robótica que el hospital ya no era seguro y había que evacuar. Se dirigió decidida hacia la sala de neonatología. Pero no encontró a nadie allí, se enteró que los colegas de la noche se habían encargado de trasladar el servicio al tercer piso, a la sala de pediatría.
Los ascensores no funcionaban. Así que habían tenido que llevarlos por las escaleras, aunque se trataba de bebés prematuros con enfermedades de gravedad, varios de ellos conectados a respirador mecánico, todos en incubadoras. Los habían trasladado entre varios, haciendo funcionar manualmente el respirador mecánico, en un trabajo difícil. Las incubadoras y el equipo de respiración no son livianos, ni fácilmente transportables y dependen de la electricidad. Miró el lugar, sacó algunos insumos que pensó harían falta, vio como llegaban un montón de soldados a ayudar, conscriptos, de caras jóvenes y subió con medicamentos y otros aparatos al tercer piso.
Al llegar se encontró con el turno completo. Y era muy difícil llegar hasta el hospital. Miró con asombro a una parámedico que venía de las cercanías de Paipote, donde estaban totalmente cortadas las calles,  pensando en lo  increíble de que estuviera allí, más aún porque tenía dos hijos muy pequeños. Paola tenía barro, no un poco, si no que estaba empapada y el resto del equipo humano se encontraba en condiciones muy similares. Tomaron conciencia que debían limpiarse para hacer su tarea.  Sabían que se trataba de  agua contaminada con los alcantarillados que estallaron en diversos puntos de la ciudad.
-Yo no pensaba que estaba sucia, aunque sabía que era agua con caca, sólo  en que teníamos que subir, sacar pacientes, tratar de salvar la situación lo mejor posible –me cuenta Paola, mientras conversamos en un café, en un día soleado, con la ciudad ya limpia, un año más tarde de los hechos. La miro y pienso que se ve “normal”, una persona con ropa limpia, peinada, maquillaje, de pelo negro y ojos expresivos y recuerdo que por esas fechas todos y todas lucíamos tan distintos, porque no había forma de salvarnos del barro, entonces la presentación personal era simplemente terrible.
Tuvieron que bajar a buscar medicamentos o instrumentos, varias veces. Se ponían bolsas de basura para entrar al barro. En el primer piso también funcionaban la urgencia, la sala de esterilización, la UCI, UTI, pabellones donde se operaba, la lavandería y otros tantos. Los dos pisos subterráneos donde estaban los generadores estaban completamente inundados. Los pacientes habían sido trasladados en tareas titánicas.
Paola miraba por las ventanas del tercer piso y en la calle seguía bajando con furia torrentes de agua y barro, y el exterior y el patio interno del hospital se veían café. Estaban rodeados. Aislados. Pero logró encontrarse con su hermana, quien le aseguró que llevaría a su hija a salvo a su casa, donde la cuidaría hasta que lograra volver. Se abrazaron y luego se fueron. El tiempo pasó rápido, y las cosas no mejoraban.
-Nos informaron que el agua se iba a cortar, a veces teníamos luz, otras no, perdimos el generador, el oxígeno se nos estaba acabando y teníamos pacientes dependientes de él. Esos pacientes iban a fallecer. Entonces buscamos estrategias para salvarlos a todos. Tuve mucho miedo, pero trataba de mantener la calma –me cuenta Paola con tranquilidad.
Los problemas seguían. Les avisaron que no tenían comida ni siquiera para los pacientes del hospital, y que el agua se iba a terminar en cualquier momento.
- A nosotros nos dijeron que íbamos estar encerrados en el hospital hasta que alguien apareciera, no nos podían sacar. Afuera la situación estaba cada vez peor.
La coordinadora los llamó a una reunión. Paola, a cargo de la unidad  de neonatología, junto a todos los responsables de los diversos servicios, enfrentando la situación. 
-No teníamos como sacar pacientes, se vieron distintas opciones, que los trasladáramos por helicópteros, pero no se podía. A pesar que estábamos tan cerca del regimiento, donde veíamos que llegaban los helicópteros pero no tenían acceso a nuestro Hospital porque el helipuerto no funciona, les faltó hacer una escalera  o  un ascensor, sólo llegan hasta el séptimo piso  y después no se puede subir con los pacientes.
Saliendo de esa tensa reunión, Paola convocó a su equipo. Una pequeña sala los albergó. Eran como las siete de la tarde, se detuvieron unos momentos a mirarse, a sentir. Paola les contó cómo estaba la situación, algunos lloraron, hablaron del gran compromiso con los pacientes.
-Yo creo que uno se siente como mamá de las guaguas, papás y era como una gran pesadilla. No sabíamos qué hacer -cuenta Paola.
La coordinadora les comunicó que la Clínica Atacama podía recibir a los pacientes más graves del Hospital. La mala noticia es que la única forma de hacerlo era por tierra, junto al personal, y la ayuda que tenían del ejército, en sus camiones. 
- Nuevamente entramos en pánico. Era ir a las calles que estaban completamente inundadas con lo riesgoso que podía ser para los pacientes y para nosotros. Nuevamente entramos en conflicto. Yo, en algún momento, no quería salir del hospital porque tenía miedo que me pasara algo y pensaba ¿qué pasaría con mi hija?. Pero como jefa del turno sentí que tenía que dar el ejemplo. Sentíamos que era mucha responsabilidad y que teníamos que tomar medidas para hacernos cargo de nuestros pacientes y no le podíamos decir a una madre que se nos iba a acabar el oxígeno y que sus hijos iban a fallecer por ese motivo. Por eso nosotros aprobamos esa decisión de salir del hospital.
Así que Paola comenzó a organizar el traslado. Una matrona y dos paramédicos irían con ellas, otros se quedarían con los pacientes que continuarían en el Hospital. El movimiento comenzó cerca de las once treinta de la noche.
-Nos trasladamos en camiones militares. Fue súper complejo. Bajamos incubadoras por escaleras y sin luz por tres pisos. Las incubadoras pesan 200 kilos,  tuvimos gente que nos ayudaba, voluntarios, también los militares nos colaboraron harto.
Los voluntarios fueron gente que apareció en el hospital espontáneamente, al saber la situación en que se encontraba. Se les veía sin zapatos, la mayoría de ellos y ellas con las marcas del barro seco en sus pantalones, dispuestos a ayudar al personal a subir a los pacientes en camillas que se hacían eternas por las escaleras, limpiar, trasladar cosas, poniéndose a disposición de quien les solicitara ayuda.
-Eran como ángeles que aparecían en esos momentos, gente anónima, no les pagaron ni tuvieron ningún reconocimiento por la gran ayuda que prestaron. Uno de repente los veía durmiendo en el suelo –recuerda la matrona.
Llegó el director del Hospital a supervisar el traslado. Miró la incubadora, luego la bomba de infusiones, el ventilador mecánico, el equipo de oxígeno y luego al equipo que preparaba todo. Se acercó a Paola y le preguntó:
-¿Todo esto es un paciente?
- Sí.
-No puede ser, todo lo que tienen que trasladar por cada uno de ellos.
Con las bolsas de basura puestas en los zapatos del personal, los voluntarios descalzos y los militares con sus botas, comenzaron a bajar coordinadamente por las escaleras oscuras. Alguien pisó la bolsa de Paola y cayó, rodó un poco por las escaleras produciendo todo una emergencia por su salud y la de la guagua, porque había dejado de darle respiración manual. Paola logró levantarse y retomar su función, y continuar bajando, sintiendo la respiración y el corazón de esa pequeña. Otro equipo venía con una segunda incubadora, unos minutos más atrás.
El equipo llegó al patio, tal vez sintieron el alivio de una primera tarea cumplida. Al intentar subir la incubadora se dieron cuenta que no cabían en el camión. Nuevos momentos de tensión y una decisión arriesgada: sacaron a las guaguas de sus equipos, las tomaron en brazos y las envolvieron con frazadas, mientras Paola continuaba con la tarea de hacer funcionar manualmente el sistema respiratorio. Así subieron con la ayuda de los conscriptos a un camión oscuro, porque no había ni el más mínimo tipo de luz en su interior, frío, acompañados de los soldados.  Partió el motor y el camión se movía lentamente, tratando de salir del barro del Hospital al flujo de agua y barro que continuaba bajando por las calles.
Dos cuadras más allá el camión paró. Los vecinos del sector habían puesto obstáculos impidiendo totalmente el tránsito, con el fin de que jeep y camionetas cuatro por cuatro –algunos en afán de cierto turismo de la desgracia- no salpicaran barro y les inundaran más sus hogares. Los militares primero, y después Paola tuvieron que bajarse y explicar a los indignados vecinos del sector que era de vida o muerte, y que debían pasar. Finalmente les abrieron paso.
El soldado le dijo a Paola que no mirara por la ventana. Ella pensaba en no desconcentrarse, no perder el ritmo de la ventilación, abrigar a la guagua, constatar que seguía viva. No temer a lo qué se veía por esa ventana. No asomarse, aunque el camión se ladeara y a ratos pareciera que se iba a ir en el cauce flotando, como una más de las tantas cosas que se habían sumado a ese fluir. El sonido del caudal era fuerte, y matronas y paramédicos intercambiaron algunas nerviosas palabras sobre la estabilidad del vehículo. El trayecto era difícil pero al mismo tiempo corto, no más de un kilómetro y medio de distancia, que en circunstancias normales habrían recorrido en cinco minutos, pero que en las actuales no tenían ninguna noción de cuánto había durado.
Una enfermera, paramédicos preparados con todo tipo de equipos estaban esperándolos en el estacionamiento. Paola bajó con la guagua en los brazos, con cuidado, ayudada por los paramédicos que inmediatamente procedieron a arreglar la entubación del bebé, ya que venía en mal estado. La enfermera abrazó a Paola y se puso a llorar.
- Yo tenía barro hasta en el pelo,  me trataba de limpiar, creo que estaba choqueada. De verdad pensé que se iban a morir pacientes en el traslado, podían fallecer pero sino los trasladamos iban a fallecer. Habían probabilidades de que algo saliera mal. Como la guagua que llevaba en brazos que se le salió el tubo endotraquial, por el camino. Nosotros llevábamos todos los insumos para atender a nuestros pacientes en el camión, pero un militar amablemente tomó la caja de los insumos y los tiró a una ambulancia militar, nunca supimos cuál era. Sentía que era mi responsabilidad porque cuando me caí  traccioné el tubo y lo pude haber desplazado.
Pero todo salió bien, aunque el traslado terminó pasadas las tres de la mañana. Los padres se enteraron después, varios eran de lugares aislados como Tierra Amarilla, donde por esos días no existía camino alguno que les permitiera llegar. El destino en la clínica era transitorio, porque irían a Santiago vía aérea, ya que les habían dado los cupos en centros asistenciales de la capital. Eso les ayudaría a resolver patologías que en la zona no se abordan, como operaciones al corazón o una hernia en el diafragma. Les cuesta bastante, en circunstancias normales, obtener ese cupo ya que los centros asistenciales de la capital no dan abasto a la demanda de su propia zona.
Paola se quedó en la clínica esperando a los otros pacientes, porque tenía que empezar a armar los cupos con todo el papeleo administrativo, y contarle a padres y madres  lo sucedido.
En el hospital, hubo un cambio de camión que permitió que ingresara una incubadora,  en la que trasladaron a tres bebés juntos, le conectaron oxígeno y llegaron con más seguridad a destino. Los problemas mayores fueron con la otra guagua conectadas a ventilador mecánico.
Paola y todo su turno completó 24 horas trabajando, sus reemplazantes, una matrona y dos paramédicos llegaron a la clínica a hacer el cambio, en parte gracias a que algo había bajado el barro y era más posible transitar.  Como les habían dicho que trabajarían hasta que alguien llegara a reemplazarlos,  fue emocionante el encuentro.
- Cuando la vi tenía ganas de llorar y la abracé, era como decirle gracias por aparecer y hacer el sacrificio de llegar – recuerda Paola- después como grupo nos abrazamos, con ganas de llorar y era por la reacción que ellos tuvieron cuando dijimos no, hay que salir, y  eligieron hacerlo, cuando de primera todos teníamos miedo, nadie quería. Sentía que estaban súper comprometidos con los pacientes, que los priorizamos más que a nosotros mismos.






martes, 30 de octubre de 2018

Para celebrar halloween tranquilo/a como un americano

Hace unos cuantos años atrás, con mi amiga Yasmin, Cristian, Víctor, Rolo y de atrás Carlos emprendimos la tarea de acercarnos a las tradiciones culturales del pueblo colla. Se trataba de hacer un pequeño documental destinado a escuelas y liceos mayoritariamente de la provincia de Chañaral y una guía que le entregara a los profesores de los diversos cursos el material pedagógico necesario para  que  incluyera este conocimiento dentro de los diversos planes y programas. 
Este trabajo fue un linda aventura. En la Quebrada de Agua Dulce, en la precordillera de la comuna de Diego de Almagro estuvimos un día de esos con la matriarca, Basilia Escalante. Ella dirigió a una de sus hijas y a sus nietos indicándoles el lugar exacto donde debían instalar cada palo, amarrarlo y luego tirar las lanas para armar el telar. Un tejido que demoraría días, donde ella decía que no recordaba palabras de la lengua original de lo collas, pero nombraba cada cosa de una manera que no era castellano. Términos que deberé forzar más mi memoria para volver a recordar. También decía que antes los collas se vestían con lana pura y ahora toda la ropa era de plástico.
Una de las tragedias de este pueblo que históricamente ha sido trashumante, es que durante la dictadura los obligaron a bajar de la cordillera e ir a vivir a las ciudades, forzadamente radicarse en un lugar y olvidar las veranadas e invernadas, los refugios en piedra que cada familia iba usando según sus necesidades, la tierra sin pertenencia, el agua sin encierros, el dormir mirando las estrellas gran parte del tiempo, bajo cueros de cabras o de ovejas. Temieron de su conocimiento de la cordillera, de los pasos para traspasarla, de los extensos territorios que transitaban dejándolos libres para la explotación minera.
Pero no iba a eso. Mi punto es que Basilia frente a las preguntas de qué ritos realizaban, contó que algunas veces en el año se reunían las familias. Que su hermana, Damiana,  había sido una difusora de sus costumbres, y que por estas fechas, entre el uno y dos de noviembre arreglaban una mesa con comidas y alcohol, flores, pompones de lana y la dejaban para los ancestros que vendrían a visitarlos durante la noche. Con las grandes familias reunidas.
Una costumbre que el pueblo colla nunca ha mostrado abiertamente, de hecho esa vez hasta manifestaron algo de preocupación porque apareció esta costumbre en la grabación. Entendemos que se hayan protegido en medio de un mundo que ha sido muy poco respetuoso de las tradiciones ancestrales y más bien interesado en tildar de "pagano" o incluso otros adjetivos más estigmatizadores para el absolutismo cristiano que ha predominado durante siglos en la sociedad chilena. A veces con mayor rigor en los pueblos chicos.
La cosa es que en la gran mayoría de los pueblos americanos originarios existe esta tradición, esta idea de que durante el 1 y 2 de noviembre, se abre una puerta desde donde el alma puede viajar a visitar a sus seres queridos o a los lugares que amaba. En Bolivia, Perú y por cierto en México, con otras particularidades también se conserva esta costumbre, que la película Coco hizo más conocida aún. Tanto que mi hija incluso la vio en una clase de religión, en su escuela, lo que o habla muy bien de su profesora o es una muestra que el cristianismo está más tolerante con la coexistencia cultural de raíz americana.
Así que cuando alguien hable en contra de halloween, podríamos reconocer que hay algo de cultura extranjera, europea, celta que sobrevivió sobre la cristiana, pero también que está el origen americano. Ese de las culturas ancestrales que reconocen la posibilidad de encontrarse con sus muertos porque la vida no acaba con la muerte.


Aquí pueden ver algo del resultado de ese trabajo:
https://www.youtube.com/watch?v=vCVczzBZel4

lunes, 2 de julio de 2018

La peya de oro


De niña aprendí que esas chispas que brillaban en el agua, detrás del polvo, y amarillas, eran oro. Mi papá me dijo que ocurría porque era un metal más pesado, por eso siempre se quedaba atrás. Eso se sabía sobre  una poruña, un cacho de un toro partido por la mitad, muy oscuro, en el que se echaba el mineral molido y arriba, muy suavemente, un poco de agua. Fue una tarde calurosa, de ese calor seco de Copiapó. Habíamos ido a la casa de mi abuela, había que entrar por un pasaje que impedía el tránsito de vehículos con un cierre hecho de rieles de trenes, ubicado al lado de la línea del tren, que pasaba varias veces al día y al menos dos durante la noche, haciéndolo temblar todo. Que si no estabas avisada, podías salir huyendo a las cinco de la mañana en pijama por un remezón largo y ruidoso, que llevaba las barras de cobre hacia el puerto. Mi madre cuenta que cuando recién llegó a Copiapó y se quedó en casa de la abuela creyó que era un temblor formidable y había emprendido la huída cuando papá le explicó que se trataba del tren y que siguiera durmiendo.
Mi abuela era una señora rara. Muy distinta a mamá, a mis tías, a las mamás de mis amigas, a las vecinas. Usaba vestidos y faldas que le llegaban casi hasta los tobillos, cuando volvía de las minas y se bajaba de su camión, algunas veces llevaba pantalones debajo de sus amplias polleras. Estaba muy arrugada, jamás vi que se maquillara y sus facciones eran toscas, duras. Cuando vi los retratos de Gabriela Mistral encontré que había un notable parecido. Tal vez eran los genes, ya que venían del mismo valle. Muy alta y de pelo totalmente cano, me parecía que tenía una fuerza enorme. Su casa era antigua y muy grande, con un patio amplio donde reposaba un perro gigante, un camión, un gallinero, del que se abastecía de huevos. Había u
na señora muy viejita que habitaba en una pieza que ella le había cedido con salida a la calle independiente.  Me fui al palomar ubicado casi en el centro del patio, entré y las palomas volaron aterradas. Las sentí en mi cara y en los brazos que alcé, sus alas tocándome en esa huida, y el aire que agitaban sobre mí en su desesperación.
Más allá estaba la piedra. Grande, lisa, me parecía un buen sillón o una mesa lisa. Tomaron otra piedra llena de colores, la miraron, la pusieron al sol, uno de ellos la probó: la acercó a su cara, sacó  su lengua y la pegó al mineral. Escupió con fuerza al suelo. La volvieron a mirar. Indicaban. Gahona tomó el mazo y comenzó a destruirla. Primero en partes pequeñas, hasta llegar al polvo, casi moliendo con suavidad. Entonces papá sacó esa tierra y lo echó en la poruña. Y luego suave, muy suave, el agua.  Me mostraba como la mecía, moviendo la muñeca, y me invitó a tomarla.
-Así se mueve, con suavidad –me dijo.
Volvió a tomarla y entonces me mostró el oro. Pensé que eso era lo tan valioso. Esas pequeñas chispas brillando en el agua. Tenían más. La piedra de colores terminó hecha polvo, el que tiraron a un poco de agua. Fuimos adentro de la casa y la abuela prendió la cocina. Sacaron Mercurio. Me encantaba jugar con él a partirlo y volver a unirlo, me parecía mágico. Ellos se descuidaron, en su proceso, sé que estaban trabajando con mercurio, una tela, y el polvo y lo estrujaron, y el resultado húmedo lo pusieron sobre una lata en la cocina. Entonces papá me llamó y yo  guardé el metal mágico en un frasquito de pastillas que andaba trayendo, asustada de que pudiera verme y retarme.  Me había perdido parte del proceso, y papá trataba de explicármelo, para él era una de las cosas maravillosas a hacer, lo que le habría gustado  estudiar, una ingeniería en metalurgia para vivir entre ácidos y minerales haciendo esta especie de magia y conocer lo que los pequeños mineros no sabían y que él creía que tanta falta les hacía. Para no equivocarse y quedar con sus camionadas en la planta tiradas a panteón, es decir que no les pagarían nada por el mineral, porque los ingenieros decían que no había cobre, plata o lo que vendieran ahí.
Por eso el oro siempre era seguro. Hacerlo en casa o en una planta donde pudieras mirar todo el rato. No como esa Enami, donde debías sólo dejar el mineral y llevarte un recibo y en una semana más ir a buscar el dinero o el panteón.
Miré la masa, era como una bolita, que se movía sobre el fuego. Nadie tenía una máscara ni nada que se le asemejara, mientras la abuela sacó un soplete, que suavemente se sumó al calor de la cocina hasta que quedó una pequeña bolita muy amarilla, y siguieron con otra masa que volvieron a poner sobre la lata de la cocina.
La casa tenía paredes que lucían como de concreto, pero un hoyo en una esquina de la pieza donde dormía mi abuela delataba su origen, adobe,  ladrillos de barro que papá recordaba haber ayudado a hacer siendo un joven que se empinaba hacia la adolescencia, cuando entre todos levantaron la casa. Claro, sin el abuelo, que ya se había separado de su madre.
La abuela sabía dónde y a quién vender ese tesoro, que  había salido de alguna de las minas que tenía, calculo que por esos tiempos debía ser Dulcinea en la quebrada Jesús María, bastante cercana a Copiapó, donde tenía varios trabajadores que dormían en una pieza de madera que a mi me producía, no sé por qué, cierto temor.
Pero ahora que había la primera peya estaban contentos, y calculaban que saldrían unas cuatro, que permitirían ir al supermercado y comprar una caja con víveres para los trabajadores, pagarles el sueldo que cada quince días les daban, y vivir. Era una casa grande, pero si la miraba bien yo diría que más bien pobre, con muebles sencillos, piso de madera con encerados distantes, y la abuela mantenía una caja fuerte con algún dinero, otro poco, muy poco en el banco y sus lujos se podrían decir que eran un par de joyas hechas con el mismo oro que sacaba de las minas, que guardaba en la caja fuerte. Esa tarde me miró y puso la tercera peya sobre mi mano y me dijo que esa iba para mi, que la llevaría a su joyero porque ya era hora de que como una señorita, tuviera unos grandes de valor.
Así fue como sin ser mi cumpleaños, a los pocos días tenía unas flores de oro en mis oídos con unas perlas en su centro.

domingo, 24 de junio de 2018

Soy Teresa Wilms Montt


Han pasado más de cien años desde que esta mujer intensa nació en 1893, para morir a los 28 años. Este es un extracto de su diario de vida y la refleja de cuerpo completo, digamos. Fue  miembro de la élite chilena, se casó en contra de la opinión de sus padres, con un marido que dejó pronto, en castigo fue encerrada, en esos lugares  que eran mezcla de siquiátrico y convento religioso, donde terminaban las infieles, las mujeres rechazadas por sus maridos o sus familias y las que huían de su destino y preferían incluso estos lugares voluntariamente. Vicente Huidobro la ayudó a escapar a Argentina, -donde después publicó un libro de cuentos dedicado a hombres que aún son niños-, brilló en la bohemia, y siguió rumbo a París. Separada de sus hijas allá logró verlas a escondidas, hasta que luego de ser sorprendida efectuando estas visitas y el padre tomar todas las medidas para que no volvieran a repetirse, decidió suicidarse.
Es una de las que abrió caminos, con una vida de que se califican como malditas, donde pagó altos precios por ser quien quería ser.
Una de mis escritoras y mujeres favoritas. 

viernes, 22 de junio de 2018

Jardìn con ruedas 4x4

Esta es una crónica que quedó, por razones de espacio y también de casualidad (ya que me gustaba más que otras que sí fueron publicadas) fuera de mi libro "Olas de barro". Pretendía en una segunda edición incluirla, pero ya que no ha sido posible, aquí va:



Llego una mañana de martes a la sede “Llanos de Atacama”  donde se realizará una clase de Jardín con ruedas, un programa de la Fundación Integra dirigido a párvulos que no asisten a la educación preescolar regular. Visitan una vez a la semana este sector, donde trabajan con los niños y niñas y les dejan actividades para sus casas  y continuar así, su aprendizaje. Pero esta será una jornada especial, ya que los niños y niñas asistirán  con sus madres y trabajarán su experiencia con lo que han vivido durante el aluvión, mediante un trabajo preparado por las educadoras.
Fue una idea de Viviana Aranda, Presidenta de la Junta de Vecinos Llanos de Atacama, y una de las líderes en lo que fue la tarea de solicitar  y canalizar la ayuda para este sector en medio del aluvión, cuando le conté  de la idea de este libro y que quería obtener la visión también de los niños. “¿Por qué no le preguntas a los más chicos?” me dijo y conversó con las tías del programa hasta que esta sesión se concretó.
De pronto, una sede casi vacía, se repleta de pequeñas mesas, una alfombra colorida de goma eva, trenes con  rieles para armar hechos de madera y muchos papeles y lápices a disposición. Los niños y sus madres van llegando de a poco y se incorporan al juego, donde las tías les plantean desafíos. Luego hacemos un círculo, con sillas, alrededor de un gran papelógrafo se ubican  los niños y sus madres, las tías, yo fotografío un poco, la asistencia de pronto es una canción donde cada uno levanta la mano, dicen "hola", los más audaces se paran de su asiento para sonreírle a los demás. Amanda parece ser la más pequeña y a la que más le cuesta saludar.
La tía a cargo les recuerda que el año pasado vivieron momentos distintos, díficiles, ella dice que se asustó y se puso nerviosa,  cuando comenzó a llover mucho y el agua  se juntó con la tierra, mientras dibuja unas líneas azules y cafés desde los cerros hasta más abajo, repite mientras sigue dibujando que después el barro llegó a una casita que estaba por acá y otra más allá y se llenaron de barro. Les habla con una voz suave, melódica, expresiva, casi teatral y los niños la miran atentamente. Hasta Tomás, el más inquieto, queda inmóvil, mientras Amanda abre su boca igual que la carita que dice asombro. “Alguien se acuerda de una casa con barro” los niños no dejan de mirarla pero nadie dice nada. La tía les pide que dibujen, y cada uno recibe un plumón grueso, y dejan otros a disposición, y empiezan a pintar sobre los cerros, y las nubes y la lluvia, y los niños siguen poniendo una lluvia cada vez más gruesa, otros han empezado a hacer ríos, charcos, y algo que recuerda al barro, mientras un pequeño se esfuerza por poner otra casa en medio de todo eso.  Arriba hay una ilustración con cuatro caritas con rostros de niños, la primera de ellas es la que casi todos marcan, la del niño que se sintió más inquieto, asustado o intranquilo. Pero también otros prefieren la de la niña, la que tuvo más miedo que antes; sólo uno prefiere la del niño con tristeza, que se ve llorando.
Andrea Carrizo es la educadora a cargo y estuvo con este mismo programa en los albergues. Los primeros días tras el aluvión se dedicaron a ayudar a quienes formaban parte del equipo y se encontraban más afectadas, y durante estas visitas se dieron cuenta del gran problema que enfrentaban los niños y niñas, así que se fueron a los albergues, donde  se dedicaron a la tarea más urgente: entregarles un espacio para jugar y canalizar todas las emociones que estaban sintiendo.
- Había irritabilidad, sensación de miedo, lloraban más, tenían conductas disruptivas que no se visualizaban, si bien los adultos dentro de las posibilidades que tenían, trataban de acompañarlos, era inevitable que ellos de otra forma, quizás no con palabras, mostraran que tenían miedo y estaban asustados –resume  Andrea sobre el estado de sus párvulos esos días agotadores, donde las apoyaron con una camioneta cuatro por cuatro para poder pasar por el barro.
No fue nada fácil comenzar a trabajar con los niños y niñas. Al principio, tenían poco tiempo de atención, querían estar más bien afuera, con el agravante que las clases eran en el mismo lugar que estaban habitando, hasta que de a poco pudieron hacerles una rutina diaria, lo que según las educadoras era importante para que comenzaran a ver su mundo más organizado.
-También nos pasó que habían niños que nos daban relatos claramente. Había un niñito de nacionalidad boliviana, que le daban miedo las puertas, porque la suya, por lo que él nos manifestaba, “reventó  todo” decía él. Él vio cuando el barro empujó la puerta y entró. Cuando empezamos a tener el trabajo con familias, la suya nos explicó que tuvieron que ser rescatados de su casa en camiones y cargador frontal para poder moverse, estuvieron atrapados en el techo durante algunas horas. Los niños cuando cuentan lo hacen de una forma concreta, por eso él hablaba de que se reventó la puerta – recuerda la educadora en una conversación que sostenemos durante el recreo.
-En otra ocasión nos pasó que, contando un cuento, súper al margen de la situación, una familia pasaba por varios obstáculos, entre esos atravesaba por el barro, una niñita dice ‘no el barro no, que salga de ahí’ – relata Andrea.
Por eso fueron buscando metodologías que les permitieran a los más pequeños expresarse. Sabían que debían conversar  sobre lo sucedido, pero en forma didáctica, en relación a dibujos, si alguno quería quizás contar lo que le pasaba, como era su hogar, porque había varios que les decían “mi casa ya no está, ya no existe” o “ya no tengo casa”, entonces las tías trataban de ayudarles a superar lo ocurrido, que soñaran con una nueva, por ejemplo.
Luego les llegaron refuerzos, sicólogos desde Integra las ayudaron a través del fono infancia, donde atienden profesionales de este disciplina expertos en educación infantil, quienes les entregaron  orientaciones respecto a como enfrentar una situación post traumática. Más adelante contaron con el apoyo de la Unicef, que les hizo capacitaciones sobre la contención, claro que después que las tías habían hecho las primeras intervenciones en los albergues. En el balance está que las educadoras tenían conocimientos de cómo enfrentar situaciones difíciles, pero no precisamente catástrofes sino más bien del tipo duelos y  siempre contaron con el apoyo de la unidad de protección de derechos que funciona en su dirección regional, que les proporcionó directrices para que trabajaran desde el enfoque de reparación de daños, trabajar con las familias y orientación a los adultos para que escucharan a los más pequeños de la familia.
- Las familias estaban muy preocupadas de ir a limpiar sus casas, repararlas, pero no paraban y miraban a los niños, que en realidad necesitaban jugar y contar con un espacio para ellos –puntualiza Andrea.
Después de salir de los albergues, las tías dejaron los contactos hechos para que cada niño y niña ingresara a un jardín infantil de tipo convencional.
Como lección, Andrea cree que todos y todas vivimos una gran catástrofe y hay daños que siguen ahí.
-A mi casa no entró barro, pero yo igual estaba viviendo una situación de catástrofe. Creo que al principio costó, fue desde la adrenalina, uno asumía las cosas rápido, pero después de un mes, de dos meses, ya uno se siente más cansada, agotada. También las conversaciones, tratar de canalizar las vivencias que escuchaba, sin duda afectaba, pero estaba la motivación y había un equipo detrás para poder apoyar. Todo pasó tan rápido, que así cambió de la noche la mañana la ciudad, y como que de la noche la mañana nos pudimos poner de pie. También creo que nosotras tomamos las decisiones, retomar la normalidad mucho antes de lo que otros lo hicieron, nosotras nunca dejamos de trabajar,  los otros jardines estaban cerrados. Desde la improvisación pudimos hacer cosas que eran necesarias, yo creo que el gran aprendizaje es que hay momentos justos para intervenir, después pasa, por mucho que hay depresiones post traumáticas, mientras más rápido hace uno una intervención, es mejor.
Una de las preocupaciones fue mostrarles que habían redes de apoyo,  sicólogos, asistentes sociales, entre otros.
-Creo también que hay muchos niños que todavía no lo superan, muchas familias que todavía sienten angustias, cuando llueve de repente. Quizá se deba a que nos paramos muy rápido, empezamos a hacer nuestra vida normal, después de dos meses, pero habíamos estado con carencias de todo.
Se acaba el recreo, y comienza una nueva actividad. A todos les regalan un cuento que habla de catástrofes naturales. Hay un espacio para pintar, lo miran con las madres. Le pido a algunas de ellas si podemos conversar.
Yamileth García Cereso acepta mi invitación. Cuenta que venían con Leonel, su hijo, de vuelta de comprar cuando se dieron cuenta que había agua en ese sector.
-Abrimos la puerta, y empezaron a salir las cosas, el auto también se perdió, así que alcanzamos arrancar para el lado de mi suegra, y nos tuvimos que quedar toda la noche ahí, porque arriba también nos mojamos, teníamos las camas mojadas. Vivo al lado de mi suegra, tengo una ampliación. Entonces estaba mojado arriba, mojado abajo, con barro, perdí todo abajo, él… quedó sin zapatos, sin ropa, como a las once y media de la mañana entró el agua, pasó toda la noche y al día siguiente mi primo nos vino a buscar, porque los baños estaban saturados, salía por todos lados la caca y el  agua, no había agua potable, ni luz, no había que comer. Se perdió todo.
Cuenta que para salir del sector tuvieron que subir a los cerros que rodean la ciudad y a través de ellos entrar a la ciudad. Fue como una hora caminando por el cerro con su hijo, subiendo y bajando, pero la caminata no le provocó miedo porque su primo lo cargó en sus hombros y se fue jugando, tratando de distraerlo, como si fuera lo más natural del mundo salir del barro y emprender esa marcha.
-Pero estaba asustado, porque claro, nos veía a nosotros, yendo de allá para acá, que el agua pasaba, que se llevaba cosas, que pasaban perros por afuera de la casa, pero después cómo que se le fue pasando –resume Yamileth.
Su marido se quedó en su casa, limpiando, y ella atravesó durante días los cerros para llevarles comida al marido y al suegro. No había otra forma de entrar al sector. Leonel extrañaba a su papá, a los abuelos, y después más aún, cuando se fueron a Santiago escapando de la contaminación y de que había pasado un mes y todavía no tenían casa donde volver, así que buscaron otro refugio, esta vez en Arica, donde Yamileth y Leonel estuvieron otro mes más, hasta que en junio lograron retornar al hogar con la familia completa. O sea tres meses después del aluvión.
Lilian Cepeda también vive en los Llanos, en el sector conocido como uno, el más cercano a la defensa de la quebrada.
-Vivo en la calle Ticsa, entró el agua, veíamos pasar el barro con autos, con cosas, teníamos que estar en el segundo piso no más, sin agua potable, así que empezamos a ver como irnos de ahí, sobre todo por mi hijo. Empezamos a caminar por el barro, y llegamos hasta la casa de mi hermana, que viven en Las Brisas, mi cuñado tenía una camioneta de su empresa y nos subimos todos y tratamos de salir y no se podía hasta que muy tarde llegamos donde mi mamá en Los Héroes. Fuimos por Los Carrera donde bajaba el barro. Y cuando llegamos allá fue como llegar a otro mundo – cuenta acerca de un viaje que los llevó a los sectores altos de la ciudad, donde el barro nunca llegó.
En la sala –sede en las diversas mesas, las madres revisan el cuento junto con sus hijos, cuando Andrea se acerca a una de las mamás y hija y conversan sobre lo que vivieron. Primero le pregunta a Sofía, y luego a la mamá, quien le cuenta todo lo que vivieron, mientras la niña asiente y dice que sintió mucho susto. Nada fácil, en realidad, pero ahí están todos estos niños con sus madres, sonriendo, pintando, hasta que termina la sesión y para volver a encontrarse la próxima semana.