lunes, 18 de junio de 2018

Una obra que sorprende


  • Segunda función de La bella y la Bestia por Compañía Los Conejitos de Coanil.

Están impacientes porque sea la hora y comience la obra. Sus profesores se preocupan de cada detalle, hasta que inicia el ingreso de la sala los estudiantes de kínder y prekinder de la escuela Mi Estación de Paipote y luego los terceros básicos del Colegio Estación. También hay una decena de apoderados y la sala se ve llena. Las luces se apagan y comienza el espectáculo, salen los primeros actores, contando como un príncipe fue convertido en bestia en castigo por su egoísmo y todo el castillo encantado, otro cuadro nos muestra a la desadaptada Bella.
Estamos en el salón de minera Kinross, que cada viernes se abre a la comunidad para recibir estudiantes de escuelas de Paipote como también del resto de Copiapó, en un programa de la Fundación Proyecto Ser Humano llamado Culturarte, que busca educar a través del arte. Y esta es la segunda función de “La Bella y la Bestia”, una obra basada en la última versión del clásico cuento de hadas hecho por Disney, con la interpretación de los estudiantes de la escuela especial “Los Conejitos” de la Fundación Coanil. Yo trabajo como encargada de comunicaciones para esta Fundación.
Los textos de los personajes  son voces grabadas y los niños modulan, actúan, y aparecen vestidos de acuerdo al personaje. Con total desplante aparece bella, aldeanos, las diferentes escenas se suceden alternadas por canciones, algunas de la banda sonora, otras adaptaciones de canciones de moda que los niños y niñas aprovechan para hacer coreografías. Algunos hacen su papel en una silla de ruedas, como el malo de la película, otros las usan  para bailar con ellas, girar y hacer figuras coreográficas ayudados por sus profesores.
El vestuario de la obra es increíble, tetera y tazas que cubren el cuerpo, el mayordomo tiene las llamas en sus manos y un traje muy parecido a su modelo, así como la bestia y el ensoñado vestido de Bella a la hora del baile, que resulta ser un momento mágico. Los niños que están en el público ríen, cantan, aplauden después de cada baile. La obra no decae.
Termina la función. Alfonso Silva, encargado del programa, los felicita y da paso al profesor a cargo, Paulo Cifuentes -quien además es coreógrafo-, quien le cuenta al público: “para nosotros como comunidad Los conejitos es tremendamente importante poder salir y mostrar el trabajo que hacen los chicos, quienes somos como comunidad. Esta obra fue escrita con mucho amor por todo el equipo  de la escuela, gracias al apoyo de la directora Patricia Suazo, de los apoderados,  pudimos diseñar los vestuarios de cada uno, es una obra que ellos mismos eligieron, los profesores grabamos las voces”.
Es la hora de las preguntas por parte de los niños y niñas, las que se suceden con entusiasmo, como cuánto ensayaron, como se cambian tan rápido los trajes, quién es el más joven, todas hechas con respeto y sólo una alude a su condición. En esta era de lo políticamente correcto dudo cuál es la palabra adecuada. ¿Personas con discapacidades? en este caso mentales, muchas de ellas acompañadas de consecuencias físicas, aunque sé que varias organizaciones prefieren que se les diga personas con capacidades diferentes, ya que las tienen, es como ponerlo en positivo viendo la parte del vaso lleno. La memoria de algunos autistas, el olfato de algunas personas con ceguera, la capacidad de sentir las vibraciones de quienes padecen sordera, son algunos ejemplos.
De hecho, esta obra es una prueba de sus capacidades, la de actuar, asombrarnos, sacar una sonrisa o una carcajada del público e incluso de emocionar. Eso contiene tantas habilidades y aprendizajes: recordar, mover su cuerpo siguiendo las coreografías, saber las entradas y salidas en el escenario siguiendo un ritmo que dura cerca de una hora. Y una destreza escaza: la de ser capaces de mostrarse ante un público.
“La educación artística permite abordar, cuestionar y enfrentar múltiples discriminaciones por cuanto es consustancial al desarrollo del pensamiento crítico; es también -comprobadamente- un dispositivo de desarrollo de habilidades múltiples. Y porque, entre otros valores, la formación artística es una oportunidad de encuentro humano en torno a la creación” leo en una columna de Loreto Bravo que cuenta la experiencia de trabajar educación artística en escuelas poniendo el énfasis en el valor de la diferencia.
En la columna, Loreto reflexiona: todas las personas somos distintas pero esa diferencia produce desigualdad social. Intento aterrizar el resto de su pensamiento en palabras comunes: ocurre producto de que existe un modelo de normalidad que se impone,  que excluye a los que no cumplen con ese patrón,  justamente por ser distintos al modelo impuesto. Miro el rostro de una adolescente down, caracterizada como una campesina europea de siglos pasados y es bella. Me pregunto qué le pasa a los espectadores.
EL PÚBLICO       
Yamilet Veliz, parece la madre de una de las protagonistas, pero en realidad es su sobrina. Le pregunto antes de que se vaya de la sala qué siente al ver la obra. “Me emociono porque ha superado mucho de lo que ella era,  antes no trabajaba, no participaba, y ahora sí. Ha avanzado mucho”, me dice.
Una profesora del público,
me comentó que  ella se sintió gratamente sorprendida al  ver la obra, porque no tenía ninguna idea de que pudieran hacer algo así. Ahora tiene una imagen muy distinta de lo que pueden lograr personas con discapacidades.  Yarela Salinas es estudiante de tercero A del Colegio Estación, y se acerca porque quiere que la entreviste. Me explica “me gustó mucho la obra, porque era divertida y me gustaron las canciones.  El personaje que más me gustó fue la bestia, porque nosotros igual hicimos una obra en nuestro colegio y mi papá fue la bestia”. Para ella no fue tema que sean estudiantes de una escuela especial.
En cambio sí lo fue para su compañera Verónica Mesa, “me gustó  la bestia con la bella cuando bailaron… le salió muy bonito y yo lloré, porque me dio pena, porque a mí no me gustaría tener eso y ellos aunque tengan diversas discapacidades igual tienen que seguir luchando”.
Y ahí en estas opiniones veo  la capacidad del arte de producir ese encuentro, de ayudar a aceptarnos diferentes, a comprendernos y darle valor a eso de ser distintos, con discapacidades y capacidades. Suerte que esta compañía ganó un proyecto para producir una nueva obra, un FNDR cultura. Así que tendremos más posibilidades de  aplaudir a estos niños, y niñas y jóvenes de la Compañía de Teatro de Los Conejitos.
NOTA
Esta crónica, con algunas modificaciones leves, fue publicada en Diario Atacama:

jueves, 31 de mayo de 2018

domingo, 27 de mayo de 2018

Escribir en primera persona


Hace un buen rato que me vengo escapando de la primera persona al escribir crónicas, incluso en la literatura. A veces quisiera hacer como Juan Luis Martínez, que optó por tachar su nombre, pero aún así se leía...con el fin de que sean las voces de otros las que hablen. Que ellos cuenten la historia.
Pero me encontré con una presentación de Martín Caparrós que hace un tiempo atrás ya había leído, pero no recordaba si había visto el video de registro, así que puse play y me encontré con esta joya... luego de que con la muerte de Tom Wolfe revivieran algunas de sus publicaciones sobre la crónica y el nuevo periodismo y entonces el abuelo, a modo de balance e incluso de autocrítica, opinó que hubo algo así como una sobredosis de primera persona en todo ese movimiento que hasta el día de hoy nos acompaña; la frasecita me quedó dando vueltas...
Y ahora la tarjo. Porque sí, hay que escribir en primera persona, incluso directamente también registrar lo que otros dicen. Caparrós tiene razón, develemos que es una persona la que escribe, pongamos luz sobre la humanidad que es parte del texto, esa humanidad que está llena de biografía, historia, contexto, paradigmas de la época y las miradas del mundo de su autor, incluidos sus cariños y valores. Y también, por cierto, sus cegueras.


sábado, 26 de mayo de 2018

Cuando conocí a Pablo Azócar

Algunas vez leí "Natalia" de Pablo Azócar. Era adolescente y me mostró un mundo que no conocía -mucho más liberal y bohemio,  pero también le puso palabras a mis sentimientos durante bastantes años. Me divirtió, quise también ser Natalia, la protagonista, pero más bien me parecía a Lucía en eso de andar leyendo y escuchando música y diciendo cosas que en ese entonces a mí me parecían inteligentes. 
Luego leí  su libro de cuentos "Vivir no es nada nuevo" y volví a caer rendida ante su pluma, sin saber muy bien qué era lo que me enlazaba a esa mirada de mundo, a esa sensibilidad, a esa prosa a ratos muy directa, otras en cambio completamente poética. Iba desde temas políticos, el exilio, el  continuar batallando con los asesinos impunes en democracia, hasta el amor y el desamor, el escritor olvidado por la editorial, relatos policiales, suicidas, locos. 
También encontré ese libro difícil de catalogar que es "Pinochet epitafio de un tirano", de ámbito periodístico en el que escribió cosas que nadie quería decir por esos años en este país, por ese acuerdo en el que todos los editores de los medios supervivientes suscribían, de no molestar mucho, no decir mucho, censurar palabras como dictadura, opiniones, en ese llamado que sentían a "cuidar la democracia" y que demoró muchos años en romperse. Pablo estaba de vuelta en Chile y no encontraba ninguna razón par seguir ese juego, si no todo lo contrario. Cuarto Propio se atrevió con el texto. Hoy es imposible de encontrar pero creo fue un aporte para las generaciones más jóvenes de ese tiempo.
Pablo escribió Natalia y se fue de Chile. Se ganó un par de premios y me parece que no vino a recibirlos. Me daba la impresión que no quedó demasiado conforme con ese libro con el que Planeta comenzó a publicar a la nueva narrativa chilena. Es más, años después cuando regresó, se extrañó que el libro se hubiera conservado, que fuera conocido en el mundo universitario, que se hicieran lecturas. Una vez vino a Copiapó presentando su nuevo libro a una feria, lo entrevisté y conversamos un buen rato, recuerdo que le conté que su novela también era de culto en el norte, que al menos yo lo había vivido y tenido noticias en La Serena, Copiapó y Antofagasta. Años después se atrevió a reeditarla, porque hasta entonces la edición era traspasada en fotocopias y libros usados de esa única edición de 1990.
Bueno, todo esto para decir que es un escritor que me ha marcado. 
Tuve la suerte de conocerlo mejor años más tarde. Cristian, mi pareja, por ese entonces tenía una fluida relación con Cuarto Propio y le ofrecieron traerlo a Copiapó, ya que Pablo estaba presentando su último libro de poemas, que, por cierto, es magistral. Ya sé, hoy escribo como fan y cercana, incluso amiga, pero si debo hacer un comentario literario puedo fundamentar la misma opinión sobre "El placer de los demás". Pedimos alguna colaboración al Consejo de Cultura, que se puso, y no recuerdo con qué otros aportes y un presupuesto por cierto muy modesto, logramos hacer un taller literario para escritores una tarde de sábado, un café, la presentación de su libro y, por cierto, una salida nocturna.
En la presentación Frascisco Quiroga tocó la guitarra acoplándose a la lectura de la poesía de Azócar, Sergio Gaytán hizo una breve reseña crítica, Cristian y la editorial hablaron de su carrera literaria y del libro. Le conté que estaba escribiendo un libro sobre historias de periodistas y me pidió que le contara más. En el taller leí un pedazo de uno de los textos y me recomendó "que la periodista no se coma a la escritora", consejo que hasta el día de hoy debo velar por seguir.
Más tarde tomé un taller literario con él, como de cinco o seis meses, de una sesión por semana donde revisábamos mis trabajos, me recomendaba autores, corregía, hablábamos un poco de la vida y se transformó en un maestro. Yo había dejado mi trabajo de ese entonces y trataba de combatir la enfermedad de mi hijo mayor, en uno de sus peores momentos, a eso me dedicaba por esos días, con un gran estrés, y el único rato en que me abstraía realmente de tanta cosa, era escribiendo en las noches y en el taller con Pablo. Debo aclarar que las sesiones las hacíamos por skype, él en Santiago y yo en Copiapó.  Fue de una gran generosidad para compartir conmigo como en algunos momentos dolorosos o difíciles para él la literatura había sido una brújula, eso de apretar las manos, poner la espalda firme, la mirada en la pantalla y asumir la postura del samurai y escribir. Eso hice muchas veces.
Ahora he perdido el contacto con él, hecho que por cierto lamento, pero supongo que alguna vuelta de la vida nos permitirá a retomar el contacto. Espero volver a leerlo pronto, si quiere escribir, como periodista o escritor, porque sigue siendo uno de mis autores favoritos aunque actualmente no se hable mucho de él, con su activa colaboración porque prefiere el bajo perfil. Hoy rescato esta imagen. La construí con una frase que anoté con un consejo que un día me dio, al comentar un error en un texto, y que anoté en una esquina del cuento que ese día corregíamos:

Pd; Debo decir que el lenguaje de género lo agregué yo, para que sirva más, porque en el momento fue una frase dirigida a una mujer. .

Alejandro Zambra escribió:


martes, 3 de octubre de 2017

Comunicación mass media II


Y es que estaban en la mesa, todos reunidos como buena familia, y no es porque a ella Jung la haya deslumbrado en sus años de estudiante universitaria, juro que eso no tenía nada que ver en el almuerzo, sólo era la tele prendida, como fluyendo sola, ella comiendo mirándolos a todos esperando el piropo por su chapsui que esta vez sí parecía verdaderamente chino, como de restaurante de esos servidos por la señora de ojos rasgados que deja al nieto que apenas se asoma por la mesa a pedir la propina, regañándolo en chino; y el adolescente que todavía no se convence que su cuerpo es el de ahora, tan alto, concentrado en la comida, para hablar luego, así que mastica y mastica mirando a los demás con ganas de comenzar a hablar pero la comida está tan rica que mejor… y la pequeña con su guata de pajarito, riéndose a cada rato buscando razones para dejar de comer hasta que papá comienza la conversación, y de repente una palabra trivial como micro, y en la televisión micro con una imagen que a él lo congela.
-Otra vez la tele lo hizo.
-En realidad no puede ser casualidad tantas veces.
-Es que la tele quiere conversar contigo, papá -dice la pequeña, porque a ella la razón y las causas consecuencias acostumbradas aún no le limitan las explicaciones.
-Sí, hija eso debe ser.
-El problema es que ninguno de nosotros entiende que te quiere decir la tv –dice el adolescente sin que a nadie le importe si es en serio o si la sonrisa medio ladeada es más bien muestra de escepticismo.
-En realidad yo tampoco entiendo un carajo, son palabras inconexas, siempre una coincidencia que no hay forma de calzar.
-Es que lo importante no son las palabras, es el hecho – dice la mamá como tratando de enchufarse en un mundo mágico en el que claramente se siente extraña, con algo de razón a lo que no puede entrarse desde las causas consecuencias, ni siquiera leyendo a Einstein y su desconfianza con los dados, Macluhan o Planc.
-Debieras transformarte en un detective del intento de conversación –dice el adolescente ahora completamente serio.

Y entonces ese padre  se dedica una semana completa a escuchar la televisión, a revisar la internet escuchando desde una separación, con una libreta en la mano y entonces no pasa nada, como si antes sólo hubiera delirado. Ni una sola palabra que le regalara. Así que se da por vencido, diciéndose que basta de ser tan cronopio, mejor dedicarse a las cosas concretas, escribe en la libreta mientras la tira al basurero de la cocina, cuando el noticiero anuncia que ha subido el precio del cemento y hay nuevas formas de hacer el concreto, y la libreta irrecuperable, piensa si podrá recordarlo y va a buscar un cuaderno perdiendo las imágenes y la paciencia al mismo tiempo. 

lunes, 2 de octubre de 2017

El amor, la tragedia y el barro en Chañaral

Por Christian Palma 

Dedicada a Guillermo Sepúlveda

Los días previos a la tragedia, Delia Vega no recordaba haber soñado por las noches. Por más que se esforzaba, no lograba traer a la memoria alguna imagen colgada en las esquinas perdidas de su subconsciente.
- Sabes, Guillermo, hace días que no tengo sueños, me acuesto y despierto cuando ya es de día. Como que cerrara y abriera los ojos inmediatamente. ¿Raro no?
- Es que no tienes preocupaciones, deberías estar feliz que duermes de corrido. Yo, en cambio, hace rato que tengo unas pesadillas donde el cielo está muy rojo, debe ser el calor que me está afectando, porque grandes preocupaciones tampoco tengo.
El diálogo se cortó con los murmullos de los vecinos que gritaban que se “venía” el río Salado. Era un comentario habitual que los antiguos habitantes de Chañaral conocían de memoria. Cada cierto tiempo, el famélico estero crecía con los deshielos en la cordillera y su caudal bajaba con más intensidad hacia la costa.
No había de qué preocuparse, tras los aluviones del 87 y 91, principalmente, se habían tomado resguardos y las autoridades competentes construyeron algunas fortificaciones para encausar las aguas.
Además, recordaba Guillermo, no hace mucho una empresa reconstruyó la carretera frente a la playa. Estaba absolutamente seguro que habían tomado en cuenta el historial hídrico de Chañaral para esas labores.
- Gordita, y si vamos a ver el negocio mejor, mira que está justo por donde baja el río y se nos pueden mojar algunas cosas.
- Bueno, chatito, pero tomémonos un café antes.
- No, vamos de una carrera, miramos cómo está todo y nos devolvemos para que me hagas unas tostadas con palta, ¿quieres?
Faltaban unos minutos para las 8 de la mañana. Delia asintió sin reclamar. No tenía hambre, pero sí mucho calor. Apenas se sentó en el furgón que había comprado junto a su pareja para atender el negocio de confites que crecía día a día, abrió su ventana. La temperatura era desesperante.
Unas frías gotas de llovizna mojaron su mejilla derecha y se sintió más aliviada. La tranquilidad fue total cuando vio que si bien corría abundante agua hacia la Costanera, su negocio estaba seguro.
Observaron con calma que las clásicas fortificaciones de tierra que se levantan en estos casos ya estaban dispuestas. Nada anormal a lo que estaban acostumbrados por décadas.
Tras percatarse que no había peligro alguno, la pareja decidió ir a recorrer la salida norte del pueblo, donde desembocaba el río que crecía a cada minuto. Llegaron al Pueblito Artesanal, un grupo de construcciones de madera ubicadas al final del sitio eriazo que queda entre la Costanera y el mar. Ese lugar, algunas décadas atrás, conformaba la bahía de Chañaral, pero por culpa de la contaminación con relaves mineros provenientes de El Salvador , ahora solo mostraba un montón de arena y tierra inerte, donde -a duras penas- sobrevivían algunos árboles débiles y polvorientos.
Eso daba lo mismo. Delia y Guillermo disfrutaban de la lluvia como buena parte de los habitantes de Chañaral, poco acostumbrados a este regalo de la naturaleza. Se sacaron fotos, grabaron algunos videos y hasta hablaron de lo enamorados que estaban. Ella aún en pijama, él con unos jeans y camisa clara. Estaban felices.
Todo empezó a cambiar a las 9.30 de la mañana. A esa hora, Delia y Guillermo volvieron a su confitería y con estupor se dieron cuenta de que, si no hacían algo urgente, el agua entraría al local. Rápidamente fueron a su casa, ubicada en la población Aeropuerto, en la otra orilla de la cuenca y que está emplazada varios metros más arriba del cauce del río.
Volvieron con palas y otras herramientas. Un vecino se ofreció a ayudarlos y los tres intentaron hacer un dique. No tuvieron éxito, la tierra en cosa de segundos se convertía en lodo, el agua ya les llegaba a la mitad de sus piernas por lo que decidieron sacarse los zapatos.
Ahí estaba Delia, profesora por más de 40 años en Chañaral, a “pata pelá tirando pala”. La gente que a esa hora pasaba por el lugar les hacía señas o les gritaban para darles ánimo o pidiéndoles que se fueran a casa. A Delia poco le importaban esos consejos, ella solo quería salvar su negocio que tantos sacrificios le había costado levantar.
“No se me va a caer la corona”, pensaba mientras hundía la pala en el barro.
Pasadas las 12 era imposible contener el caudal. Dos funcionarios municipales pasaron por el lugar y los advirtieron.
- Por favor, váyanse. Se viene algo grande, deben abandonar este lugar inmediatamente.
A esa hora, Delia y Guillermo ya estaban solos. No hicieron caso a las recomendaciones, pero a los pocos minutos reaccionaron instintivamente.
- Guillermo, vámonos. Que pase lo que tenga que pasar.
No muy convencido, Guillermo aceptó los ruegos de su mujer, cruzaron la calle y llegaron hasta el furgón que estaba estacionado a un costado.
Avanzaron, pero el camino ya estaba cortado por la crecida del río. Maldiciendo en voz alta, Guillermo recordó que dejó una extensión eléctrica en el piso del negocio y decidió regresar por ella para no provocar algún corto circuito.
Lo hizo sin pensar, Delia tampoco se opuso aun cuando ya tenía más que claro que el sector estaba a punto de inundarse. Ninguno de los dos dimensionaba lo que estaba pasando. Paró el motor y se aprestó a cruzar la calle. Antes de bajar, un ruido infernal lo puso pálido, intentó hacer correr el vehículo, no lo logró y en menos de un segundo, una avalancha de lodo, palos y escombros, arrancó su negocio de cuajo y se lo llevó velozmente al mar.
En ese momento, Delia pudo al fin recordar lo que había soñado en la víspera. Era niña y estaba jugando en La Serena, su pueblo natal. En sus sueños había un río largo, templado y transparente. Ella y alguien más echaban al agua miles de barquitos de papel que se mecían plácidamente con la corriente. Lo mismo estaba viendo ahora, pero con una voracidad y colores totalmente distintos.
- Chato, chato, vámonos de acá por favor.
- Ya voy, afírmate bien que nos puede agarrar el río.
Delia llegó a Chañaral en 1976, dos años más tarde conoció a Guillermo y comenzaron una relación que tuvo de todo, amistad, cariño, diferencias y reencuentros. De ese amor, nacieron dos hijos.
Cuando el vehículo comenzaba a ser azotado por los elementos que traía el caudal, Delia pensó en ellos. El agua ya había cubierto la mitad del furgón y solo lograban respirar apoyando la nariz en el techo del vehículo.
El vidrio del lado derecho se hizo añicos. El ruido y las esquirlas hicieron reaccionar a Delia, pero el barro y todo lo que venía en él, entraron con más fuerza. La corriente los movió hasta que quedaron estancados entre los árboles de la rotonda que separa la avenida Merino Jarpa de la calle Salado. No estaban solos, miles de durmientes, otros vehículos, muebles y basura, chocaban contra ellos en un frenético viaje río abajo que luego desaparecían en un gran socavón.
-Mira, Guillermo, está todo destrozado. Por más que lo intentó, el hombre no pudo ver, tenía ambos ojos cerrados por el barro.
Cuando el vehículo ya se había convertido en un pequeño bollo de latas, se detuvo entre los árboles y los quioscos de comida rápida que existían en la Costanera. Con gran esfuerzo, Delia logró salir del furgón y subirse al techo. Por otra ventana lateral Guillermo hizo lo mismo consumiendo las pocas fuerzas que le quedaban.
- Chato, bajémonos mejor, esta cuestión se está hundiendo tengo mucho miedo.
La pareja logró acomodarse arriba de unos tablones que flotaban a duras penas en la corriente.
- Delia, ayúdame. No puedo ver nada, por favor límpiame los ojos, no soporto este dolor.
Desesperada Delia se miró las manos y era una masa barrosa de color café. Era imposible socorrer a su pareja en esas condiciones. No pudo aguantar el llanto.
Se sentía como una piedra más, con lodo en cada rincón de su cuerpo. Cuando la angustia la tenía al borde de un desmayo, vio que al lado de ella flotaba una botella de agua mineral. Logró tomarla, en su interior quedaba un concho de agua y con eso lavó la cara a Guillermo.
Cuando el hombre pudo abrir sus ojos, se sentó en un tablón y miró a Delia que se espantó con el color que mostraban sus cuencas. Eran un rojo furioso, el rojo más profundo que había visto en su vida.
No hubo tiempo para descansar. Guillermo decidió hacer algo para salvar a ambos. Con las ideas poco claras, pensó en aferrarse a algo que flotara y tratar de salir de ese infierno. Estaba en eso, cuando un viejo sofá pasó flotando por su lado. Como pudo nadó hasta él y le gritó con fuerza a Delia.
- Agárrate de lo que sean tenemos que flotar hasta la orilla para salvarnos. En su interior seguía pensando que la opción de sobrevivir estaba en el dique que, a esa hora, formaba la carretera. Su espalda flotando en el torrente fue lo último que Delia vio del hombre que la había acompañado los últimos 40 años de su vida.
Delia intentó seguir a Guillermo, pero el miedo la paralizó y no puedo moverse por mucho rato. Quedó petrificada como una estatua de barro hasta que los espasmos provocados por el frío lograron relajar los músculos de sus extremidades.
Con la poca energía que le quedaba, Delia logró trepar a un árbol, donde permaneció al menos una hora pidiendo ayuda. Cuando las esperanzas se perdían, un hombre que estaba arriba del techo del terminal de buses, a unos cien metros de ahí, comenzó a gritarle para darle ánimo.
Pasaban las horas y Delia sentía ruidos extraños, como helicópteros que venían a rescatarla y murmullos ininteligibles. Las voces de repente se hicieron reales.
- Quédese ahí nomás, señora, traigo unos cordeles para rescatarla.
- Quién eres, yo conozco esa voz.
- No importa quién soy yo, solo importa que la voy a sacar de aquí, así que tranquilita por favor.
El héroe anónimo amarró a Delia de la cintura y le dijo que se tenía que tirar al barro. Delia cayó arriba de un montón de escombros y avanzó lentamente al Pullman Bus. Una vez ahí, no podía escalar, debido a que no había nada en donde apoyarse.

No daba más, pero logró trepar por una ventana. Luego cruzó por los techos y pudo llegar a Merino Jarpa. Una vez ahí otra vez al barro hasta que sus rescatistas la pusieron a resguardo en la calle Los Baños unos metros más arriba.
Delia cayó al suelo rendida. Ni siquiera podía tragar saliva. Una vecina logró lavarle la cara con agua tibia y la llevaron al hospital que empezaba a recibir a los sobrevivientes de la tragedia. El primer diagnóstico fue hipotermia severa.
Desde ese momento las imágenes, pensamientos y sueños se entrelazan. La realidad daba paso a las pesadillas y las pesadillas resultaban ser la realidad. Recuerda un polar amarillo que una enfermera le regaló, las atenciones de sus colegas, el día que le lavaron el pelo y la visita de uno de sus hijos.
- Mami, encontraron a mi papá.
- Y cómo está, dónde.
- Mamá, no hay nada que hacer, está fallecido.
Otra vez las pesadillas, y la realidad combatiendo mano a mano con las nebulosas de la mente. Como una película antigua color sepia, las imágenes avanzan en cámara lenta. Puntual a las siete de la mañana Delia se levanta. Lo primero que hace es besar una foto de Guillermo que tiene en su velador y contarle lo que soñó por la noche.
Casi siempre son botes de papel que navegan en un río grande, templado y transparente. Ella es pequeña y está en su pueblo natal. Hay alguien a su lado, no puede ver quién es, pero esa presencia la reconoce. El cielo está rojo, un rojo furioso que solo ha visto una vez en su vida.


Esta crónica de Christian Palma sobre el aluvión del 2015 en Chañaral fue una de las  ganadoras del concurso organizado por el círculo de periodistas de Santiago con motivo de sus 110 años. De una pluma y una mirada profunda  me autorizó para publicarla en el blog.