jueves, 25 de marzo de 2021

Para los que vivimos en Atacama, este es un día especial, en que recordamos a los aluviones que nos golpearon tan fuerte... con sus olas de barro, destrucción y muertes.
Escribí un libro sobre esta catástrofe, de crónicas, que rescata algunas de las historias que ocurrieron. Se llama #OlasdeBarro.
De ahí en este día y como un homenaje a la esperanza, les comparto la historia de la madre que dio a luz en el cerro La Cruz de Paipote.


La niña del cerro

Camila Abarca Ubilla sigue viviendo en el mismo pasaje donde estaba cuando comenzó el aluvión de marzo del 2015. Ella y su hija, Yovhanela Francisca Gattica Abarca protagonizaron una de las historias más difundidas durante esta catástrofe, al parirla en el cerro La Cruz, donde habían escapado junto a su familia. Para conocer los detalles, llegué a su pasaje, uno de tantos con nombres de la geografía local, y cuando me acerco al sector, que alguna vez recorrí cuando estaba destrozado por el barro veo que ha mejorado bastante. Dos señoras conversan en una esquina, me preguntan qué dirección busco al ver mis pasos erráticos en una dirección y luego otra, les digo y me interrogan que si busco a Camila, les respondo que sí, me indican la casa. Golpeo y no sale nadie. Grito con idéntico resultado. Las señoras van a buscarla, donde su mamá, unos metros más allá.

El sector es de casas de dos pisos, bajo un sol inclemente, no se ven árboles en las veredas ni en los antejardines.  Tampoco a simple vista se ven muchas plantas. Son viviendas modestas, y a pesar de que hay paro del sector educacional por esos días tampoco se observan niños jugando en los pasajes. Tal vez las madres tratan de que no tomen tanto sol, pienso. Después las señoras me responden que los niños ya no salen mucho a la calle, por los peligros, por el tránsito, porque tienen celulares e internet que les resultan más divertidos que un juego a la pelota o a la escondida en algún pasaje.

Llega Camila, se ve joven, sonriente, con su hija en los brazos, falda larga, y me invita a pasar a su casa.

Conozco a Yovhanela. Es inquieta, curiosa, quiere registrar mi cartera, jugar con el estuche de los lentes, le muestro un pequeño peluche de orangután con el que se distrae unos minutos, se sube a los brazos de su madre y luego huye, siempre tratando de subir la escalera que está bloqueada pero que ella logra sortear así que en ese punto detenemos la grabación para ir en su búsqueda. En varios.

¿No le pusiste Esperanza? Habían dicho que así sería.

Es que ella ya tenía su nombre.

Me comienza a contar como empezó todo. Ella vivía en la casa de su mamá.

Habíamos ido a mirar la defensa de Paipote, como corría el agua. Fue el 25. Habíamos ido con mi marido, con mi papá, nosotros decíamos pobrecita esa gente ya no se le ven las casas. Yo me había ido a acostar, con mi hijo, estaba muy cansada, estábamos con mi mamá, llegó mi papá corriendo y me dice ‘hija, despierta que se viene el río’.’Papá, déjame de molestar, déjame dormir’ le dije, y en eso siento que llega el agua la casa. Abrió la puerta. Entró con mucha fuerza. Dejé a mi hijo sentado en el sillón y el sillón se levantó, mi hermana lo tomó y se lo llevó para arriba, yo me quedé ayudándole a mi papá a tapar para que no siguiera metiéndose el agua.

Camila vivía en el primer piso, en una pieza que habían construido ampliando la casa hacia el patio, donde tenía todas las cosas de su guagüa.

Yo perdí todas las cosas. Tenía lo que le habían regalado a la Yovhanela del baby shower. Su cuna, todo.

El agua y el barro ganaron esa batalla, así que no les quedó más que refugiarse en el segundo piso. Estuvieron allí muchas horas, tantas que para Camila fue difícil contarlas. En la tarde, sintieron que paró un poco el caudal del río que ahora corría  por su casa, su pasaje y todo el sector, momento en que también llegaron los suegros de Camila, después de haber dejado a salvo a uno de sus hijos donde un familiar. Eran cerca de las cinco de la tarde.

Llegaron y nos ayudaron a salir, porque nosotros estábamos encerrados en la casa. Nos fuimos al cerro, subimos con las cosas, nos llevamos lo que más pudimos porque yo tengo un hijo que ahora tiene cuatro años y era chiquitito en ese momento, para poderlo abrigar.

Iban subiendo lentamente, pasando por entre piedras, barro, agua, mojados, sucios, tratando de esquivar los peligros del camino cuando llegaron al faldeo del cerro y el suegro de Camila le dijo:

Niña, no se te vaya a ocurrir ponerte a parir acá en el cerro.

El cerro La Cruz de Paipote no es difícil de subir, sus faldeos son suaves, pero en ese momento producto de la lluvia ofrecía un mayor peligro. Tiene varias planicies que permiten ubicarse aunque no ofrece una gran protección del frío y el viento, que abunda en el sector. Desde allí se podía ver uno de los puntos de desborde de la quebrada de Paipote, donde comienza Llanos de Ollantay como también el estropicio en el sector circundante a la quebrada, lo que después se llamó zona cero.

Estábamos desesperados, porque mirábamos para abajo y seguía pasando el ruido, y sonaban las piedras, aparte que verlo y no saber si esto iba a subir más, o no, o qué iba pasar, no sabíamos nada, era mucha la desesperación que teníamos arriba en el cerro –recuerda Camila sobre esos angustiantes momentos.

 Estaba anocheciendo, así que armaron la carpa que llevaban y se acostaron dispuestos a dormir.

Estábamos todos amontonados durmiendo en la carpa –describe Camila. Pero ella no podía conciliar el sueño, un dolor de espalda se lo impedía, o tal vez eran los nervios, pensaba.

Me voy a levantar porque me duele mucho la espalda, le dije a mi marido, yo no asimilé que eran contracciones, pensaba que tenía un dolor del espalda, nada más – me cuenta e instantáneamente se ríe-  Mi papá estaba afuera, había un niño en una camioneta y él le pidió que si me podía acostar ahí porque estaba embarazada. Le dijo que sí. Me acosté y me empezó a doler más fuerte la espalda, yo lo asimilaba con el cansancio, como un dolor no más, el niño me preguntaba que qué me había pasado, yo que nada, que tenía un dolor. Después llegó mi papá, me sirvió una taza de té y empezaron las contracciones más fuertes. El niño bajó a buscar una persona, don Pedro, lo llevó, él me revisó, y me dijo a ti todavía te falta para dar a luz. Eran como la una o dos de la mañana. El él es paramédico, trabaja la Clínica Atacama.

El diagnóstico fue que al amanecer tendría la guagua, siete u ocho de la mañana.

Pero las contracciones eran cada vez más fuertes.

 El niño me miraba no más y yo me afirmaba. Yo me quedé tranquila. Nunca se me pasó por la mente que va a tener a la Yovhanka en el cerro. No estábamos en buenas condiciones para tenerla ahí, no había nada.

A su alrededor ya se había corrido la voz que una mujer estaba a punto de dar a luz, vía celulares llamaban a las autoridades, a las radios que transmitían ininterrumpidamente, al hospital, en busca de ayuda. Se sabía que habían llegado helicópteros a la zona y como Camila era optimista pensaba que uno de ellos vendría a buscarla para dar a luz en el hospital. Eran como las cuatro y media de la mañana cuando las contracciones de Camila motivaron al joven a volver a ir en buscar de Don Pedro. Él llegó, por suerte ya no llovía, y volvió a examinarla.

Ya estás en trabajo de parto  — le dijo.

Inmediatamente los celulares volvieron a llamar, una conexión que escuchaban hasta que la entonces Seremi de Salud, Brunilda González y matrona de profesión, tomó la llamada que le pusieron al paramédico, y comenzó a darle indicaciones de lo que  tenía que ir haciendo. El escuchaba e iba haciendo lo que le decía. Pedro había atendido partos como ayudante.

Tú tienes que estar tranquila –era lo que repetía el paramédico a Camila.

Mandó a calentar agua, otros fueron a buscar cosas, géneros, ropa. Llegó una amiga de Camila, Clare, también paramédico pero del hospital, con ropa para la bebé,  y pañales. Tenían todo preparado hasta que llegó el momento que ella nació.  

Cuando estaba naciendo yo tenía nervios, porque a uno le hacen un tajito cuando tiene su primer hijo, él me decía que tenía que tener cuidado con que nos se abriera porque no teníamos nada para cocerme. Ése era un peligro. No estaban las condiciones para que ella naciera. 

Yovhanela vio el mundo a las cinco dieciocho de la madrugada. Aún no amanecía. Se escuchó un grito de alegría en todo el cerro, y en el del lado y el de más allá, todos ellos llenos de gente que huía del barro, varios de ellos con sus viviendas perdidas o imposibles de habitar. Camila seguía preocupada. Veía que la ropa le nadaba a su pequeña, y trataba de abrigarla con su cuerpo. Esperaba que llegaran luego los helicópteros a sacarla de allí.  

Al final dijeron que habían mandado helicópteros, pero no llegó ninguno, nunca. Llegó al otro día. –me cuenta Camila.  

¿Has hablado con Don Pedro? –le pregunto. 

Sí, cuando la ve a ella, la abraza, le da besos –me responde Camila—. Tuve que esperar ahí hasta que llegó el helicóptero, a la una o dos de la tarde. Bajó en el regimiento, nos llevaron en un camión al Hospital, ahí yo iba afirmada porque con la guagua, la bolsa y el dolor que tenía… En el hospital me subieron en silla de ruedas para arriba. El hospital estaba lleno de agua, barro, cómo se habían tapado los alcantarillados y salido todo eso. Ahí me quedé, me iban a dar el alta altiro pero tenían que revisarla a ella, salió limpiecita, no la tuvieron que lavar. Al otro día la bañaron, en la mañana, y me dieron el alta a mí y no se lo querían dar a ella, igual me la pasaron para que me la trajera y después el día lunes tenía control, para ver cómo estaba. 

Camila se fue unos días a casa de unos familiares de su marido, pensando en proteger a Yovhanela del frío, el viento y toda la contaminación que abundaba en el sector. Pero fueron pocos días.  

Después me vine para acá porque tenía que ver mis cosas, como habían quedado, si podía recuperar los recuerdos, las fotos, al menos algo. De todo lo que había de ella no pude salvar nada. Ella tenía su cajoncito, se perdió con todas sus cosas. 

Yovhanela ocupó portadas y titulares de diarios y noticieros y se transformó en una especie de mito, algo positivo dentro de tanta catástrofe. Cuando un medio de comunicación  la descubrió durmiendo en el cerro con su bebita, hubo críticas al gobierno y también una campaña de solidaridad. Le pregunto si recibió mucha ayuda. 

De la gente particular que venía al cerro, sí. Personas que venían de otro lado, la ayudaron mucho. Le llevaban ropita, también  gente de la población, de Paipote. Unos carabineros llegaron cuando yo la tuve, venían de Rahue, con un regalito que le había mandado la gente. Gente particular nos ayudó harto. 

Afortunadamente tuvo leche para darle y en abundancia, hasta los seis meses. Así que los días que continuó viviendo en el cerro, durmiendo en la carpa, al menos no tuvo que preocuparse de cómo sacar agua, esterilizarla y lograr que sus mamaderas se mantuvieran limpias. Con más tranquilidad, hoy ve que era probable que el parto ocurriera en el cerro.  

¿Cómo te estás reponiendo de todo eso que pasaste? Veo que ahora tienes casa. 

No es mía, estoy arrendando. Tratando de que sea mía con un subsidio. De a poquito uno se va recuperando, con la familia, los mismos vecinos se ayudan entre todos, de a poquito uno va saliendo adelante, si al final yo perdí todo y tuve que empezar como de cero, comprar todo, camas, ropa. En ese momento despidieron a mi marido del trabajo, por el barro él no podía ir a trabajar, y tenía que ayudarme a mí, él trabajaba en un taller mecánico, cerca de Tierra Amarilla. Igual allí lo ayudaron en algunas cosas. 

¿Qué sacaste de lección de todo esto que pasó? 

Que hay que disfrutar a la familia, porque no nunca se sabe cuándo va a pasar algo así, demostrar más el cariño. 

Y a ella, ¿Cómo le vas a contar la historia? 

Todos le dicen, ándate de acá a dónde vives tú, ándate a la punta del cerro –me responde riéndose, y Yovhanca sigue en lo suyo, dando vueltas, subiendo a los brazos de su madre, bajando, caminando y riendo. Nos mira, pero  aún no comprende tantas palabras a su alrededor y  que hemos estado hablando también de ella todo este rato. 

No sé cómo contarle. Tú buscas en google y sale todo. Pones el nombre de ella y aparece como la niña del cerro –me dice Camila.

 


lunes, 8 de marzo de 2021

Luzmira Ponce, mujer pionera en la minería


 



—Vaya a trabajar no más señora, yo le doy permiso -con estas palabras un juez le permitió a Luzmira Ponce Ledezma tener una vida económica independiente de su marido. 

No podía tener una cuenta en el banco a su nombre, tomar decisiones propias, pedir permisos legales, contratar gente, porque todo eso debía aprobarlo el marido. Por eso, ella se había ido a quejar ante el representante de la ley. Ella siempre había ganado el dinero para sostener a la familia, trabajando a la par con su marido o sin él. Todo quedaba en la sociedad conyugal.

Su marido no quería que su mujer se fuera a los cerros, con sólo hombres que harían el trabajo. Además todos decían, por aquellos años, que las mujeres traían mala suerte, provocaban derrumbes y tragedias en el cerro. Dichos de gente supersticiosa, decía ella, para dejar a las mujeres en casa.

Con el permiso del juez, se zanjó la discusión y la Justicia le dio libertad para comenzar a hacer su destino de forma más fácil. Era la década de 1940 en Chile, época en la que, en general, las mujeres dependían de sus maridos y no había ninguna en minería. Perdón, me rectifico, había algunas: las que trabajaban como cantineras, es decir, hacían la comida de los hombres en el cerro. 

Pero a cargo de todo, ninguna. Salvo, mi abuela. 

***

El matriarcado

Pasaron muchas cosas en mi vida, hasta que siendo una periodista madura, decidí escribir sobre ella. Mirar más allá del retrato que siempre estuvo en mi casa y lo que normalmente decían de ella. Porque mi familia paterna era un matriarcado, claramente, donde ella reinaba. 

De los años anteriores a este juicio, sólo sé algunas cosas. Algunas relatadas por mi padre, mis tíos, algunos primos que convivieron con ella. Por ejemplo, estuvo en las salitreras, en el interior del desierto, el norte grande como le dicen. Allí nació mi padre y la mayoría de mis tíos y tías. 

Sus certificados de nacimiento dicen fechas distintas a las que ellos recuerdan como sus cumpleaños, ya que la familia tuvo  que juntar el dinero suficiente para viajar al pueblo más cercano, Tocopilla, donde estaba la oficina del registro civil para inscribirlos como ciudadanos chilenos. 

Tiempo de escritura

También me contaron que escribió a mano una biografía de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista y de la organización de los trabajadores, que vendía como una forma de legado para que esa historia no se perdiera. Esto me lo contó Raúl, uno de sus nietos, mi primo, con nostalgia de no tener uno de esos cuadernillos. A él le gustaba visitar a la abuela, así que disfrutó de largas conversaciones con ella, en la que le contó el peregrinaje de la joven familia hacia el desierto, en barco.

Ella se encontró en plena cubierta un rollo de billetes, amarrados con un elástico. Pensó en sus hijos, lo recogió y lo guardó en su sostén. Fue la comida de varios días, que les ayudó a llegar a destino, a la promesa de un trabajo estable en la pampa, a instalarse en esas casas hechas de latones, donde el calor arreciaba tan fuerte, el sol es enceguecedor desde temprano y el frío en las noches llega a los cero grados celcius. 

«Un obrero al que le pagaban con fichas»

El trabajo del abuelo era duro, inhumano y lo único que aseguraba era el hambre de la familia. Un obrero al que le pagaban con fichas, que sólo se podían gastar en las pulperías propiedad de los mismos dueños de las salitreras, los ingleses. Negocio redondo para ellos, a costa de los mineros. Las mujeres se dedicaban exclusivamente a las labores de casa. Por todo eso, Luzmira conspiraba. Por eso, escribía sobre Luis Emilio Recabarren, el que había organizado a los pampinos.  Y porque cada cierto tiempo les llegaban noticias de obreros y sus familias acribilladas cuando se rebelaban y pedían algunas mejoras en las salitreras vecinas.

Cuando fue la crisis del salitre y cerraron gran parte de las faenas, la familia se instaló con sus seis hijos en Copiapó. Era alrededor de 1931. Nunca más volvieron a trabajar “apatronados”. Este viaje de 500 kilómetros al sur les permitió habitar un norte más amable, donde el desierto se matizaba con un valle fértil, en una ciudad rodeada de cerros y un río que le daba vida pero donde la minería, especialmente del oro, era una posibilidad. Un lugar que en el siglo XIX impulsó el desarrollo del país gracias a uno de los yacimientos de plata más grande del mundo, pero que dejó a su paso algunos signos de progreso y la costumbre de salir a buscar la veta que podía cambiar para siempre la suerte.  

Fiebre de oro

Estuvieron un tiempo en Inca de Oro, un pequeño pueblo ubicado a 100 kilómetros al noreste de Copiapó, sobre un llano del desierto donde escasean los árboles, las casas suelen ser de latones o adobes de barros y las calles de tierra. Allí, el abuelo estuvo en las minas durante la fiebre del oro.  En ese momento, ella aprovechó para fundar un cine, como me enteré una vez escuchando una entrevista hecha a mi padre con el fin de rescatar esa historia. Se trataba de un telón grande sobre el cual proyectaban películas, con sillas para que la gente se sentara. Los hijos la ayudaban. Imagino las películas antiguas y a la gente entrando al lugar cuando caía la noche, desafiando al frío del desierto. Algunos enfrentándolo con un chaleco, un paletó, un cigarro o bebiendo un poco de aguardiente o vino. 

Después volvieron a Copiapó y vivieron de lo que producían con un pequeño trapiche. Eran dos piedras grandes que aplastan las rocas, girando una y otra vez sobre un eje, luego hacían el proceso de juntar el oro con mercurio y ácidos, para entregarlo a sus clientes. Mi abuela ayudaba, trataba con los mineros que llevaban el mineral, limpiaba, ayudaba a llenar los sacos. Vivían en lo que en ese tiempo se consideraba un lugar fuera de la ciudad. Hoy a sólo diez minutos del centro en vehículo, pero para ellos tan lejos, ya que usaban carretas para llegar al lugar hasta que por fin llegaron los automóviles. Cuando este negocio se puso insostenible, mutó a una hostería en pleno centro de la ciudad. Una muy modesta, por cierto.

Asociación Minera

En 1948 mi padre y mi tío Mario, egresaron del Liceo de Hombres de Copiapó. Mismo período en que se abrieron las universidades para los estudiantes pobres. Entonces mi abuela los mandó a estudiar.

—Vayan a estudiar derecho. El pueblo necesita abogados -les dijo y ambos partieron a la capital, donde estaba la Universidad de Chile, a 800 kilómetros de distancia y con muy pocos recursos. 

En esa época, Luzmira estaba completamente separada de su esposo. El abuelo terminó trasladándose a Santiago, siguiendo a los estudiantes. Ella continuó en Copiapó, se hizo integrante de la Asociación Minera. En ese entonces, formó parte de la demanda porque el Estado creara una empresa de compra de los minerales, a precios justos y con métodos de muestreos confiables. El 5 de abril de 1960 lo lograron y ella comenzó a vender allí sus minerales, al mismo tiempo que se transformó en una dirigenta de la Asociación de Mineros de Copiapó.

***

Recuerdos

Yo no la conocí tanto. La recuerdo morena, de rostro alargado y muchas arrugas, orejas grandes, ojos cafés, pelo totalmente blanco. Murió cuando yo tenía 10 años y a pesar de sus ochenta, no recuerdo haber visto la fragilidad de la vejez en ella. Me parece que era una mujer alta, con rasgos indígenas, diaguitas tal vez, si me apuran. Nació hace dos siglos atrás, en 1899, en Tocopilla, según su certificado de nacimiento. No era una abuela cariñosa, que cocinara dulces y se dedicara a la limpieza o a cocer. Usaba siempre vestidos o faldas largas cuando no estaba de moda. Siempre utilizó su apellido de soltera en tiempos en que las mujeres lo perdían para llevar un “de”.

Los copiapinos

De niña, visité muchas veces su casa, la que quedaba al otro lado de la línea del tren, de hecho, estaba a sólo pasos de la línea férrea. Ese era el límite entre los copiapinos “en progreso” y la pobreza. Por el sector de mi abuela, las calles continuaban hasta que los cerros lo impedían. Todas sin pavimentar, ni red de alcantarillado, aunque sí de agua potable. Por allí las casas eran distintas unas de otras, algunas notoriamente precarias,  construidas a la medida de las posibilidades de sus habitantes. En el centro, en cambio, había casonas antiguas, con su porte decimonónico y viviendas modernas construidas en serie. 

Pero ella no era pobre. Tenía una vivienda hecha de adobes -ladrillos de barro y algo de paja-, que no se notaban ya que estaban revestidos con cemento y pintados a la manera de las casas del Copiapó que se modernizaba. El piso era de madera, un patio gigante en el que cabía tranquilamente un camión y un auto y aún quedaba mucho espacio. Su casa era espaciosa y hecha de una manera diferente a las poblaciones construidas en cemento, ladrillo o bloques del centro de la ciudad. Tenía la sensación que mi abuela sí estaba al otro lado. Al otro lado del mundo que conocía y en el que crecí. Y me costó años descubrir por qué.

***

1978. Recuerdo que de niña, algunas veces acompañé a mi padre y a mi abuela a dejar víveres a los mineros en el cerro. Hacíamos las compras en el supermercado, llevábamos las cajas al camión, nos subíamos y dejábamos atrás la ciudad. A los pocos minutos seguíamos por caminos de tierra que nos hacían saltar en el asiento, a veces de una manera extremadamente brusca. Ella nunca condujo, tenía para eso un hombre de confianza que la llevaba a todos lados en su camión verde, para mí gigante. Veíamos cerro tras cerro, los de mi tierra: sin ningún árbol, ríos, ni animales. Con el cielo eternamente azul intenso y rara vez una nube. 

Ella conversaba con mi padre

Gahona, el chofer, metía con fuerza los cambios de marcha, uno tras otro. Nadie en el camino. No había ninguna construcción a las lomas de los cerros, ni signo de que había mineros habitando el lugar. De vez en cuando, veíamos algunas piedras y cemento, señalizando una mina. Dimos varias vueltas más, hasta que llegamos a la mina de la abuela. Allí un par de hombres  bajaron del cerro a saludar. 

Luzmira se bajó con agilidad del camión y subió sin jadear. Mi padre y yo la seguimos. Los hombres se encargaron de bajar los víveres. El viento siempre se sentía fuerte por allá, soplaba en los oídos, el sol quemaba más fuerte que en la playa.  Entramos a la mina. 

—Este es un pique, no te sueltes de la mano de tu papá, porque es peligroso caerse ahí -me dijo al entrar. Nos pusimos cascos, que yo sólo podía mantener puesto afirmándolo con una mano. 

Seguimos a un minero, con su lámpara. Apenas me asomé al pique, un agujero profundo, donde sobresalían las escaleras que permitían subir y bajar a los mineros. Tenían un carro metálico, que llenaban de mineral, con rieles que les permitían conducirlo. Mi abuela conversaba con los mineros. Mi padre tomaba algunas piedras, las miraba y rescató algunas para analizarlas en casa.

Salimos. Afuera la luz era cegadora. Cuando recobré la capacidad de mirar observé el campamento. Eran tres piezas de madera y un espacio exterior techado. Allí dormían los mineros y comían.  Me impactaron sus tablas sin lijar, cero pintura, camas bastante cercanas, piso de tierra donde se veían y se sentían las piedras. Afuera estaba el tambor del que sacaban el agua, tapado con una tabla, al lado una mesa seguramente hecha por ellos mismos, con un mantel de ule y bancas de palo, las mismas maderas que unos metros más allá se arrumaban. Tenían un brasero donde reinaba una tetera tiznada completamente negra. Cada minero tenía su tacho, una jarra de metal donde tomaban el sagrado té. Todo tan distinto a la vida en la ciudad.

Una mujer madura, que me saludó cariñosamente, era la encargada de cocinar. 

Cuando la visita terminó, nos subimos al camión, pero ahora con un minero que le tocaba bajar, y volvimos a la ciudad.

***

Dolor en la «cancha»

Mi abuela conoció muchos dolores. Sé de uno que marcó para siempre su vida. Algo escuché de niña, alguna vez, pero ninguna de las personas con las que fui hablando a través de los años relataba este momento, tal vez ese intento humano de no recordar lo malo. Hasta que Cristina Grez, su nieta, me lo contó. No tengo certeza de si ocurrió en 1937 o 1938. 

Fue en la quebrada Jesús María, ubicada 15 kilómetros al sur de Copiapó, en una mina que estaba trabajando el matrimonio. Ella quiso ir, estaba conociendo los secretos del oro. Llevó a “Ernestito”, su último hijo. Tenía cerca de ocho años y era apegado a la madre y al montón de hermanos, algunos mayores, que lo querían como se ama a esa guagua que llega a alborotar el ambiente y a conmover los corazones El padre le dijo que lo dejara en casa. 

Estaba trabajando afuera de la mina, en la “cancha”, un terreno plano donde los mineros apilan las piedras seleccionadas extraídas del interior del cerro, cuando escuchó un estruendo que le paralizó el corazón. La mina había cedido. Es decir, los tablones que sostenían el hueco que dejaba la extracción no soportaron más y cayeron.

El final de un matrimonio

Y Ernestito no estaba a su lado. Corrió a la entrada. A los pocos pasos chocó con un muro de piedras en medio de una nube de tierra. Comenzó a sacarlas, a tirarlas con fuerza hasta que unas rocas gigantes la detuvieron. Gritó con todas sus fuerzas, pero estaba sola. 

Bajó corriendo el cerro hasta tomar el camino de tierra y siguió gritando por si alguien la escuchaba. Subió varios cerros donde se divisaban instalaciones mineras buscando alguien que la ayudara, pero no encontró a nadie. Entonces caminó hasta que sus zapatos fallaron, hasta que sus pies sangraron. No sé si continuó caminando las cuatro horas que separan a pie a la sierra de la ciudad, o si alguien antes la encontró y la auxilió. Lo que sí conservo de este relato es que desde que rescataron el cuerpo de Ernestito y lo sepultaron, el matrimonio entre Víctor y Luzmira también murió.

 ***

Mujer sobresaliente

 

He conocido a algunos que trabajaron con ella. Como Sergio Cortés, moreno, de ojos rasgados, pelo negro, rasgos indígenas y con muchos años de vida.

—Su abuela era muy “chucha”, perdóneme la palabra – me dijo años después, mientras se reía hasta con los ojos al recordarla.  

Hablaba de ella con cariño, ya que él venía sobreviviendo, después de haber sido dirigente sindical de una planta que fue, en los tiempos del gobierno socialista de Allende, expropiada y entregada a los trabajadores. Después del golpe militar de 1973 que acabó con los sueños de la vía al socialismo a través del voto, trabajar en las minas era casi su única opción. Allá donde no habría militares pidiendo identificarse. Y mi abuela fue alguien dispuesta a darle trabajo. Él me pedía disculpas por decirlo así, la describía buena para el garabato, poniendo límites, mandando como un hombre en medio de tantos.

***

Recuerdos de una ciudad minera

Otro recuerdo que tengo es en Calama, otra ciudad minera del norte de Chile. Me puse a conversar con un minero viejo, muy viejo. Estábamos en la plaza y yo hacía mi práctica como periodista. Cuando le dije mi nombre, mi apellido y que era de Copiapó coincidimos en la ciudad de origen. Entonces trató de indagar en si teníamos alguien en común -propio de los copiapinos antiguos, todos se conocían- y llegamos a mi abuela.

Había trabajado con ella y la definió como “tremenda”. La recordaba con cariño por haberle mantenido el trabajo, a pesar de algunas farras que lo hacían faltar. Dice que ella lo fue a buscar al lugar donde vivía, lo retó, lo aconsejó y a fin de cuentas, lo hizo volver al camino del trabajo. La suegra de una de mis primas, que la conoció bastante, recuerda que tenía un sólo vicio: jugar a las cartas. No fumaba, no bebía alcohol, ni iba de fiestas. Pero sí se reunía con otros a apostar. Me decía que perdió dinero en el juego. 

 Agrupación de pirquineras

Son muchas las oportunidades en que me he encontrado con gente mayor y terminan asociando y recordando a mi abuela. Una agrupación de pirquineras actuales dicen que se inspiraron en ella para comenzar. Así se les llama a quienes hoy todavía cultivan este tipo de minería artesanal, escasa en lugares donde predomina la gran minería con sus tecnológicas formas de extraer y llevar el mineral y la riqueza fuera del país.

Mi abuela y mi padre siempre discutían sobre política. Estaban de acuerdo en estar en contra de los militares, Pinochet y su gobierno. Mi abuela era Allendista, el presidente socialista derrocado por el golpe de Estado. Mi padre no.

Infancia y política

Pasamos con mi amiga por el frente de la plaza, íbamos a nuestras casas ya que habían suspendido las clases. Vimos un montón de gente al frente, muchos gritos, no entendíamos mucho. De pronto se llenó de humo, eran lacrimógenas y disparos y salió mi padre desde ese tumulto a buscarnos. Al fondo divisé la figura de mi abuela. Él nos llevó a casa rápidamente. Fue la única vez en mi infancia, con nueve años, que me asomé a la vida política de ambos. Durante el camino solo recuerdo silencio.

***

Allende y mi abuela minera

Tenía cerca de 18 años, mi abuela ya había muerto hace tiempo, cuando una vieja socialista, después de un acto político contra la dictadura, ofreció ir a dejarme a casa, por razones de seguridad. Subimos a su camioneta. Cuando le dije el lugar, curiosamente, sabía llegar. Cuando paramos frente a la puerta, ella no podía creerlo.

Era la casa de Luzmira Ponce. Así me enteré de otra faceta hasta entonces desconocida para mí de mi abuela. Fue socialista hasta el fin de sus días. Allendista, de esas que él visitaba en cada campaña cuando venía a Copiapó. De hecho la única foto que tengo en papel de ella, es en septiembre de 1970 celebrando la victoria de Allende en el comando. 

Kethy, la vieja socialista, me contó que estuvieron juntas en la resistencia, que al dividirse el PS mi abuela se quedó con la fracción de Almeyda, la más radical, la que validaba el uso de las armas, y que cuando comenzaron las protestas, ella ponía su camión a disposición y bajaba a sus trabajadores y a otros tantos mineros para protestar contra los militares. Y siempre estaba allí, en las protestas, organizando, resistiendo. 

Independencia y felicidad

Mi tía Fresia me cantó la marsellesa socialista recordando a su madre, mi abuela. Me sorprendió, porque ella nunca se interesó en la política. Me contó que su madre cuando era niña la llevaba a las reuniones, a los actos, a las actividades, ya que no tenía con quien dejarla. Fue la misma tarde en que aproveché de preguntarle si Luzmira Ponce había sido feliz, y ella me respondió que sí, después que se separó de mi abuelo, cuando trabajó minas y se hizo independiente.

Luego conoció un minero del que se enamoró, vivieron juntos hasta que él murió a los pocos años. No se casaron y fueron felices. Mi tía recordaba que fueron socios explotando minas, que se le veía muy contenta con él. Que después de aquella muerte nunca volvió a verla tan feliz. 

«Abuela querida»

 —Mi abuela era muy querida, tenía mucho bla bla. La llevaban a la radio, porque era la voz de los pirquineros – me cuenta Cristina, mi prima, recordando que en sus últimos años casi todos los días almorzaba en su casa-  me acuerdo que cuando no nos apurábamos para comer nos pegaba en el plato, eso nos daba rabia a todos. ‘Coma, coma, coma’, nos decía. Para los años nuevos era lloronaza, ‘este es el último año que voy a estar con ustedes’ nos decía, nosotros le contestábamos, ‘no, abuelita’. No hablaba mucho de las minas, porque a mi mamá no le gustaba que anduviera en el cerro, porque lo encontraba tan sacrificado para la edad que tenía.

 Espíritu indomable

Creo que mi abuela era una mujer salvaje. Ese fue, para mí, su mayor atractivo. Dicen que uno de sus hijos lo tuvo sola, sentada, ella misma lo recibió y cortó el cordón umbilical. Lo limpió y lo acurrucó. Y a las pocas horas estaba de nuevo cocinando. Me gusta ese espíritu indomable que a pesar de los tiempos machistas la llevó a hacer su propio camino. Algo muy distinto a lo que se esperaba de una mujer.

Nunca se dejó encerrar en las convenciones sociales, las desafió con su trabajo, con su separación, con trabajar en una mina y se ganó un lugar en la sociedad de su tiempo. Todo eso la hacía estar del otro lado, esa es la sensación que sentí al cruzar la línea y llegar a su casa y ver una forma de vida invisible para la sociedad copiapina que quería y aún hoy quiere ser moderna.  He tenido que descubrirla para rescatar esa herencia, mirar con orgullo el pasado minero artesanal y preguntarme qué hay de ella en mí. 




NOTA: quise poner esta crónica aquí, en mi blog, para que puedan leerla fácilmente quienes lo deseen, especialmente en el Día de la Mujer, como un homenaje a ella y a todas las mujeres que nos han abiertos los caminos, como lo hizo Luzmira en el mundo de la minería y del trabajo y de las convenciones sociales, también. 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Me publicaron en el medio argentino Escritura Crónica




Puedes leerlo aquí: https://escrituracronica.com/

La historia es así: cursé un taller de periodismo narrativo con Agustina Grasso, y el resultado fue esta crónica sobre Luzmira Ponce, una mujer que desafió las convenciones de su época, incluida la de no ingresar a las minas y llegó a dirigirlas. Además es mi abuela. Así que fue un trabajo intenso emocionalmente también, donde me interrogué qué hay de ella en mí. No les cuento más, para que les despierte la curiosidad y se animen a leerla.

https://escrituracronica.com/luzmira-ponce-una-mujer-de-las-minas-de-chile/

También hicimos un vivo en instagram, que pueden revisar en el sitio @escrituracronica



domingo, 20 de septiembre de 2020

18 en pandemia


Es 18 de septiembre. En realidad 19, para ser más exacta. Es que estos días celebramos las fiestas patrias y uno generaliza con lo del 18. Estar “endiciochado”, se dice, por ejemplo, de quien se ha dedicado a asados, empanadas o bebidas alcohólicas abundantes en este período en que casi nadie trabaja en Chile porque estas fechas se transforman en unas pequeñas vacaciones, propiciado por las escuelas y universidades y variados tipos de empresas que cierran sus habituales cortinas hasta por una semana entera los más patriotas.

Pero este año es distinto porque estamos en pandemia.

En los tiempos de normalidad, caminar en estas fechas por las calles de mi ciudad era escuchar cumbias, alguna que otra cueca, reguetón, trap, oler el humo proveniente de las parrillas con sus respectivas carnes asadas. No exagero. Puede faltar la música, pero el humo acusaba casa tras casas que es hora de fiesta, de reuniones de amigos, amigas, familiares en torno a la parrilla. En las poblaciones y en los barrios de clase media es así, aunque ignoro cómo ocurre en las clases acomodadas, parece que los de allá no viven en Copiapó. Esos hace siglos que se marcharon.

La gente acudía a las ramadas, improvisados negocios que armaban con palos, planchas de maderas o latas sobre el principal parque de Copiapó, donde vendían cazuelas de ave, costillar asado, fierritos y carne a las brasas, además de algún puesto Colla donde el cabrito hecho a la usanza de la cordillera y el cordero siempre destacaba. Desde allí esparcieron como un virus sus churrascas -especie de pan plano hecho a la parrilla con fuego suave- que se volvieron infaltables en todo paseo público, fuente de sustento de mujeres que las venden en algún parque, plaza o recodo del camino.

Ahora el parque está cerrado y en remodelación.

Recuerdo el año pasado. Fuimos en familia a encontrarnos con otros familiares. Caminamos entre la gente, en medio de un poco de polvo que no alcanzó a molestarme. Tomamos un terremoto, en vaso bien grande, de medio litro y con vino dulce de la viña Fajardo, ese es mi favorito, con granadina y unas cuatro bolitas de helado de piña. De la misma viña ubicada unos callejones de distancia de nuestra casa, que nos abastece cada 18. Para mi hija, ofrecían reemplazando el vino con bebida gaseosa.  La variedad de este tipo de tragos es amplia, agregándole otros licores de mayor graduación, que le han dado fama de “pillador”, claro y eso que los chilenos estamos acostumbrados a los movimientos sísmicos. Un terremoto no nos hace perder el sentido.

Ese 18 el espectáculo comenzó temprano. Pude ver a los Walitrokes, conjunto local, sonaba bien esa combinación de rock con percusiones, brass y bases andinas. Más tarde, después de unas churrascas, conversa, saludos con tanta gente que te ibas encontrando, abrazos incluidos, nos situamos en un lugar lo más cerca posible del escenario, pero no había mucho espacio. Parecía que toda la ciudad estaba allí. Tanto que cerraron las puertas. Entonces aparecieron Los Jaivas, ese increíble grupo que lleva más de cuarenta años mezclando la guitarra eléctrica con los ritmos nortinos, cantando alturas de Machu Pichu, el poema de Pablo Neruda, como un himno, como ese Todos juntos que en ese minuto tomaba más sentido, mientras un ahora más amigo, de pronto mi vecino en el menos de metro cuadrado que compartíamos me ofrecía de lo que tenía, un vaso con terremoto, cerveza o piscola, ya no recuerdo. Yo me dejaba llevar por la música, por la batería de Juanita Parra, por la nostalgia ante la ausencia del Gato Alquinta en las notas más altas, un tanto apretada en esa marea amistosa cantando “amor se nos va la vida” como si de verdad se me fuera la vida en cantar con ellos.


Como casi siempre, terminé muy cerca del escenario. Recuerdo que me sentí privilegiada de estar allí en ese momento, contenta, en el final de esa fiesta colectiva llamada dieciocho. Hoy lo recuerdo desde mi casa, en familia, sin todos esos amigos, amigas, conocidos, rostros queridos circulando. Me pregunto si volveré a tener momentos como ése. Con tanta compañía. De formar parte de una masa.

No puedo quejarme, ha habido asados en casa, terremotos, hasta un encuentro vía zoom con los amigos del taller literario y video llamadas con familiares y amigos más cercanos. He disfrutado del relajo y de una natural alegría, a pesar de que brindamos por quien ya no está con nosotros. Sobrevivimos en medio de este escenario en que la incertidumbre se ha vuelto más presente cuando es mejor no pensar, no proyectar, concentrarte en cada día y respirar porque estamos vivos, con trabajo, alimentos, bastante sanos. Aunque no sepamos como será el próximo dieciocho. Sólo espero que haya alegría y suficientes terremotos.



Gracias a las bellas fotos de ese recital de Javier Altamirano.


viernes, 24 de abril de 2020

Cultura Online


Trabajo en una fundación cultural que ha tenido que adecuarse a los tiempos que corren, mucho más de lo que jamás habíamos imaginado. Durante octubre en adelante tiramos abajo toda la cartelera -difícil de ejecutar en ese escenario por cierto-  y transformamos la programación  para participar en marchas, asambleas, cabildos y actividades de resistencia. También algunas de contención, ya que no eran tiempos fáciles y las emociones y sobresaltos también abundaron.
Fue poner nuestro trabajo a disposición, como sentíamos que éramos más útiles, en un proceso donde muchos otros artistas actuaron así desde sus diversos espacios. Con esto quiero decir que no fuimos los únicos que nos organizamos para hacer una acción de arte en medio de una marcha y que muchas veces nos unimos con otros artistas y colectivos trabajando juntos. Fue una reacción de muchos de este ámbito.
En marzo estábamos partiendo el año con bastante optimismo, algunos proyectos adjudicados que hacía prometedor el 2020 y como siempre, aún faltaba recursos para completar algunas de las actividades, pero eso es parte de nuestro panorama cotidiano. Hasta que nos llegó la peste llamada coronavirus, con la suspensión de clases, luego cuarentenas y todo lo que hemos visto, incluyendo la instrucción desde el Ministerio de las Culturas de paralizar todo proyecto Fondart, cuando partíamos con dos. Además, dos de nuestros programas se llevan a cabo en escuelas y liceos. Todo lo demás consistía en hacer funciones o actividades donde las personas asistían a un lugar. En resumen, todo paralizado. Al menos como lo conocíamos hasta entonces.
Hicimos una reunión de emergencia y decidimos trabajar en lo planificado para los próximos meses. Y pedir permiso al Ministerio de las Culturas para empezar con los talleres -proyecto Fondart- en abril, vía online. Entre medio sabíamos que en el mundo de los artistas esto venía como una bomba, ya que algunos vivían de los talleres por los que cobraban, de los que hacían en establecimientos educacionales, proyectos fondarts paralizados o locales en las mismas condiciones.
El espíritu artístico o inquieto nos llevó a mantenernos en actividad constante en nuestras redes sociales y nos sumamos al verdadero estallido de liberación de contenidos que entonces ocurrió: libros, películas, obras de teatro, museos, documentales y luego tímidamente clases abiertas y charlas que comenzaron a hacer artistas y centros culturales. Fue un poner a disposición lo que teníamos con el ánimo de contribuir a que las personas se quedaran en casa y tuvieran más alternativas de ocupación del tiempo.
Ahora, que el mundo es plano como dice Caparrós aludiendo a que lo vemos desde nuestras pantallas de celulares, tablets o computadores, desde la Fundación Proyecto Ser Humano partimos con las  clases online en diversos formatos, de acuerdo a las posibilidades de los talleristas, tanto de conexión como de grabación así como las necesidades de la disciplina que imparten. Estamos aprendiendo y está resultando. Es alentador ver a la gente inscribiéndose en un formulario online, reproduciendo videos, reclamando porque no les ha llegado el enlace para la clase vía zoom.
Probablemente cometeremos errores o posteriormente se encontrarán otras formas de utilizar mejor estos formatos para la cultura y las artes pero por mientras el virus fue un empujón que nos está llevando de lleno al siglo XXI. A buscar nuevos públicos, nuevas formas de hacer y probablemente nuevas prácticas. Antes usábamos las redes sociales para invitar a las actividades, para reunirnos, para encontrarnos, es decir lo que conocíamos como encontrarnos es decir trasladar nuestros cuerpos a un mismo lugar físico. Ahora nuestros cuerpos se quedan en casa, como una forma de protegerlos ante el virus mientras gracias a internet y una serie de dispositivos nos juntamos a la distancia, nos encontramos en nuestras imágenes, nuestras voces, pensamientos. Todo eso, menos la materialidad de tocarnos. 
Ahora desde el gobierno empiezan a hablar de asumir una nueva normalidad, que parece querer decir aprender a circular con la amenaza de la pandemia, con muchos nuevos cuidados, mascarilla permanente, distanciamiento social lo que probablemente hará imposible o indeseable juntarnos en un teatro, en un taller presencial o en un evento durante bastante tiempo. Pienso que la seguridad volverá recién cuando exista una vacuna. Entonces los desafíos serán como sostener esta actividad para quienes son trabajadores del mundo de la cultura y las artes, para que podamos seguir solventándonos en este nuevo escenario en el que estamos. Porque hay cambios que no tienen vuelta atrás.

lunes, 6 de abril de 2020

El virus sigue ahí



Levantarse es tan distinto desde que entramos en cuarentena. Cada día me despierto y el no salir, hace que los días sean tan parecidos. Algo está quieto, amenazante, allá afuera, sólo que falta la música de fondo, la misma que en las películas de terror te avisa que ya viene. Pero no viene. O parece que no. Sólo al medio día, cada día, el Ministro de Salud cuenta los contagiados, los muertos, los recuperados.
Al quedarme en casa, entendí que mi labor como periodista era pasar a modo online, traspasando las tareas de la fundación cultural en la que trabajo a los sitios institucionales y redes sociales que poseemos, al mismo tiempo que difundimos medidas de prevención e información útil para este escenario. Y me hice rutinas para funcionar, señales de ruta para no perderme en la sensación de que algo de esto no es tan real como cuando salíamos a la calle. Una de ellas es leer muchos medios de comunicación, primero de la zona, después los nacionales, luego España para volver a aquellos que tratan en forma más global a Latinoamérica. Dejo los columnistas y pensadores para la tarde o la noche, es decir mi tiempo libre. Rara vez prendo el noticiero en la televisión en la noche, porque ya quiero descansar. Es que las noticias son bastante malas por estos días.
He visto charlas y leído presentaciones respecto a cómo contribuir desde las comunicaciones a este período en el que no tenemos referencias, más que las de Shakeaspeare encerrado escribiendo durante una peste, la de “La máscara de la muerte roja” escrita por Poe seguramente de oídas, pero en este siglo o en el pasado no habíamos escuchado relatos de nuestros padres o abuelos de que por un virus la única solución fuera quedarse en casa y tantos al mismo tiempo. Encerrados. Semiparalizadas las ciudades y el comercio. Aunque en Copiapó, según me dicen, todavía hay porfiados que caminan por los parques, la plaza y comercios no indispensables que abren. Mi vecina trabaja en una multitienda en pleno centro de la ciudad para una empresa de telefonía celular y me cuenta desde la reja que los fines de semana está lleno. No sé por qué ese retail está abierto, si los malls y centros comerciales están todos cerrados. Será porque la cuarentena no es obligatoria, después que el decreto municipal fue desacreditado por la contraloría argumentando que en época de catástrofe sólo el jefe de zona -militar por cierto- puede tomar esa decisión. El toque de queda sí lo es.
No tenemos experiencia en esto de estar encerrados. Y sólo en las miles de películas distópicas o en aquellas que advertían de alguna catástrofe tipo apocalipsis zombi o plaga habíamos visto algo así. Cuando nuestra normalidad se detiene abruptamente. Queremos aferrarnos a algo, que nos recuerde ese antes y ahí está internet y sus múltiples opciones, que ya practicábamos pero ahora es diferente. Seguimos viviendo socialmente a través de las redes sociales. También usamos el celular para llamar a los más queridos, saber cómo están, acompañarnos. En la oficina hacemos reuniones virtuales. Mi hijo tiene clases de la universidad a través de una plataforma donde el profesor pasa lista mirando la pantalla. Mi hija extraña las visitas de las amigas y las salidas al mall, pero por lo demás en su pieza tiene su centro de operaciones con su smartphone, usando pantallas o chat, habla con sus amigas y amigos, a veces grupalmente, juega de vez en cuando en el computador familiar, mira y aprende con una habilidad que a mí me admira, bailes en tiktok pero sin nunca publicar uno propio. Si sus profesores fueran más avezados en la tecnología, sin dificultad seguiría clases virtuales, pero sólo ha recibido guías a responder. Para ella, lo online es parte de su vida.
Recuerdo que me llamaba mucho la atención como se saludaban con las amigas al encontrarse durante el verano. Con un beso en la mejilla, a veces un abrazo, expresión de alegría en la cara y seguían de largo. En mis tiempos de juventud -y aún hoy- los amigos y amigas parábamos un buen rato a conversar, preguntar que ha sido del otro. Pero en su generación sólo se miran, se rozan brevemente y siguen de largo porque la conversación la dejan para el whatsap o el Instagram.   
En esta pequeña ciudad, en la que los memes bromean respecto a que “dicen que Copiapó es feo, sí, lo es, no vengas” respecto a críticas que normalmente irritan a la gente de acá, pero que ahora no nos molestan. Sin embargo, la riqueza presente en la cordillera hace que trabajadores del sur del país, incluso provenientes de zonas con cuarentena obligatoria y cordones sanitarios sigan viniendo, a pesar del tímido “por favor” del ministro de minería y del intendente de la zona solicitando a las mineras que detengan esta circulación en tiempos de pandemia. Pero los buses especiales no han parado ni los salvoconductos para esos trabajadores fundados en razones laborales. Porque a las mineras transnacionales nunca les han gustado los mineros de la misma zona.
Aquí, la pandemia aún no se ha expandido. Las cifras oficiales hablan de seis casos positivos en la región, ahora que estoy escribiendo en el mes de abril, sin muertos y con un laboratorio en el territorio procesando los exámenes. Pero no podemos confiarnos y gran parte de la población que puede hacerlo, está en sus casas.
Leo una columna de un astronauta con sus consejos para mantenerse encerrado. Recibo un informe sobre la falta de suministros para el sistema de salud para cuando venga el peak del brote, es decir lo peor y da susto. Veo gráficos con las curvas, la logarítmica que nunca antes había conocido con los contagios y está un poco mejor para el país mientras la del tiempo de duplicación da una tranquilidad relativa con un 7,1 días, cuando antes era de 3. La cuarentena está ayudando.
Hago un curso con una cronista argentina, planificado desde antes. Casi no tengo tiempo libre porque tengo muchos quehaceres, trabajo desde casa, hago informes, redes sociales, varias tareas de casa aumentadas con el protocolo europeo, tranquilizo a mi octogenaria madre, comparto con mis hijos, mi pareja, trato de cada día hablar con algunos de mis otros seres queridos que están encerrados en sus casas.
Pero siempre llega la noche. He visto muchos procesos de negación. Es esa incapacidad para ver y procesar algo, porque es muy doloroso, porque te da miedo, porque no estás preparado. Entonces tu cerebro no lo ve, o hace como que no está ocurriendo, para seguir en la vida como te acomoda, no como en realidad es. Algo de eso supongo que hay en esa sensación de irrealidad que tienen estos días, en esa gente que sale como si nada pasara o como que el coronavirus no lo va a alcanzar.  A mí no me alcanza para negar, pero sí para evadir y cada noche mi receta es una serie tan apasionante que me olvido de todo. Hasta que al día siguiente despierto y constato que el virus, como en el cuento de Monterroso, aún sigue ahí.